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El
pelo de Van't Hoff
Un
enano español se suicida en Las Vegas |
Rubén
A. Arribas
Recientemente leí Fragmento de interior, de Carmen Martín Gaite, ambientado en el Madrid de 1975, y escrito en 1976. Me llamó la atención que apareciese ahí una queja frecuente entre los escritores contemporáneos: las grandes editoriales publican una cantidad ingente de literatura de baja calidad, sin más criterio que el estrictamente comercial, es decir, aquello que se vende y se rentabiliza en poco tiempo. Así que ya en el 75 andaba flojo el asunto. Con un poco de suerte siempre fue así y no estamos descubriendo nada nuevo, sino que constatamos un fenómeno habitual en el mercado del libro. Por cierto, que este tipo de comentarios suelen referirse al género narrativo, porque la poesía y el teatro han quedado desterrados a las librerías especializadas, convenientemente acondicionadas para gente tan rara. * Me cuentan que José María Aznar arrasa por cada Corte Inglés donde presenta su libro. Leo apesadumbrado que la población española, que apenas lee según las estadísticas y copula poco, también según las estadísticas, acude en tropel y tarjeta de plástico en mano a comprarse el libro de nuestro émulo de Winston Churchill. Mientras tanto, cuarto y mitad de los escritores patrios no logran vender ni su portátil para sacarse unas perras y pagar la mensualidad del piso; eso por no hablar de su ímprobo esfuerzo para publicar en una editorial, por escasa que resulte la distribución, nula la acogida del público y soberbio el desprecio de los suplementos culturales. Unos tanto y otros tan poco. Si no tienes amigos no haces camino. El poder siempre te convierte en alguien. Da miedo y deprime esta sociedad donde vivimos: el nivel de anestesia intelectual va camino de volvernos insoportables, incluso para los marcianos. Sí, me pone melancólico que el Amazonas desaparezca para dar gusto a esos editores y público que tanto se interesan por los onanismos literarios de Bill y Hillary Clinton, o los de sus imitadores españoles de la Moncloa, quienes además están mejor retribuidos que nadie. ¿El público es sabio? No sabría yo qué decir de quienes hayan empalmado la compra de los harry potters con la saga de los Aznar-Botella. A este ritmo, en cincuenta años, todos tontos. ¿Y el Quijote? Para turistas, como el flamenco. * Retomo lo señalado al principio: se debe andar con mucho ojo en las librerías en especial donde no trafican con libros de segunda y tercera mano; uno se siente tentado con facilidad por un libro que después, además de caro, resulta un bodrio antes de llegar a la mitad de éste. Cuanto más se lee, más se agrava el problema. Eso sí, las editoriales se esfuerzan de lo lindo: buenas encuadernaciones, atractivos diseños para la portada, bondadosas referencias de críticos o alabanzas de escritores famosos ¿cómo sospechar de ellos?, alguna banda que envuelve el libro y recuerda cuántos ejemplares se vendieron o qué premios ganó el autor... Si tenéis un rato, revisad vuestra biblioteca y calculad cuántas veces habéis comprado la mejor novela de la década, del siglo, la mejor novela escrita en inglés, es español o malayo, la novela definitiva,... La ubicuidad de los mesías literarios resulta más que notable: aparecen todos lo años y en todos los países. Haced la prueba. * He dejado sin terminar más libros de lo habitual en los últimos tres meses, con el consiguiente disgusto emocional y monetario, debido al fraude perpetrado por la industria editorial contra mi desmedida expectativa de procurarme placer a través de la lectura. Me confunde, pero sobre todo me cabrea, que algunos de esos títulos o autores aparezcan en las portadas de suplementos culturales, chupen cámara en la televisión o se les nomine para sustanciosos premios. Este hecho me lleva a replantearme si mi enteco intelecto está dotado mínimamente para la lectura. Me ciño a algunos ejemplos con brevedad: * Esperanto (Tusquets, 1995), del argentino Rodrigo Fresán, promedia ente cuatro y cinco palabras en cursiva por página (¡¿*****?!) y ya la 26, mala a rabiar, aún peor que las anteriores, basta para cerrar el libro, abrir una cerveza y tratar de olvidar el mal rato. Eso sí, Tusquets lo promociona con una banda azul que recoge los encendidos elogios de casi todos los periódicos argentinos...; y que, debo reconocer, me incitaron a comprarlo, crédulo de haber encontrado un enorme escritor, a pesar de que había asistido hace unos años a la presentación de un libro anterior, Mantra, en la FNAC de Valencia, y no me había transmitido buenas vibraciones este admirador de los cómics y las películas de serie B y Z, residente en Barcelona. «Así, afirmar que la montaña García era una persona de contextura voluminosa era, apenas, una pálida forma de exactitud; un adjetivo calificativo de cinco sílabas ineficaces que ni siquiera sugería la contundencia material de semejante fenómeno de la naturaleza. Dejar establecido que el gigante era poseedor de un físico privilegiado era, también, una percepción cuando menos parcial del tema. A La Montaña García había que verlo para creerlo y asistir así al honor de atestiguar que, después de todo, el ser humano bien podía llegar a ser una suerte de cubo de dos metros cúbicos. La Montaña García era un ser decididamente... cúbico, pensó Esperanto.» (pág. 26. Prometo que lo he copiado tal cual, que no hay error de transcripción). Leído esto, cuya calidad aplasta, arrío velas y renuncio a dedicarme a la literatura. Algo tan complejo no es para mí. Y no marro mucho: Los jardines de Kesington, su última novela, fue nominada al premio José Manuel Lara 2004... * Con el también argentino César Aira y su El congreso de literatura (Tusquets, 1997) llegué hasta la página 74. En ese momento, me detuve, harto de que cualquier parecido de la contratapa con el contenido del libro resultara pura coincidencia; de hecho, a esa altura de la novela ni sabía de qué iba ésta y apuesto a que Aira tampoco. Esta narración vertiginosa juega a hibridar la historia que se cuenta y el cómo se escribe esa historia; sin embargo, aunque la idea resulta interesante, el lector sólo puede salir confuso de interaccionar con Aira: el argumento anunciado un escritor / científico loco quiere clonar a Carlos Fuentes en un congreso de Literatura que se celebra en Mérida (Venezuela) no coincide con el resultado ofrecido el escritor sólo habla de sí mismo y de su escritura, y lateralmente desarrolla el argumento planteado. Eso sí, el autor aduce el principio de la incertidumbre de Heisenberg para justificar la teoría literaria en que se apoya su libro (?). Menos mal que Michael Frayn usó también ese principio físico para montar un texto teatral de primera línea, Copenhague. Por cierto, también leí una traducción de Aira sobre Joseph Campbell, la cual no me pareció afortunada. De todos modos, este libro tiene algunos hallazgos. Intentaré volver a leerlo; pero me jode tener que abrir un libro en plan de cirujano: con bisturí de grafito y cuaderno de bitácora para anotar. Ahora que lo pienso, más que una novela parece un ensayo novelado. * Enseñan los manuales de estilo que resulta de mal gusto abusar del verbo ser y estar, en especial cuando se describe un paisaje o a una persona. En El siglo de las mujeres (Ediciones del Bronce, 2000), Nuria Amat, doctora cum laude en Ciencias de la Información, logró hundir mi esperanza de seguir leyendo después de haber pasado por Cleopatra, Sherezade y Brunilda, los tres primeros capítulos del libro. Tomo como ejemplo la pág. 16: «Sherezade es la musa del amor puesto que es la que mejor lo cuenta. (...) Sherezade es la pesada por excelencia. (...) Sherezade es la novelera perfecta. (...) Es una fantasiosa. (...) Es capaz de desafiar la libido del sultán. (...) Es una sabia castradora». Prosa de poco vuelo ésta, que se repite página tras página, al menos hasta donde leí. Juraría que lo compré porque Juan Goytisolo había recomendado a esta autora en una entrevista concedida al suplemento cultural de El Mundo. * Tocarnos la cara (Anagrama, 1995), de Belén Gopegui... Página 50: ¿de qué va esta novela? Resulta más sugerente el texto de la contratapa que el argumento del libro; en cincuenta páginas no sucede nada, salvo el aburrimiento del lector, fatigado por ese rancio misticismo del que se rodea un grupo de teatro y su profesor, metido a gurú de la vida. Mi paso por un taller de teatro se parece bastante poco a lo que relata la autora. El inicio del libro tiene delito: «Ésta es la historia de un esfuerzo y una desbandada, pero hay algo que no consigo entender. Es como ver un avión parado en el cielo. O como aquel Palacio de Deportes cuya cubierta de hierro se desplomó.» ¡Que venga Nabokov y lo lea! O se lee frases como esta otra, poco creíbles: «Fue entonces cuando Simón elogió y estuvo besando su cuello.» (pág. 22) * El evangelio según el hijo (Emecé, 1997), de Norman Mailer... Sonará a herejía, pero Caballo de Troya, de J.J. Benítez, sólo el volumen uno, no los otros que el autor publicó en clara competencia con las secuelas de Rocky o Carta de Jesús al Papa de Fernando Sánchez Dragó resultan más entretenidos, recomendables y transgresores. Pero, claro, a John Updike, a los del New York Times o al resto de panegiristas que escriben en la solapa no les habrá llegado la correspondiente traducción de estas dos obras. Abandoné en la página 62. Lo intentaré con alguna otra de la más de 30 novelas que tiene Mailer. * Matando enanos a garrotazos (Gárgola, 2004), de Alberto Laiseca... Menos mal que me lo prestaron. Lástima de dinero. Para colmo el autor se ufana en la contratapa de la «inverosimilitud corrosiva» y de lo desmedido que resulta su estilo, y apostilla: «el delirio, no el patológico, sino el delirio creador, es una lupa que sirve para ver mejor a la realidad». Empiezo a creer que la posmodernidad consiste en, además de no respetar la sintáxis normativa, escribir cualquier estupidez, recetar en la contratapa una teoría literaria ad hoc que justifique al autor material del crimen y que acuse al lector por su falta de competencia, no vaya a ser que quien lea el libro pueda ejercer su derecho a contradecir al genio del escritor y pensar de él lo que éste, por presuntuoso, se merece. Para mí que Laiseca jugó a epígono de Boris Vian, pero con bastante menos pericia y talento; y pergeñó un libro horrible, pero bien promocionado. No valoro su faceta televisiva cuenta historias de terror en la tele, porque no lo vi. Sin embargo, miren por dónde, encontré más divertido y delirante al Pedro Urdemales de Javier Villafañe, que leen los chicos argentinos. * Aún me quedan libros en el tintero, pero no es cuestión de aburrir con un inventario exhaustivo. También obvio enumerar los libros que mis compañeros dejaron sin concluir (me soplan que el último premio Herralde, El pasado, de Alan Pauls, ni frío ni calor, que abandono en la página 114 y a otra cosa mariposa). Sin embargo, y aunque parezca lo contrario, terminé o releí otros libros, de cuya lectura disfruté de lo lindo: Los disparos del cazador (Anagrama, 1994), del valenciano Rafael Chirbes; ¿Quién se ha meado en mi cama? (Lengua de Trapo, 1999), del cordobés Antonio Álamo; Otoño y otras luces (Tusquets, 2001), del asturiano Ángel González; Nunca (Último Reino, 2001) y Libro de Egipto (Último Reino, 2003) del poeta salteño Leopoldo Castilla o Las ratas, del tucumano José Bianco. * Para este nº 5 de teína, dedicado al juego, Santiago, Alberto y quien escribe hemos encontrado tres libros dignos de leerse hasta el final, y hasta de los cuales, incluso, hemos escrito una reseña, lo cual no es poco. Quizá no sean excelentes libros, pero sí libros interesantes por uno u otro motivo. En esta ocasión, reseñamos Salón de billares de Jorge Riestra, El pelo de Van't Hoff de Unai Elorriaga, y Un enano español se suicida en Las Vegas de Francisco Casavella. En cuanto a las entrevistas, en este número sólo llegaron las fuerzas para dos: el novelista y cuentista zaragozano Ignacio Martínez de Pisón y la poetisa argentina Claudia Masin. Ellos también escribieron algunas páginas sobre las que merece la pena hablar: los libros de cuentos Antofagasta y El fin de los buenos tiempos o la novela Carreteras secundarias por parte de Ignacio, o los poemarios Geología y la vista, de Claudia. * Obviamente esperamos encontrar otros lectores que no compartan nuestro gusto y criterio, porque si no, ¿de qué vamos a hablar?, ¿de política? Hablar de literatura, por suerte, invita a la polémica, a no estar de acuerdo y charlar animadamente un rato con los amigos, ayudados por alguna bebida, espirituosa o no. Nos prestamos a la discusión: ofrecemos nuestro foro público como lugar para el debate. Ahí va nuestro guante.
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