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Fragmento
de Ignacio Martínez de Pisón
[...]
Pienso en mi tío y lo primero que mi memoria me representa es su
corpulencia, sus andares más bien torpes y esa sonrisa suya que
parece inspirada en la de Ronald Reagan. De esta inicial imagen genérica
rescato algún rasgo que me parece significativo: los ojos demasiado
juntos síntoma indudable de estupidez, los dedos demasiado
gruesos escasa sensibilidad. Busco después algún
dato compensador y tengo por fuerza que remontarme a mi infancia: entonces
él pertenecía al mundo de los mayores, al de las personas
que, vistas desde la incompleta pequeñez del niño, habían
desarrollado sus potenciales capacidades y alcanzado la perfección.
Craso error que no tardé en rectificar, pues ni tan siquiera mi
propio padre me ocultó nunca que su hermano mayor era un inútil,
cuyos únicos quehaceres se limitaban a la sistemática dilapidación
de la herencia familiar y a una casi obsesiva persecución de mujeres
casadas. En su juventud fue guapo y rico, y eso le sirvió de mucho
durante cierto tiempo. Después, como es lógico, hubo mi
padre de acudir en su ayuda, con préstamos que nunca serían
devueltos y recomendaciones para puestos de trabajo en los que no resistía
más de un año. Las tradicionales desavenencias entre hermanos
fueron adquiriendo creciente consistencia, pues cada uno de los errores
de mi tío era acogido por mi padre como un agravio personal. Cuando
aquél, hace seis años, vendió sus últimas
propiedades y embarcó a éste en el extremo negocio de «Hidromasaje
y Relax, S.L.», creí que la consiguiente disputa sería
la definitiva. Porque la ciudad entera, a excepción de mi padre,
sabía que aquel gimnasio, dotado de saunas, «camas solares»,
pantallas de «sol facial» e instalaciones destinadas al «masaje
hidroterápico» y al «baño de burbujas»,
era tan sólo la tapadera que ocultaba una más amplia y turbia
oferta de servicios.
Ignoro cómo acabó
todo y cuál fue la intervención de mi padre en la disolución
de la sociedad, pero sospecho que los beneficios que esas actividades
reportaron a mi tío fueron los que financiaron su siguiente aventura,
la que provocó la ruptura definitiva. En 1981, aprovechando la
inestable situación política, fundó la C.R.I., Confederación
Radical e Independiente, que acogió en sus filas a un par de ex
concejales sin futuro y a buen número de jóvenes estudiantes
de Derecho, de extracción burguesa y pomposos apellidos en su mayoría.
A principios del año siguiente, residiendo yo en Lima, tuve noticia
de que tal asociación política había sido inscrita
en el censo de partidos con el nombre de Candidatura Radical Independiente
y un peregrino ideario, en el que se definían como «ultraizquierdistas
pero no marxistas, cristianos, revolucionarios». Para las elecciones
de octubre fue mi tío el principal impulsor de la campaña
y, por supuesto, el primer candidato por su lista. Lo que motivo la ruptura
final no fueron los ridículos resultados electorales obtuvieron
apenas cinco mil votos en la capital y ochenta y uno en el resto de la
provincia, sino unas declaraciones que realizó mi tío
en el transcurso de un debate radiofónico, en las que calificaba
a su hermano de «reaccionario y franquista». Seguramente mi
padre, después de la inicial indignación, habría
terminado perdonándole, disculpando a su tonto hermano tales afirmaciones
ciertas, en el fondo, si no hubiera sido porque varios medios
de comunicación las recogieron y ello, a su modo de ver, hizo que
el ministerio vetara su inminente ascenso a general de brigada. «Toda
una vida sirviendo al ejército para esto», es la frase que
mi imaginación le atribuye en el momento de recibir la noticia.
*
No
he sabido o no he querido negarme, y ahora mi padre aparta regocijado
las tazas de café para hacer sitio al tablero. Mientras disponemos
ordenadamente las piezas, comprendo que su tradicional entusiasmo por
el ajedrez se explica por lo que éste tiene de trasunto bélico,
más que por su condición de actividad lúdica e intelectual.
En un campo de batalla tan reducido como éste caben dos ejércitos
de similares proporciones e idéntica organización jerárquica,
dos ejércitos guiados por un único y común afán,
aniquilar al enemigo. Es sencillo el orden que impone la guerra: este
color es mío y este otro el del rival, no caben matices ni posiciones
intermedias, como la traición, el miedo, la neutralidad. Eliminado
el riesgo de encontrar adversarios en las propias filas, el principio
jerárquico adquiere una solidez inquebrantable y hace de estas
dieciséis figuritas de madera la más fiel representación
del ejército ideal. No parece casual que los italianos hayan fundido
en una misma palabra alfiere dos términos como
«alférez»y «alfil», etimológicamente
distintos pero análogos en la práctica. Está claro
que se trata sólo de un juego y, sin embargo, me impresiona la
ferocidad con que mi padre sacrifica peones para alcanzar un correcto,
y cruel, dominio posicional.
Un
ejemplo de estrategia para el exterminio: inicial avance homicida e intercambio
de cadáveres; la caballería ocupa los flancos y elige las
próximas víctimas, los blancos hacia los que los alfiles
dirigirán su artillería; un rápido movimiento en
retaguardia que organiza la defensa; dos o tres cañonazos después,
inútiles en apariencia; y por fin, la escaramuza definitiva, la
que desequilibra las fuerzas y promete la victoria. «Me retiro»,
digo, «has ganado». Él me mira contrariado y replica
de inmediato: «Aún tienes posibilidades, no puedes abandonarlo
así». Arqueo las cejas, muevo una pieza sin excesiva convicción
y trato de imaginar cuál sería el auténtico comportamiento
de mi padre en la guerra. No sólo con los enemigos y los prisioneros,
sino también con sus soldados, con los hombres por cuya vida debía
velar. ¿Los expondría a una muerte segura con la misma frialdad
con que ahora expone este peón para cobrarse una pieza mayor? Advierto
con horror que sus ojos brillan ante la proximidad de mi derrota e intento
reprimir en mi interior un impulso de odio, de un odio antiguo y violento
que creía haber relegado definitivamente. «Jaque mate»,
dice por fin con sanguinaria complacencia. «Una táctica genial
la tuya», comento, mientras busco un punto al que mirar que no sea
su grosero gesto triunfal.
[...]
fragmentos
extraídos del cuento La ley de la gravedad, incluido en
el volumen El fin de los buenos tiempos.
pág. 130 a 136.
El fin de los buenos tiempos, Ignacio Martínez de Pisón
editorial Anagrama
colección Compactos, nº 302
Los derechos pertenecen al autor y a la editorial.
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