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Pequeños vicios que ayudan a sobrevivir

Salón de billares, Jorge Riestra
ediciones del Sol
Buenos Aires, 1993
Se editó por primera vez en 1960

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Como el título indica, Jorge Riestra (Rosario, 1926) ambienta la historia de esta novela en un salón de billares, el café Nuevo Sol, en la localidad de Rosario (Argentina), entre 1949 y 1954. Los protagonistas de esta novela juegan al casín —una variante del billar—, que a la luz de estas páginas se convierte en un estilo de vida más que en un juego.

La llamada Vieja Guardia la integra un nutrido grupo de jugadores de casín, cuya extremada habilidad en el arte del taco y la tiza les convierte en figuras indiscutibles dentro del circuito argentino; tanto es así que su sola presencia prestigia el local y atrae gran cantidad de curiosos, hasta convertir el Nuevo Sol en el café rosarino por excelencia. Por esta razón, aunque no dividen beneficios con el dueño ni sirven las mesas, se les puede considerar tan propietarios como éste. Sin la Vieja Guardia no hay café, y al revés; de ahí la importancia de ambos en la novela. La Vieja Guardia juega partida tras partida con los aficionados del resto de la ciudad, incluso del resto del país, con quienes más que rivalizar viven amigados y dispuestos a enfrentar de manera conjunta al mundo de ahí fuera, al de los no casinistas. La vida cotidiana de estos personajes consiste en acercarse sobre las dos al café, juntarse con los amigotes para echar unas partidas, charlar, gustar del café y la ginebra según avanza la tarde, cenar después acompañados de buen vino y prolongar la jarana hasta las cuatro o las cinco de la madrugada. Poco o nada se nos cuenta sobre sus quehaceres laborales, pues la novela transcurre casi por entero dentro del café.

El libro se estructura en tres partes y está narrado en tercera persona. En la primera, que constituye un cuento largo por sí sola, se narra el duelo entre los casinistas Julián Rojas y Pachman, algo así como la partida del siglo... Rojas comparte desde hace años tapete con la Vieja Guardia y, aunque no tiene tanta calidad como otros del grupo, sí se distingue por su juego seguro y su técnica impecable. De Pachman poco se sabe, salvo que su planta indica procedencia extranjera —quizá alemana— y que su complexión robusta favorece más el golpe furibundo que la filigrana técnica. Tampoco se sabe por qué aquel 3 de octubre de 1949, cuando Pachman entró por la puerta del Nuevo Sol, se dirigió a la mesa 4, directo, como si el destino le hubiese enviado la señal de que allí encontraría al oponente adecuado. En efecto, ambos, el argentino y el extranjero, encuentran la horma de su zapato el uno en el otro. Rojas, de acuerdo a su baja estatura y escasa corpulencia, templa los nervios hasta el límite y juega a provocar el fallo del contrario; prefiere el riesgo del error en el milimétrico cálculo de su golpe que el imprevisto de ceder al impulso. Pachman arrea virulentas coces taco en mano; su juego se basa en la potencia de pegada, y, aunque falto de la exquisitez técnica de su adversario, resulta eficaz. Los defectos de uno representan las virtudes del otro, y viceversa. Sin embargo, ninguno de los dos muestra maneras de gran jugador, o al menos su destreza —según el narrador— no resulta equiparable a la versatilidad y excelencia de Morán o Nichi, los invencibles y carismáticos líderes de la Vieja Guardia y el orgullo del Nuevo Sol. Tan grande resulta la complementariedad entre los contendientes que, posiblemente, el frankenstein casinístico de ambos, Rojas y Pachman, rozaría la perfección. (Por respeto a los futuribles lectores, no desvelaré el resultado de la partida. Sólo añadiré que ésta duró un par de años y que comenzó a las 15.00 horas todos los días, salvo durante el mes de vacaciones que pidió Rojas. Por supuesto, hubo mucho público, humo hasta intoxicarse y fervorosas apuestas cruzadas en favor de cada uno de los contrincantes; también una pregunta en el aire: ¿qué nos vuelve más frágiles: la mente o el instinto?)

La segunda parte de Salón de billares comienza tras el final del desafío entre Pachman y Rojas. Aquí el juego como competición queda en segundo plano, y adquiere relevancia el problema político asociado al juego durante esa época histórica. El desenlace de esta legendaria partida desató una campaña desplegada por los medios de comunicación en contra del casín, y del juego en general. El hipócrita afán moralista con que parte de la sociedad pequeñoburguesa se alza en contra del vicio tan sólo encubre la connivencia entre policía, políticos y medios de comunicación. Durante esta segunda parte, el hechizo del Nuevo Sol se ve violentado por la persecución policial de las apuestas ilegales y la denuncia por parte de la prensa —puritana cuando le pagan para ello— de los licenciosos hábitos de quienes frecuentan esos ambientes. Para muchos es momento de aferrarse a esa máxima que habla de cuán maligna resulta para el bien común la improductividad de quienes no vuelven a casa con el lomo encorvado después de trabajar. En estas circunstancias adversas, el café y sus billaristas tienen sus más y sus menos con el destino, tanto propio como del Nuevo Sol, cuya continuidad queda en vilo.

En la tercera y última parte, más breve que las dos anteriores, el autor se limita a resolver la historia y ata los cabos sueltos.


De Buenos Aires a Rosario, con el permiso de Jorge Riestra y Juan José Sebreli.

La novela da cuenta de tres aspectos importantes en los años cincuenta argentinos: la vida del café, el juego y la irrupción del psicoanálisis en la vida cotidiana. Asimismo, pero de manera más tangencial, se abordan otros asuntos de la época —¿o actuales?— como la corrupción existente en la policía y la manipulación informativa a que los medios de comunicación someten la realidad cotidiana; temas sobre los cuales Riestra se despacha con un «Todo el país se mueve por la coima.» (pág. 62), que suena contundente para este lector gallego, por cuanto aún hoy esta idea sigue desasosegando al país... y existe desde el inicio de la colonización española (o eso argumenta José Ignacio García Hamilton en El autoritarismo y la improductividad).

Salón de billares constata la importancia del café en esa época como lugar del encuentro para los varones. Sólo al final del libro aparecen las novias o mujeres de algunos personajes; tal era la masculinización reinante en el Nuevo Sol. Según Sebreli en su ensayo Buenos Aires, ciudad en crisis —y asumiendo la extrapolación entre Buenos Aires y Rosario—, las mujeres debían considerarse excluidas de los cafés, y éstas debían reunirse en los salones de té o en los denominados salones de familia. En palabras de Sebreli, la trascendencia del café residía en su capacidad para promover la sociabilidad urbana y funcionar como espacio intermedio entre la casa y la calle, alentando así la conversación entre desconocidos y ayudando a mantener el vínculo con los amigos, además de servir como válvula de escape a la vida familiar, el vecindario y el trabajo. Asimismo, a modo de curiosidad, indica Sebreli que los solitarios practicaban en el billar, mientras que los gregarios se reunían en grupos y jugaban al ajedrez, a los naipes o a los dados; hecho este que corrobora fielmente la novela: los buenos juegan al casín y los no tan buenos juegan al ajedrez.

Llama la atención, por la época, la referencia directa al psicoanálisis a través de uno de lo personajes, Barbieri, quien pertenece y no por momentos a la Vieja Guardia. Barbieri lleva un libro de esta disciplina bajo el brazo y disfruta hasta lo mórbido analizando las emociones que Pachman y Rojas experimentan durante su enfrentamiento; incluso llega a diagnosticarle a Rojas que sufre de angustia. Barbieri funciona como eslabón entre el mundo real y este grupo endogámico y apartado de la sociedad; por ello resulta un elemento conflictivo, y no falta en la Vieja Guardia quien desearía pelearse con él. Tomando de nuevo como referencia el ensayo de Sebreli, se puede clasificar a este personaje como perteneciente a una nueva clase media que emergía y que trataba de estar a la última. Cabe recordar que por esas fechas se publicaban la revista Idilio y su sección El psicoanálisis te ayudará (1948) o Primera Plana, que ya en 1963 ofrecía portadas del tipo ¿Somos todos neuróticos? En contraposición, la Vieja Guardia se nos presenta como un sólido grupo que conserva valores clásicos: estructura patriarcal —los más viejos mandan y reciben culto por parte de quienes se inician—, un cabecilla infalible —Morán—, la amistad por encima de todo, la palabra como moneda de cambio y el compromiso modelo los tres mosqueteros: todos para uno y uno para todos.

Entre los puntos débiles de esta novela cabría señalar que, tras dos muy entretenidas primeras partes —en especial la primera—, el final sabe demasiado a caramelo, y allí la prosa se vuelve un tanto pomposa para resaltar que los buenos son los de la Vieja Guardia y los malos pertenecen al «maldito mundo de ahí fuera». Por otro lado, resulta sospechosa la excelsitud billarística de los líderes de la Vieja Guardia, Nichi y Morán, quienes se imponen a cuanto rival les traigan de Córdoba, La Plata, Uruguay o de donde sea. Lo mejor: la narración de la partida entre Pachman y Rojas, bien guiada y vibrante hasta su desenlace. En cualquier caso, huelga decir que hoy día, el café, saturado de televisión o decibelios musicales —en el mejor de los casos—, dista mucho del cuadro que aquí se nos pinta; así que tras la lectura de Salón de billares a uno le entra la nostalgia: aquéllos sí que eran cafés y aquéllas sí que eran partidas de billar... Si de lo que se trata, según apostilla uno de los personajes, es de conservar los pequeños vicios que nos ayudan a sobrevivir, aquí tenemos algunas pistas de por qué se mueren nuestras ciudades.

 

[ Referencias ]

Buenos Aires, vida cotidiana y alienación. Buenos Aires, ciudad en crisis, Juan José Sebreli
capítulos: Los porteños al diván y El café (pág. 208 - 212 y pág. 274-280)
editorial Sudamericana, 2003
http://www.edsudamericana.com.ar

El autoritarismo y la improductividad, José Ignacio García Hamilton
editorial Sudamericana, 1998
http://www.edsudamericana.com.ar

 

 

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