La
música lúdica
Por Santiago Parres
Según
los mitos griegos, Marsias retó a Apolo a hacer sonar sus instrumentos,
como una competición de virtuosismo. Apolo dio la vuelta a su lira,
y Marsias fracasó en el intento de tocar su flauta al revés.
Su osadía le costó -¡cómo eran estos dioses
de antes!- ser convertido en río.
El
juego ha acompañado al hombre desde su existencia primigenia, y
también la música rudimentaria a base de golpear un tronco
o soplar a través de una rama hueca. En algún momento, el
carácter competitivo inherente al ser humano (o la demostración
de superioridad del cazador y ser vivo procreativo) gana terreno al mero
divertimento del juego, y a nuestros ojos lo hace más interesante.
En el terreno que nos ocupa, cuando la música ya no es únicamente
una expresión de sentimientos colectivos, surge el afán
de superación ante los semejantes.
Los
Juegos Píticos, celebrados en Delfos y originariamente en honor
a Apolo (vencedor de la Pitón), consistieron en su génesis
en una competición musical de canto y cítara. Posteriormente
se fueron sumando disciplinas atléticas que perduran con modificaciones
lógicas, y otras que han desaparecido como tales o han derivado
en otra suerte de torneos. En aquellos juegos musicales se buscaba un
reconocimiento masivo, lo cual no difiere en gran medida de los espectáculo-torneos
actuales.
Nerón,
un emperador demasiado joven y con muy poca convicción para serlo,
satisfacía su ego y sublimaba sus instintos mediante la exhibición
de sus aptitudes musicales ante las multitudes entregadas (forzosamente
en ocasiones, todo sea dicho) a su trastornado líder, y también
con la organización y reencauzamiento de luchas donde el espectáculo
era más valioso que la vida de cualquier súbdito.
Nuestros
instrumentos actuales ya no consisten únicamente en golpear un
tronco o un cuero tensado de animal. El devenir del pulgar oponible en
la evolución dotó al hombre de nuevas capacidades; desde
entonces, la expansión en cuanto a diversidad de las músicas
(sus escalas, variedades tímbricas y tonales, el descubrimiento
de nuevos materiales sonoros) y la complejidad de las composiciones ha
obligado a unas ejecuciones sonoras que requieren mucha más habilidad,
concentración y preparación. En
el siglo XVII surgió el concerto, donde un instrumentista
dialogaba con la orquesta como en un juego, para lucimiento del intérprete
y del propio instrumento, en la mayoría de los casos un violín.
Johann
Sebastián Bach destacó en su día como organista,
pero algunos de sus otros méritos (violinista, compositor) sólo
fueron reconocidos, en su justa medida, póstumamente y tras el
paso de los años. El órgano le proporcionó la satisfacción
de equipararse a los mejores músicos italianos y franceses, pero
Bach también conoció la amargura de ser derrotado por tejemanejes
relacionados con el trato de favor hacia sus competidores.
Émulo
de Paganini, el protagonista de Cruce de caminos (Crossroads,
1986) busca la supuesta canción nunca grabada por el bluesman
Robert Johnson. En su cruzada deberá enfrentarse, en un duelo musical
donde pondrá en juego su alma, con un guitarrista interpretado
por el virtuosísimo Steve Vai (un moderno Paganini con guitarra
eléctrica), y precisamente interpretando el Capricho nº
5 del mencionado violinista del siglo XIX.
A
medio camino entre la reunión improvisada -en torno a una misma
concepción de la música en vivo- y el anhelo de exhibición
propio del espíritu humano, actualmente contamos con un espectáculo
llamado jam session, donde los músicos que acuden y desean
entrecruzar sus notas comparten el escenario durante unos minutos, para
interpretar temas improvisados o pactados, populares o propios. Es cierto
que no todos los que se enfrentan a desconocidos están capacitados
para ello, pero en ocasiones el resultado merecería una inmortalización
en soporte sonoro.
Otra
modalidad de juego-espectáculo musical nos llegó de Oriente,
de Japón, el país de la microtecnología y los fototuristas
por excelencia; allí inventaron un aparato con el cual facilitaban
imitar a los ídolos musicales: el karaoke («sin orquesta»
podría ser una buena traducción). De grato uso para los
participantes, envalentonados a veces por dosis etílicas, parece
en ocasiones un acto sadomasoquista público, cuyo cóctel
de aplausos y adrenalina justifica y recompensa el desafío al ridículo,
en el peor de los casos; en pro de la diversión propia y ajena,
eso sí, como corresponde a un espectáculo basado en el juego,
que más que competición es divertimento y desahogo.
Y
siempre, en cualquier edad de la música y en cualquier cultura,
la danza la ha acompañado ineludiblemente, bien para homenajear
o invocar a los dioses, bien para postergar otros instintos, como acercamiento,
como catarsis... y como juego, exhibición, o competición
en pos de un premio y el reconocimiento a la buena coordinación
y ritmo.
Hoy
perduran, con más pena y menos gloria, las secuelas de aquellas
competiciones antiguas de la Antigua Grecia, en festivales tan autodesacreditados
como el de Eurovisión, donde no se trata ya de demostrar una capacidad
tímbrica o de entonación, sino de saber interpretar con
frescura un tema que satisfaga a la mayoría mediante tonadillas
fáciles de recordar y repetir. Y que satisfaga, por supuesto, las
ambiciones mercantiles de quienes las perpetran y difunden.
Frente
a eso, certámenes tan prestigiosos como el Francisco Tárrega
(para guitarra de concierto) o el Paloma O'Shea (piano) nos devuelven
la fe en que la música seguirá siendo un arte mientras existan
instituciones e instrumentistas que aboguen por la calidad antes que por
el talante comercial de la música.
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