MIL IDEAS PEQUEÑAS

Por Alberto Olmos

Más que una novela, El pelo de Van't Hoff es una juguetería. En sus poco más de doscientas páginas, cualquier monitor de campamento infantil encontraría juegos suficientes como para entretener a los chiquillos durante todo el verano. Y como para entretenerse él mismo durante toda su vida. En este libro se juega con pelotas de goma, con enciclopedias, con Faulkner y con el lector más circunspecto. Desde la primera frase («El tren olía a bolígrafo») el planteamiento literario de Unai Elorriaga se proyecta en perpendicular respecto a la concepción más academicista de la novela. Aquí no hay seriedad ni solemnidad, no se tratan grandes temas morales ni se saquean periodos históricos, los personajes tienen la misma categoría que los animales o los objetos, y el sacrosanto idioma castellano se convierte en un balón al que dar patadas.

El escritor que comete semejante osadía, Unai Elorriaga (Algorta, Gexto, 1973) escribe en vasco. Su primera novela, Un tranvía a SP, recibió el Premio Nacional de Literatura ante la estupefacción de los eternos aspirantes al Premio Nacional de Literatura, que consideran inadmisible premiar libros que no hayan escrito ellos. Gracias al galardón, Unai Elorriaga fichó para sus traducciones en castellano (que realiza él mismo) con la editorial mediáticamente más poderosa, Alfaguara, y fue objeto de numerosas entrevistas en las que dejó claros dos principios fundamentales: 1) «A mí Quevedo me da igual», y 2) lo importante es dar brincos sobre un sofá.

Con estas premisas, y tres nombres de referencia (Julio Cortázar, Juan Rulfo, Ramón Gómez de la Serna), acometemos la lectura de El pelo de Van't Hoff.

El protagonista de la novela es Matías Malanda, alto cargo en un Ministerio y encargado de recoger en el pueblo de Idus, y en sus alrededores, testimonios de «vidas raras». Esta línea argumental es un puro macguffin, ya que, por una parte, todo lo que sale en El pelo de Van't Hoff acepta la etiqueta de «raro» y, por otra, los testimonios que recoge en Idus no son más de cinco o seis, y el protagonista acaba por olvidarse de su cometido casi tanto como el autor, que enseguida da el relevo a otra línea argumental, relacionada con un libro de E. H. Beregor y con una enciclopedia de numerosos tomos que un italiano vendió a la mayoría de los ciudadanos de Idus. Finalmente, el título de la novela encuentra su sentido en un texto secreto del tal Beregor, dando con ello cierta unidad narrativa al conjunto.

La novela consta de diecinueve capítulos, todos titulados crípticamente. El primero, Lulabi, remite para los angloparlantes a Lullaby (nana), pero es difícil saber si Unai ha puesto ese título pensando en otras lenguas (como el portugués, muy presente en la novela) o si simplemente ha inventado palabras para encabezar cada sección. Aunque algunos capítulos llevan títulos que se aclaran un poco según se avanza en la lectura. Así, el capítulo 3 se titula Vredaman, y en el capítulo 5 se nos habla de la obra maestra de E. H. Beregor, llamada precisamente Vredaman. Con todo, también puede apuntarse que Vredaman recuerda al nombre del personaje más poético de Mientras agonizo, de Faulkner, que se llamaba Vardaman. Elorriaga ha afirmado en otra entrevista que su novela exige un lector fanático de Google, que haga paradas técnicas para comprobar si los nombres propios que se citan en El pelo de Van't Hoff son reales o ficticios. Beregor, por ejemplo, es ficticio. Y sobre los títulos, acudiendo a Internet nos encontramos que, por ejemplo, el capítulo 7, Qaw laqaw, podría ser parte de un texto hebreo de Isaías y significar «un poco aquí, un poco allí». Y el capítulo octavo, Meilhac, hace referencia a un autor de comedias del siglo XIX. Así como el 6, Basturk, podría ser un futbolista. Sin embargo, Google no responde ante el capítulo 12, Kotka gandarias, lo cual nos reafirma en la idea de que la titulación de los capítulos es un juego que Unai Elorriaga plantea a aquellos lectores que tengan muchas tardes desocupadas por delante.

Lo valioso y sustantivo de El pelo de Van't Hoff no está en el todo, sino en las partes. La historia que cuenta Elorriaga no es una historia-reloj, en que cada pieza está supeditada a la anterior y a la posterior, sino una historia-lluvia, pues cada fábula es una gota independiente dentro de la gran tormenta imaginativa. En la novela encontramos mil ideas pequeñas, si no más, una pedriza de ocurrencias en la línea de Historias de Cronopios y Famas o Un tal Lucas, ambas de Cortázar, y en las que los elementos mas sencillos se vuelven la excusa poética para que el autor «literaturice» a partir de ellos. Así, calcetines, espaguetis, lentejas o dientes deponen su vulgaridad ante el brillante ejercicio de lucidez de Elorriaga. Un ejemplo: «La cama es un aparato que tiene muchas interpretaciones. La cama es, seguramente, el aparato que más interpretaciones tenga del mundo. Pensaba Matías. Tumbado en la cama. Algunas personas, por ejemplo, se meten en la cama de la misma manera que se meterían en una marisquería. Pensaba Matías. Esto quiere decir que algunas personas se meten en la cama con respeto, como si no durmieran como realmente querrían dormir, como si de las siete horas que va a estar tumbadas en la cama, pasasen cuatro despiertas.» Otro elemento hábilmente tratado a lo largo de todo el texto es el pelo. El lector necesita que una novela que utiliza la palabra 'pelo' en el título le diga alguna que otra cosa sobre el pelo. Así, «Su peinado había enloquecido ya, y algún pelo seguía en su sitio, pero la mayoría estaban borrachos»; «Matías (...) se dio cuenta de que su pelo no era más que una cosa ridícula sobre su cabeza»; «el pelo de Matías era un interruptor». Otra presencia recurrente es la de las abejas. Matías ve abejas por todas partes y hay un personaje experto en abejas y un cuadro cubierto de abejas. A todo esto no hay que buscarle simbolismo alguno. Es simplemente un motivo sugerente que agudiza la sensación del lector de no estar en el mundo real.

El pelo de Van't Hoff utiliza un estilo que cuenta con varios adeptos entre las letras más jóvenes del panorama literario español. Unai Elorriaga dota a este estilo de una innegable particularidad, pero afirmar (como han hecho Ricardo Senabre o Andrés Sorel) que lo que hace el autor vasco no lo hace nadie en España es un poco exagerado. La esencia de este estilo es la adopción de un punto de vista infantil. Es decir, un punto de vista perplejo. Nada de lo que se narra carece de encanto, como si el escritor, un adulto, fuera en realidad un niño de cinco años que por primera vez ve un coche, un mechero o una señal de tráfico. Este planteamiento estaba ya en la primera obra de Ray Loriga, Lo peor de todo (1991) donde encontramos un timbre parecido al de El pelo de Van't Hoff, cuando el autor madrileño escribe, por ejemplo: «Yo tenía que llevar ropa a las casas de la gente; la gente compraba ropa y yo se la llevaba. Era sencillo y no veía por qué tenía que correr. Pero el encargado se ponía nervioso. Al encargado le sudaban las manos, le sudaban los pies, le sudaba el periódico y le sudaban los hijos.» Una de las características principales de este estilo, y que pone nervioso a más de uno, es la repetición constante de palabras y proposiciones. «Los dos sois niños vosotros. Matilde no. Matilde no es una niña. Ana tampoco. Ana sabe mirar a la abeja. Vosotros no. Vosotros no sabéis mirar a la abeja. Por eso sois niños. Vosotros ni idea, lo que es la abeja. Por eso sois niños.» Con estas repeticiones, Unai Elorriaga trata, según él, de llevar al papel el pensamiento humano real, que no es lineal, sino entrecortado y un poco dubitativo. Por eso, también parte frases por la mitad, con puntos innecesarios: «Porque eran ya las cinco menos diez. De la tarde»; «Y cualquiera sabe lo que es una angiografía. Cerebral.» No sabemos si, desde un punto de vista científico, es cierto que el pensamiento se desarrolla de una manera tan imprevisible, pero desde el punto de vista estético, no cabe duda de que este tipo de redacción posee una musicalidad y una sencillez adictivas, como si lo que viéramos no fuera la información incardinada en las palabras, sino el propio idioma en su estado natural, cociéndose.

Por otra parte, el estilo de la «perplejidad infantil» que practican, aparte de Elorriaga y Loriga, Eloy Tizón, Jordi Martín Jurado o Félix Romeo, remite curiosamente a Camilo José Cela que, polémicas aparte, es el gran genio de la oralidad literaria del siglo XX en castellano. Frente a un estilo ampuloso, académico, de atril y birrete (Juan Manuel de Prada, por ejemplo) está ese hilado de coloquialidades, esa búsqueda del matiz que el uso de la lengua por la gente corriente ha encontrado en las palabras. En la página 26 de El pelo de Van't Hoff hay un párrafo completamente C.J.C. «El hombre dijo entonces una palabra extraña para despedirse y empezó a correr. Parecía que corría a gusto; igual de a gusto que una serpiente que corre. Las serpientes suelen correr a rastras, pero a gusto siempre. Matías pensó que las serpientes, en general, lo hacen todo a gusto, que son seres de buen conformar.»

Los recursos más ulitizados por Elorriaga en esta novela son: la prosopopeya («El reloj que llevaba en la muñeca izquierda le empezó a hacer gestos a Matías»; «Los espaguetis suelen ser seres apacibles.»), los giros coloquiales («Tenía ya bastantes papeles de los que valían y no sabía por dónde le daba el aire»; «Poco te duchas tú»); el hipérbaton («Están a gusto las abejas») y las comparaciones dadaístas («El conjunto parecía un cartero a punto de jubilarse»). Hay algunas incorrecciones incomprensibles, como el uso de 'al de' por 'al cabo de' («Pero había veces que al de media hora (también menos) volvía a entrar», pág. 65), o frases de difícil desentrañado («Algunos se morían de la misma, sin explicaciones»). El grueso del texto está escrito en tercera persona, pero se cambia a la primera persona de manera muy suave en algunos momentos, sin que el estilo o la marcha de lo narrado cambie ni un ápice. Esto es muy interesante porque parece que, al cabo, hay una tercera persona que es casi una primera, ya que el lector no ve tanto las conjugaciones de una u otra («como» o «come») sino la mayor o menor cercanía de lo escrito respecto al personaje. Por eso, en una lectura acelerada, ni siquiera se nota el cambio de la tercera a la primera persona.

La nómina de personajes es bastante amplia y, curiosamente, hay una cierta tendencia a bautizarlos con nombres que empiezan por M (Matías, Miguel, Matilde, Malco...). La función de los personajes es contar una historia o hacer un poco el tonto. Su psicología o su biografía no le interesan a Elorriaga. Lo que busca en ellos es la misma peculiaridad que su personaje principal busca en Idus. Hay un señor que aparece hacia el final de libro colgado de una viga en el museo. Este señor sueña con poder recorrer toda la vida antes de que alguien le llame la atención. Matías frustra su nuevo intento y el señor acróbata desaparece para siempre de la novela. Esa es, más o menos, la aportación de la mayoría de los personajes a la historia, dar una pincelada de humor aquí y allá y engrosar el caudal de anécdotas del libro. Llama la atención la populosa presencia de celebridades en estas páginas. Se nombra a Albert Camus, Carlos Gardel, John Lennon, Win Wenders, Walt Whitman o H. G. Wells. Y la famosa enciclopedia se llama Enciclopedia Tabucchi. Todo esto da a la novela (sobre todo por la cantidad de nombres de científicos que aparecen, como el del químico Jacobus Van't Hoff del título) un extraño barniz cientifista, erudito, pues los grandes nombres de la Historia de la Humanidad no comparecen por sus méritos profesionales, sino por ir despeinados o tener un apellido gracioso.

La mayor pega que se le puede poner a El pelo de Van't Hoff se refiere al uso del tiempo, que es algo confuso. O al menos irregular. Así como la división de capítulos. Ambas cosas están relacionadas. De las 211 páginas de la novela, 137 las ocupan los seis primeros capítulos; mientras que los trece capítulos restantes se tienen que pelear por apenas setenta páginas. Esta descompensación se debe a que en los primeros capítulos Unai Elorriaga se detiene a analizarlo todo, cada objeto y cada espacio, como si al empezar la novela tuviera mucha energía y no pudiera parar de avanzar en todas direcciones dentro de un mismo episodio. Sin embargo, a partir del capítulo séptimo, aparecen numerosos capítulos enclenques, de cuatro o cinco páginas, que además suponen elipsis brutales, con saltos hacia adelante de ocho meses, cuando hasta la página 88 sólo había transcurrido un día. En estos capítulos breves, parecen querer cerrarse numerosos frentes abiertos (que si el hermano de Matías, que si el proyecto de Matías, que si el misterio de la enciclopedia) lo que da al final una cierta sensación de apresuramiento.

Con todo, Unai Elorriaga completa un libro despiadadamente bonito, de lectura feliz e infinita, que le sitúa en cabeza de los escritores que ni siquiera necesitarían ganar el Premio Nacional para ser recordados.