Poemas de Claudia Masin

Los poemas pertenecen a los libros la vista, Visor, 2002 y Geología, Nusud, 2001.

[ Poemas pertenecientes a la vista ]

sin techo ni ley

¿Dejan rastro los pasos en la nieve, te es posible seguirme
a partir de ese rastro? La soledad se impregna
en cada cuerpo que toco, como la piel toma el sabor
de la sal al contacto con el agua del mar. No sabría
con qué palabras contarte la calma que alcanza una mirada
que no desea nada en lo mirado, o apenas
algo de calor, un fuego encendido con los pocos leños
reunidos a lo largo del camino. ¿Cómo hablarte
de cada noche que paso sin ansiar que amanezca,
sin ansiar esa larga sucesión de mañanas desprendiéndose
    de ésa
que ya no espero? ¿Cómo soporto la noche, entonces?
—preguntarías— ¿con qué excusa o qué fuerza?
Te diría: un esquimal soporta la presencia
material del silencio porque cierra los ojos e imagina
la música de las olas al rozar la arena en una playa desierta
retirándose y volviendo para sonar, una y otra vez,
como una orquesta.

madre e hijo

Despacio, despacio, que hasta aquí no llegue la prisa
de la muerte. No quiero que venga la primavera,
dijiste, no tengo ropa que ponerme. En las montañas
pareciera que siempre está a punto de desatarse
una tormenta, pero hay una sola tormenta en todo
el invierno. Cuando sucede, salimos los dos
a verla. Te tiemblan las manos como a una niña
pequeña, siempre me pregunté si de alegría
o de miedo. Todas las cosas únicas aterran.
A veces quisiera protegerte, taparte los ojos,
que no adviertas la primera gota
desprendiéndose, inevitable, del cielo. Que no sepas
que por más que hagamos silencio por meses,
por años enteros, acabaremos por decirnos una
u otra palabra, y en ese momento comenzará
a correr el tiempo.

 

la ciénaga

«Una madre es siempre una ciénaga.»
Osvaldo Bossi

Preguntaste si tenía miedo. Mejor dicho,
nada preguntaste. Una madre nunca pregunta
lo que realmente quisiera saber. Me miraste
y algo en tu mirada me decía ¿tenés miedo?
Yo, a veces, no encuentro la respuesta y callo
como si mi corazón fuera un reloj cuyas agujas
se detienen cada vez que tu mirada, ansiosa,
lo consulta. Algunos pájaros
sobrevolaban la piscina de aguas verdosas,
contaminadas. Tendrías que haber renovado el agua
al terminar el último invierno, me dijiste. Quizá es
   imposible
resistir la tentación de dejar pasar el tiempo, abandonar,
quedarnos sentados en la orilla mirando el deterioro.
Presenciar cómo, lentamente, la simpleza
del agua cristalina se transforma
en la complejidad de una ciénaga. Tal vez
la única libertad posible sea
la de negarse a mover un dedo, aunque se te vaya
la vida en ello. Preferiría no hacerlo,
como el personaje del cuento. Preferiría no moverme.

Vi una vez, aquí, cerca del pueblo, un animal
agonizante. Había caído dentro de un pozo
de agua estancada. Imaginemos:
el animal va muriendo día a día, de a poco.
No puede moverse. El agua podrida le llega hasta el cuello,
¿le preguntarías a ese animal si tiene miedo?
Las tragedias son vulgares, ocurren todo el tiempo.
¿Podrías hablarme hasta que la noche caiga
y llegue el sueño? Quisiera que el rumor
de tu voz me adormezca, como si fuera
la música perezosa de las cigarras en pleno verano,
y después callarnos los dos, una madre
y su hijo callados, sentados en las sillitas
de plástico despintadas, para que el tiempo
pase cerca nuestro, apenas rozándonos,
y todo esté tan silencioso que no advierta
que estoy esperando que su paso me ignore
y me deje aquí, al lado tuyo,
abandonado.


soplo al corazón

Hay enfermedades extrañas que hacen que el corazón
no tenga sosiego. De repente, los latidos se aceleran
sin explicación y se detienen. Una piedra hueca
cayendo a toda velocidad en el pozo de un aljibe.
Es en ese momento cuando una voz evita la caída
y el corazón retrocede, asustado de su propio vértigo.
Creo que enfermé porque la enfermedad es una pasión
como otras, y yo quería vivir una pasión. Despertar
    sobresaltado
en el medio de la noche y llamarte. Un adolescente frágil,
una heroína de novela romántica. Quejarme
discretamente, pero con la intensidad necesaria,
para que escucharas. Hubiera permanecido
en la cama años y años, oyéndote contar
las historias de tu vida, no sentía
dolor sino una rara sensación de calma. Yo era un rey
y el tiempo, una ficción que otros, allá afuera, tramaban,
para derrocarme. Que ibas a llevarme, me decías,
a ver el mar, aguas termales, enfermeras sonrientes
y una playa. Había aprendido a vivir para tu mirada,
cada movimiento era un dibujo perfecto destinado
a deslumbrarte. No quería otras miradas sobre mí,
no hubiera sabido qué mostrarles. Mi corazón
era un rehén entre los dos, una moneda
de cambio. Una mañana desperté y la salud había
ganado la partida. Tuve miedo, nada me quedaba
para darte ahora que la muerte estaba lejos.
Sólo mi cuerpo, el marco de una ventana destinada
a mostrarte todos los paisajes que a tu capricho
eligieras, para que te distrajeras mirándolos a ellos,
y a mí me olvidaras.



[ Poemas pertenecientes al libro Geología ]


terremoto

El lugar desde el que despierta y crece la sorpresa
que la tierra se lleva de sí misma, el regocijo
de todo ser callado cuando su secreto
al fin se revela

la trama

Las historias que se cuentan de madres a hijas
en la noche, para que la hija duerma,
nunca tienen final. Son las madres quienes
caen rendidas por el sueño antes de llegar a él.
La hija insiste, pregunta, pero casi siempre
es inconexa la respuesta. Entonces
permanece despierta, imaginando.
Ése es el origen del insomnio y los poemas.

resistencia

Nací en una ciudad rodeada por defensas de tierra.
Montañas de utilería para que cuando llueva,
el río en su crecida, no invada nuestras casas
y arrase la ciudad. Pero se ha tenido la precaución
de construir murallas precarias, abiertas. Para mantener
al enemigo vivo. Los que hemos nacido en Resistencia
tenemos para qué levantarnos cada mañana:
quien tiene a qué temer ya no está solo.


Aquí, el uniforme de guerra incluye botas de lluvia
amarillas. Nos sentimos impermeables
cuando caminamos por las calles, cómplices
como sobrevivientes de un desastre secreto.
Una vez, la lluvia nos sitió por tres días y tres noches.
Los chicos soñábamos con la amistad del agua,
salir descalzos a la invasión, cada gota
un disparo fresco en el pecho. Pero permanecíamos
tras las trincheras, cristales dibujados al vapor
con nuestros nombres. Casa del agua.
¿Un barco ebrio? No, mi casa era un blanco quieto.
Guardado en una botella, como una cabaña de los Alpes,
una miniatura olvidada en un estante.


Soñé entonces con construir un arca, pero no llevaría
animales sino palabras. Las elegiría al azar, por capricho.
Por la música que despedían de sí al ser dichas.
¿No es más importante preservar la belleza que la especie?
Zarparía en silencio hasta que la tierra
se perdiera de mis ojos por la distancia y el diluvio.
¿Noé sabría de su audacia al huir? Soldado que huye
sirve para huir de la próxima batalla.


¿Y si escribir no fuera temblar en la tormenta sino
—a lo sumo— presumir bajo el alero?
¿Y si la crecida de las aguas no existiera?
Un mito. La fundación de algo. De una ciudad: Resistencia.
Construida para ofrecerse a un ataque imaginario,
a una corriente asesina que no existe. Acuario seco
en que los peces sofocados resistimos
hasta que las agallas sangran. Nunca fue cierto
que en las guerras se venciera por un arte sutil
de resistencia.

 

saknussem

O no hay cómo seguir si no se vuelve.
Diana Bellesi

¿Para qué descender por las laderas ásperas de un volcán?
¿Es la profundidad condición de la belleza?
Si lo más bello aquí es el roce del arnés sobre la piel,
la superficie de las manos llagadas por la cuerda.
Ni siquiera el vértigo. El cuerpo y las cosas, aliadas
como si fuera posible una alianza entre materias tan ajenas,
tan idénticas. Figuritas de la luz, olvidadas
como joyas del día que alguien, tal vez yo,
viniera a llevarse.


Una vieja leyenda australiana cuenta de una piedra inmensa
en la que se guarecían las almas de los niños muertos,
y desde allí esperaban el paso de una mujer embarazada,
para volver a tener un cuerpo. Tardé años en entender
cómo podía producirse esta hazaña. Comprender que todo
sucedía con la inmediatez de las fábulas.
Quise ser esa niña encerrada en una piedra.
La humedad y la sombra. Y de repente el rapto,
la audacia.

Las noches son larguísimas en las expediciones.
Se juega a inventar diferentes expresiones en la luna
como si fuera un rostro irregular. El abismo, debajo,
es un recipiente de fresca oscuridad. En ese silencio
el cuerpo festeja el alivio de un descubrimiento:
no existe el lenguaje deslumbrante, existen las palabras,
como piedritas desprendidas de un volcán que se extinguió
después de estallar. La geología traza la cartografía
de esa desposesión.


¿Cuánto se tarda en saber que las amenazas
son inexistentes? ¿Que los estallidos sólo son tales
en función del silencio que los sucede? El tiempo exacto
en que la exploradora desciende por la ladera de un volcán,
y llega al fondo. Allí se queda a vivir. Una taza de té verde
en las manos, inmóvil como una esquimal, la misma
actitud de espera por el cese de la nieve.


Como si todos los caminos se hubieran cerrado
hasta el fin del invierno. No era esto, sin duda, lo que solía
esperar en las largas noches planificando el descenso,
mientras leía los mapas como un tarot desconcertante
donde cada carta contradecía la siguiente, pero ninguna
hablaba de té verde, de sinuosas volutas de humo en las paredes
de un volcán extinto. Aquí abajo no queda nadie
que diga "no era esto lo que esperabas".
El único hallazgo en la exploración heroica
fue la heroicidad dudosa de la incerteza.