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Vancouver
en 7 imágenes
Por
Alberto Torres Blandina
albertorres@ vodafone.es
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capilano.
bc ferries. emily carr. starbuck’s coffe. totem pole. albert bay. granville
island. whales. bill reid. rocky mountains. hockey: canucks. british columbia.
haida: the raven steals the light. stanley park.
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Vancouver
es una ciudad de reflejos. La bahía refleja los altos edificios
de cristal. Los charcos de la calzada reflejan los altos edificios de
cristal. Los altos edificios de cristal reflejan los altos edificios de
cristal. Todo se repite en Vancouver. Cada ángulo. Cada superficie
tiene su copia exacta. Vancouver es un laberinto de espejos. Espejos de
30 pisos. Gigantes de cristal que lanzan los rayos de sol en todas las
direcciones. Caminas por las anchas avenidas: rectas, perfectas, iguales,
con las cumbres nevadas de las Montañas Rocosas al fondo. Te pierdes.
Te descubres de pronto paseando por el doble falso de la calle anterior.
Es difícil adivinarlo en esta ciudad absolutamente geométrica,
donde cada calle es apenas diferente. Tal vez Vancouver es una sola manzana
de calles repetidas hasta el infinito en la superficie de sus edificios
y de sus propios reflejos.
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Mil
almas diferentes habitan Vancouver sin llegar a mezclarse. Sin llegar
a cuajar creando algo nuevo, original. La cultura europeoamericana -con
sus rascacielos, sus cafeterías y sus gimnasios- no ha logrado
imponerse del todo. Oriente crece en Downtown, el corazón de Vancouver.
En Chinatown no es necesario hablar inglés ni sentir inglés.
En Robson Street puedes encontrar el sushi más barato que las hamburguesas.
Más centros de yoga que de belleza. Cada día Vancouver es
más asiática. Más mejicana. Más india. Más
coreana. Más italiana...
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Decenas
de galerías y museos de arte indígena. Libros con viejas
leyendas haida. Arte muerto encerrado en vitrinas y letras. Totems en
Stanley Park. Totems en parques y avenidas. Totems kwakiutl. Totems tsimshian.
Sagrados mástiles convertidos en simple decoración porque
nadie hoy los sabe leer. Y a su lado rascacielos. Modernos tótem
de acero y cristal. Símbolos del poder de sus propietarios, como
antes lo fueran las modestas tallas de cedro.
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Hastings
Street. Submundo de la miseria en el centro de Vancouver. Cuerpos tendidos
sobre las aceras. Un nativoamericano borracho grita que la calle es suya.
Ojos desencajados. Manos tendidas. Un hombre tiene las dos piernas amputadas.
Un negro quiere venderte hachís. Una mujer tiembla porque necesita
una dosis. Los coches pasan rápido por esta zona de Hastings. Llegará
la noche. Se acomodarán detrás de los contenedores de los
callejones junto a una botella de vino. En norteamérica hay dos
tipos de calles: las anchas avenidas para vivir y los callejones traseros
para morir.
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Es
hermosa la noche. Ciudad de luces que se reflejan en la bahía.
Los edificios tienen grandes ventanales sin cortinas. Por la noche
Vancouver se exhibe y se observa. Los espejos se convierten en ventanas.
Cada ventana es un salón, una habitación, un comedor donde
la ciudad se descubre vivir. Los edificios son entonces enormes casas
de muñecas que dejan ver su interior. La ciudad se exhibe. La ciudad
se observa. El espejo muestra su otro lado. Hasta que todas las luces
se apagan y Vancouver duerme.
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Más
allá de Downtown, de sus rascacielos y grandes centros comerciales.
Es allí donde las casas se mezclan con la naturaleza. Grandes abetos.
Torrentes de agua. Casas de madera. Cascadas. Montañas con afilados
picos. La naturaleza es salvaje. Apenas maltratada por una ciudad que
ha crecido siguiendo las leyes que el bosque le imponía.
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El
amanecer es algunas veces sólo un matiz en el gris del cielo. Otras
veces es de un azul increíble, luminoso. Con la luz llegan las
siluetas. Las calles son siempre demasiado anchas. Te obligan a sentirte
extraño. Pero te permiten ver el horizonte. Edificios recortando
el cielo. Altas montañas con sus picos de nieve. Los albañiles
son los primeros en despertar. Siguen naciendo Vancouver. Ciudad inacabada.
Cada día cambian su silueta. Nuevas calles, avenidas, edificios.
Nuevos rostros de lugares lejanos que vienen a poblarla. A veces tienes
la impresión de que si llegase un fuerte viento podría arrastrar
esta ciudad sin raíces. Increada. Cuajándose cada día.
Viento arrastrando rascacielos. Ciudad que se inventa a sí misma
a cada momento, buscándose entre recuerdos del pasado, proyectos
de futuro. Inventándose inercias para enraizarse en la tierra que
la ha acogido.
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