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entrevista
realizada por Rubén A. Arribas Nació en 1960, en Zaragoza, y actualmente reside en Barcelona. Según cuentan, vive en estas dos ciudades casi de manera simultánea. A los 23 años se acercó hasta Anagrama y Tusquets para preguntar si le editaban. Anagrama contestó más rápido que la competencia, explica Jorge Herralde en su artículo Un desconocido con un manuscrito; y, hasta el día de hoy, Ignacio continúa publicando sus libros con él. Aunque los premios significan poco o nada en cuanto a la calidad literaria del ganador, no hace mucho le nominaron al Premio José Manuel Lara por su última novela, El tiempo de las mujeres, junto con Jorge Semprún ganador, Jesús Ferrero, Rodrigo Fresán y Andrés Trapiello. Sus detractores critican lo que sus admiradores alaban: el estilo sobrio, por momentos desabrido, que imprime a su prosa. El tardofranquismo y los primeros años de la transición constituyen necesariamente su época: la adolescencia y juventud; por ello sitúa en ese marco sus narraciones y deja constancia así del paso por estas latitudes terrestres. Le critican que asume pocos riesgos, que resulta excesivamente correcto; él contesta que prefiere contar buenas historias las mejores posibles como Graham Greene, a tratar de emular a Joyce o Kafka, como tantos otros. También algunos se preguntan si no resulta excesiva la influencia de la escritora italiana Natalia Ginzburg y la presencia de la mujer en su obra; sin embargo, él señala que pertenece al tronco literario que permite que la novela siga viva y que gusta de la literatura que invita a imaginar cómo es el autor; también parece guiñarle un ojo a Erich Fromm y a quienes defienden que un mundo más feminizado muy posiblemente funcionaría mejor. En cualquier caso, él se da por satisfecho si su lector cree que el autor escribió ese libro para él. Nota: las fuentes citadas se encuentran al final de la entrevista.
[Los juegos de la infancia] Cuando se tiene miedo aunque sea de uno mismo, como en este caso es difícil no pensar en la infancia. (La ley de la gravedad, pág. 136)
Petisme
y yo somos de la misma generación. De hecho, fuimos compañeros
de Facultad. Por eso no puede extrañar que hayamos vivido experiencias
similares. Recuerdo las largas horas en torno de los Juego Reunidos Geyper,
y la verdad es que no las echo de menos. Ahora mismo, pocas cosas me seducen
menos que la expectativa de pasarme la tarde jugando al parchís
o al bingo. Tal vez se deba a que la literatura colma mi necesidad de
jugar. La escritura tiene algo de juego, pero de juego en serio. Algo
de eso hay. Recuerdo que los Reyes Magos me trajeron una pequeña
imprenta y que me pasaba las tardes tratando de componer páginas
de una revista. Cuando me cansé de ese juguete, me apropié
de la máquina de escribir de mi padre y jugué a ser novelista:
escribía historias en cuartillas que luego plegaba por el lomo
para darles forma de libro... Pero también tenía un juego
de química, y no parece que eso haya tenido consecuencias en mi
vida adulta. El
franquismo fue, sin duda, siniestro. Pero eso no quiere decir que no sea
literariamente interesante. Cuando alguien utiliza la expresión
en mi época, suele referirse a su adolescencia y juventud.
Yo escribo novelas sobre mi época, sobre la época
en que fui adolescente o joven. Como novelista, no quiero rehuir la responsabilidad
de dejar testimonio de mi tiempo y, en efecto, mi tiempo es el de finales
del franquismo y comienzos de la transición. No es casualidad que
el episodio central de El tiempo de las mujeres sea el golpe de
estado del 23-F. Los adolescentes tienden a sentirse inadaptados. El mundo que les rodea parece no tener sitio para ellos. Yo, por supuesto, también era así. Y también, como el protagonista de Carreteras secundarias, detestaba ser tratado como un niño... Pero la adolescencia es un invento reciente, de los años cincuenta: fue entonces cuando surgió la música para adolescentes, la moda para adolescentes... A lo mejor eso explica el impacto que causó Salinger con El guardián entre el centeno. Todos los adolescentes posteriores tienen algo del Holden de Salinger. Cuando entregaste tu primer manuscrito al editor, éste desechó el cuento Tristes por Thelonius; según él, resultaba demasiado deudor del cronopio mayor del reino. A mí, personalmente, me cuesta encontrar la influencia de Cortázar en la parte de tu obra que conozco. ¿Se da ésta en efecto? ¿Podrías indicar dónde? El
cuento era, en efecto, muy cortazariano. La influencia de Cortázar
era muy poderosa. ¿Cómo sustraerse a ella cuando uno intentaba
escribir cuentos en la España de principios de los ochenta? Pero
entonces aprendí a distanciarme de los autores que más admiro,
y seguramente en mi obra no quedan demasiadas huellas de su influencia. En
las primeras líneas de un cuento suele estar contenido el cuento
entero. En la novela, en cambio, no ocurre eso. A mí lo primero
que se me ocurre de una historia es el comienzo. Y cuando tengo un buen
comienzo entre manos, puedo intuir si ahí hay un relato o una novela...
En cuanto a Cortázar, todas sus reflexiones sobre el género
breve me parecieron siempre atinadas.
[ La casa, en el árbol; como Tarzán ] Mi
sitio estaba en el trastero, no en la biblioteca. La biblioteca era el
lugar de lo existente, de lo real. El trastero era mucho más pequeño,
y sin embargo en él cabían muchas más cosas: cabía
todo lo imaginable, todo lo que alguna vez había podido existir
aunque nunca haya llegado a hacerlo. Según tú, una de las pocas verdades fiables en literatura señala que dentro de todo escritor hay un lector ávido pero insatisfecho. ¿Qué le faltan a las novelas que lees y qué consideras que sí tienen las que has escrito? Suena a tópico pero aspiro a escribir los libros que me gustaría leer y que nadie ha escrito. Antes que escritor, me considero lector. ¿Son todos los novelistas así? Me temo que no. He conocido a bastantes que, si alguna vez fueron buenos lectores, hace tiempo que dejaron de serlo. Por cierto, ese título, La novela en el trastero, remite a El cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite. ¿Sientes alguna afinidad por esa autora? Tuvimos cierta amistad al final de su vida. Lo que más me gusta de ella es, curiosamente, lo que suele considerarse su obra menor: sus ensayos sobre las costumbres amorosas. Los mitos ayudan a los niños a relacionarse conscientemente con el mundo y a canalizar las fuerzas internas disgregadas que interactúan en ellos mientras crecen. En La novela en el trastero, subrayas que hasta los 8 ó 9 años el joven lector acepta zambullirse en la ficción que le plantea el libro. ¿Sentiste que los personajes de las novelas como Oliver Twist, La isla del tesoro, El último mohicano y similares se convirtieron en una suerte de mitología benigna que te ayudó a crecer? Puede ser. A lo mejor quienes seguimos disfrutando de las novelas a partir de los cuarenta tenemos necesidad de mantener vivo eso que llamas mitología benigna... Como escritor de novelas juveniles: ¿qué les interesa a los chavales de hoy?; ¿siguen vigentes aquellos piratas, caballeros medievales, viajeros indómitos o correos del zar con que otros nos educamos? El suspense y la aventura son esenciales en el paisaje moral de la infancia. Los tres libros juveniles que he escrito intentan situarse en ese espacio mítico, algo que en mi literatura normal podría parecer una frivolidad. Pero me temo que la literatura juvenil de ahora va por otro camino. ¿Cómo escribes? ¿Cómo trabajas con un texto literario hasta que logras que la masa informe primera se convierta en algo editable? Supongo que la clave consiste en pensar que todo lo que está bien puede estar mejor. No entrego un libro al editor hasta que creo haber alcanzado la mejor de las versiones posibles.
[ Universo Pisón ] No estoy seguro, pero es posible que cada libro sea un reconstrucción metafórica de aquellos lugares ajenos al mundo, de aquellos cuartos trasteros. (Extraído
del artículo La novela en el trastero.) En
mis libros aspiro a hablar de la vida, y la vida es un ciclo constante
de pequeñas muertes y pequeños renacimientos. Me gusta esa literatura que permite imaginar al autor que está detrás: su vida, su personalidad,... Natalia Ginzburg hace ese tipo de literatura, Anne Tyler también... Yo al menos lo intento. ¿Narras en primera persona para ganar verosimilitud? La
primera persona es la que mejor permite la identificación entre
el narrador y el lector. La que facilita, por tanto, que el lector reconozca
en esas palabras que lee las palabras que alguna vez ha querido pronunciar. La intelectualización me interesa poco. La sobriedad expresiva, en cambio, lo es todo para mí. «La literatura no se escribe con sentimientos, sino con sentimientos contemplados, configurados, de modo que la inteligencia tome posesión de los propios sentimientos». Enrique Anderson Imbert. ¿Hacia ahí apunta lo que llamas sobriedad expresiva? Estoy de acuerdo con lo que dice Anderson Imbert. Los sentimientos no son un buen material para escribir historias. El material ideal es el recuerdo de sentimientos que hace tiempo quedaron desactivados. Lo contrario suele llevar a la sensiblería y el sentimentalismo, precisamente de aquello de lo que me propongo huir. Quienes te critican opinan que resultas demasiado serio y poco audaz tanto en tu estilo como en tus planteamientos. Según le contabas a Quim Arana en Avui, prefieres narrar buenas historias como Graham Greene que aspirar a convertirte en un nuevo Kafka o James Joyce... ¿Sigues queriendo ser la misma clase de escritor hoy que en aquel año 2000? Sigo
pensando lo mismo: mi objetivo es contar de la mejor manera posible las
mejores historias posibles. Si además consigo que el lector sienta
que la novela está escrita especialmente para él, mejor
todavía. Los
escritores somos como los actores. Tenemos que ser capaces de transfigurarnos,
de convertirnos en personajes de todo tipo. La solidez de tu andadura literaria te avala; sin embargo, hay quienes señalan El fin de los buenos tiempos (1994) y Antofagasta (1986) como tus dos mejores momentos; incluso tú le comentas a Vila-Matas en una entrevista que Siempre hay un perro al acecho cuento contenido en El fin de los buenos tiempos lo consideras tu mejor narración. ¿Te da miedo no ser capaz de alcanzar de nuevo ese nivel por el que muchos lectores te recuerdan? Ese cuento sigue siendo uno de mis favoritos. Pero eso tampoco es decir mucho, porque últimamente he escrito pocos cuentos. En cuanto a mis novelas, creo que las anteriores a Carreteras secundarias y El tiempo de las mujeres son novelas escritas por un novelista en fase de formación, un escritor que aún no había cuajado. ¿Cómo llega un escritor a la certeza de que ha cuajado? ¿A través de la crítica de los demás, por las sensaciones de uno mismo...? En un momento dado me di cuenta de que yo seguía siendo el mismo escritor aunque mis nuevos libros fueran todos distintos. Cuando pasa eso, tal vez quiera decir que se ha cuajado como escritor.
[ Fatalidad y destino ] En
aquel momento tenía la sensación de haber llegado al final
de un largo viaje y me parecía que todo eso estaba escrito en nuestro
destino desde hacía mucho tiempo. Quiero decir que nuestros pasos
habían estado siempre encaminados hacia allí, hacia el pasado
de mi padre y hacia su familia y su ciudad y hacia esa cárcel determinada,
y que todo lo demás habían sido etapas previas que habíamos
tenido que superar para llegar a ese final. Lo que a mí me parecía
era que nada había sido producto del azar. Una
suerte de fatalismo laxo y desolado se había apoderado de mi ánimo
y del de los propio jugadores. Nos preparábamos sencillamente para
aceptar la catástrofe que se avecinaba. Mi
propio destino formaba parte del de mi padre.
Carver es, sin duda, uno de los mejores cuentistas del pasado siglo, y su descubrimiento me impresionó tanto como el de Cheever. En los cuentos de ambos se percibe siempre un desasosiego interior al que el lector no puede sustraerse. De la ficción a la realidad: ¿crees en la predestinación? ¿Puede decirse que el destino de los personajes de El fin de los buenos tiempos está escrito y sólo les falta chocarse con él? No hace falta creer en el destino para que el destino exista. Desde luego, existe en mis cuentos, pero también en los de la mayoría de escritores. Me da la sensación de que el género breve y cierta noción de destino van unidos. Y te diría que sí, que los personajes se chocan contra su destino, al menos por lo que respecta a los cuentos de El fin de los buenos tiempos. Creo
que el tema central de tus narraciones es la relación entre hijos
y padres, y más concretamente las relaciones monoparentales. Según
la semblanza de José Luis Melero, tu padre murió cuando
eras muy joven. El protagonista de Carreteras secundarias tiene
15 años cuando muere Franco, es decir, que nació en 1960
como tú. ¿Ese libro te dio la posibilidad de ficcionar algo
que quisiste vivir y, desgraciadamente, no tuviste la oportunidad?
[ Superstición y coincidencias ] La literatura nos seduce a veces con la fuerza de lo atávico y de lo oscuro, extrayendo antiguas fantasías que sólo habíamos llegado a exteriorizar en los juegos de niñez. Esa fantasía de aislamiento y de secreto sería, sin duda, una de ellas, y su representación podría tomar la forma de esa vivienda en lo alto de un árbol, pero también la de una cueva o una isla. Lugares, en todo caso, ajenos al mundo, espacios mágicos como ese cuarto trastero en el que uno podía encerrarse a leer novelas de aventuras. Yo creo que cada vez que uno abre el libro busca encerrarse, sin saberlo, en un espacio así. (Extraído del artículo La novela en el trastero.) (...) pero había aparecido un elemento nuevo, de carácter irracional, supersticioso, que alteraba de manera radical la perspectiva de la gente. (El fin de los buenos tiempos, pág. 55) Los
cuentos tienen algo de vaticinio que acaba cumpliéndose. Los de
ese libro, El fin de los buenos tiempos, están planteados
así... Las leyes que explican la realidad no sirven para explicar
lo que ocurre en esos relatos. Quizás por eso transmitan esa idea
de magia y superstición. La
enfermedad como tal me interesa poco. Lo que me interesa es la percepción
del escritor como un enfermo que vive en un mundo enfermo. Pero sus enfermedades
son distintas... El novelista es siempre un inadaptado. Lo del ajedrez, lo de los perros...; ya me habían señalado alguna de esas coincidencias. En mi infancia siempre había algún perro en casa, luego pasé una breve época de obsesión por el ajedrez... Pero uno no recurre conscientemente a ese tipo de elementos. Son ellos los que se imponen al escritor.
[España y sus mujeres] ¿Por qué las tías, que son las únicas que leen, van a leer a Pisón? (Un desconocido con un manuscrito, Jorge Herralde, citando a Ignacio Martínez de Pisón)
Con esto del correo electrónico, ha habido muchos lectores que han encontrado mi dirección en internet y me han escrito, y la inmensa mayoría eran lectoras, no lectores. O sea que tengo que creer que esa novela ha sido más leída por mujeres que por hombres. Pero tampoco parece tan raro, con ese título. ¿Y a tu lector ideal? Mi mujer. Esta pregunta se la hacían a Michel Houellebecq, en El mundo como supermercado: «¿Qué te sugiere el verso de Aragon el futuro del hombre es la mujer?» (Houellebecq habla allí de la tragedia que supone la pérdida de valores clásicamente femeninos como altruismo, amor, compasión, fidelidad y dulzura; y de que es posible que la masculinidad sea un desgraciado paréntesis en la historia de la humanidad) Se trata de una frase feliz, pero precisamente porque el hombre está aceptando como propios valores que tradicionalmente han estado adscritos a la condición femenina. En la literatura premiada en España: ¿cuánto hay de político y de buenos contactos a la hora de premiar ciertas obras? Me interesan poco los premios literarios. ¿Qué hubiera pasado entonces si te llegan a conceder el Lara? Los
premios que no me gustan son los que organizan las editoriales, porque
están casi todos amañados. No tengo nada contra los premios
a los que no te presentas. Aunque
hace años que escribo regularmente críticas de libros, creo
que nunca me consideraré un crítico literario. Lo que yo
hago en las reseñas es lo mismo que hago cuando hablo de libros
con los amigos: decirles cuál me ha gustado y cuál no. Se
trata por tanto de opiniones subjetivas, de impresiones personales. Me
irritan profundamente los críticos que quieren demostrar
algo. La excelencia literaria no puede ser demostrada. La
literatura es para mí un motivo de felicidad. Prefiero no hablar
de los libros que no aportan nada a esa felicidad. Me gusta hablar de los libros que en su momento no tuvieron demasiado éxito, porque nadie suele acordarse de ellos a la hora de hacer esa cosa terrible que son los cánones literarios. Un libro anterior a la guerra civil: El blocao, de José Díaz Fernández. Un libro escrito durante la guerra: A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales. Un libro reciente: Dibujos animados, de Félix Romeo. Los tres libros me parecen magníficos.
[ Referencias sobre artículos citados en la entrevista ] Entrevista
concedida a Carmen Rodríguez Santos. ABC Cultural, 28 de octubre
de 2000. Todo este material (y mucho más) se encuentra disponible en: http://www.10lineas.com/pison
Todo este material se encuentra en: http://www.xtec.es/~jducros/Ignacio%20Martinez%20de%20Pison.html En teína: http://www.revistateina.com/teina/web/Teina4/literaturapison.htm La
frase de Enrique Anderson Imbert se encuentra en la pág. 158 de
La
cita de Houellebecq se encuentra en la pág 108 de |
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