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El
pelo de Van't Hoff
Un
enano español se suicida en Las Vegas
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Por Santigo Parres
Francisco Casavella (Barcelona) decidió ordenar el índice de los capítulos de esta novela según las cartas de la baraja de póquer, y como fin o principio de la escalera, el primero y el último capítulo se corresponden con un As. Ignacio, el principal protagonista, es un joven introvertido que pasó su veintena en el sofá, comiendo pasteles de chocolate frente a la televisión y aprendiendo las melodías de los anuncios. Su hermano Carlos es el polo opuesto, un bala perdida, la mala influencia, conflictivo perdedor con aires de ganador que no podía someterse a la tiranía de un padre aferrado a la tradición castrense; un conflicto generacional bastante típico en la vida y en la literatura, pero tratado por Casavella como mera fuente de origen para entender las peripecias del primogénito. Por medio de saltos en el tiempo y de acertados cambios de segunda a tercera persona, sabemos que la de Ignacio es una familia convertida de la noche a la mañana en millonaria por cuestión de azar. Ignacio admira a su hermano mayor, quien fuma, tiene pósters por las paredes y es capaz de saltar por la ventana para vivir su secreta noche de desenfreno juvenil. Y un día decide que prefiere ser libre a seguir los dictados de su progenitor, o incluso de tener que soportar su presencia dictatorial y su falta de tacto. Para el padre, Carlos es el otro, una oveja negra, el hijo indigno e insurrecto de quien es mejor no tener noticia. Durante la ausencia de Carlos, de ese obstáculo para la convivencia y la paz, Ignacio tiene tiempo de empezar a estudiar la carrera de Arquitectura, de dejarla para dedicarse a la creación de cómics y a la vida ligera del carpe diem. También para replantearse hacia dónde se dirige su vida, retomar la carrera y ser becado para proseguir su vocación en EEUU, y así poder acallar a la conciencia que le pasaba factura por los sentimientos de culpabilidad: «Fin de la compasión. Respiraba.» Ignacio tenía su vida perfectamente encauzada, y su principal preocupación era llevar a cabo con dignidad y talento sus proyectos arquitectónicos. La reaparición de su hermano ocasionará un giro en la consecución de sus planes inmediatos. Advertirá el peligro que conlleva el placer de ser confundido con su hermano Carlos, conocerá el pelaje de la gente con la que ha estado relacionándose: sus costumbres, su ambiente, sus intereses, su moral, las maneras de un Carlos que ha sobrevivido en la calle tras su huida del hostil hogar paterno. Carlos es casi un desconocido que se ha buscado la vida en tugurios, apostando y haciendo trampas, casi un adicto a lo que él mismo llama pasar la aduana. De su significado y de la identidad de su admirado Chester Winchester, cuyo disco lleva siempre consigo, nos informará Casavella a su debido tiempo, tras generar una tensión y un juego necesario para el interés de la novela. El autor deja para el final el plato fuerte, un desenlace sorpresivo para conocer al verdadero Carlos, el hijo pródigo (?) a quien tanto idolatró Ignacio, falto de modelos válidos que correspondieran a su generación y a sus planes juveniles. Dado que esta narración puede resultar en ocasiones dificultosa, dados los cambios de segunda a tercera persona y el estilo poco explícito empleado, desandar unas líneas para releer puede convertirse en un buen hábito para captar mayor sentido al argumento. Si de algo se puede acusar al autor es de conferir a los personajes de baja estofa un lenguaje demasiado pulcro, a veces, o unos diálogos algo forzados en determinados pasajes, o de escribir "como se coje la cara de un niño", si bien sería éste un error más atribuible a la editorial que al propio Casavella. Por lo demás, una novela atractiva, ágil y moderna tanto formalmente como en contenido, de uno de los autores imprescindibles de las nuevas generaciones.
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