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Camboya 14 postales para El Campello |
14 postales para El Campello
Rubén
A. Arribas
A espaldas del mar. Apunte para las guías de turismo.
Miro
absorto el mar desde el espigón porque, al pueblo, mejor darle
la espalda: al menos ocho grúas amenazan la panorámica de
Neptuno y sus sirenas. No resulta extraño que éstas prefieran
vivir en el mar, y que por eso haya tantos solteros en el pueblo. Ni siquiera
la exuberante tropicalidad de las palmeras desvía la atención
de estos monstruos mecánicos: indigna la urgencia especuladora
y el manoseo paisajístico impulsado por los políticos y
aceptado por los residentes. Los constructores ejercen como nuevos amos
del
El pueblo ha cambiado mucho desde que llegué hace quince años. A mediados de los noventa, cuando cayó el premio gordo del sorteo de Navidad muchos se compraron un Mercedes ultimísimo modelo, signo inequívoco y mundial de bonanza. Otros, más discretos, se limitaron a conducir un coche mejor, pero sin llegar a la ostentación. Recuerdo haber visto en la tele a gente conocida emborrachándose en la calle y lavando su fortuna en espuma, mientras yo, con los dedos cruzados, me preguntaba por qué mis padres no llamaban para anunciarme la buena nueva: «Somos ricos, joder: ¡ricos! Cómprate lo que te salga de los cojones y paga con la tarjeta» Mi familia sigue en la misma casa, más llena de cachivaches y con algunos cambios de mobiliario pero, en esencia, idéntica. Mi padre cambió de coche, pero le costó lo suyo cancelar el crédito. A otros amigos tampoco les tocó nada. Sabemos que el dinero no da la felicidad; pero nos hubiese gustado corroborar este refrán popular en primera persona. Pocos años después de este benigno acontecimiento afloraron hoteles y apartamentos modelo colmena, también montaron un par de supermercados grandes, aparecieron más locutorios telefónicos, salas para navegar por internet, otro instituto, más bares, quitaron las piedras de la playa y pusieron arena, Jamiroquai tocó en el campo de fútbol, el pollo asado y la pizza por fin se sirvieron a domicilio... Y ya nada volvió a ser como antes. Se derribaron edificios antiguos; se retranquearon los nuevos; edificaron los solares abandonados a medio construir, donde meábamos tranquilos y soñábamos tocarle el culo a las chicas y hasta perder la virginidad si ellas nos dejaban; también enladrillaron los descampados, donde muchos se retiraban a fumar sin ser vistos y otros vaciaban sus primeras cervezas y cubatas. Cada palmo libre se asfaltó y se le hizo portador de la rampante civilización del ladrillo y el automóvil. Sin embargo, la playa del pueblo sigue disponiendo sólo de tres calles paralelas al Mediterráneo (la avenida de San Vicente, la calle San Pedro y la avenida San Bartolomé) y sus correspondientes ortogonales, no muchas; lo demás se empina cuesta arriba (de cojones) hacia el pueblo, y luego más cuesta arriba aún (más cojones) hasta la carretera general, y luego aún más (para valientes y masoquistas) hasta el barrio de la Cruz.
Un domingo de febrero: ¿hay alguien ahí? Apunte sobre la población. I En la playa, un hombre mayor con botas de plástico y pinta de pescador inspecciona la basura que trajo la marea. Se levantó antes que nadie para comerciar a solas con el mar. Entre el arsenal de objetos perdidos destaca una boya enorme, de las que señalizan hasta dónde pueden acercarse los barcos a la playa. Se la carga a la espalda y prosigue su exploración. Pese a su tamaño, la boya no debe de pesar mucho, porque con la otra mano revisa si entre las algas, botellas de plástico, compresas, rajas de melón y sandía, etcétera, quedó enterrado algún tesoro que no salta a la vista. «El mar se ha convertido en vertedero más que en caja de sorpresas», me digo. La mística de la botella y el mensaje ya pasó. La canción de Police debería cambiar y decir: «ahora llegan a la orilla muchas botellas y todas con un claro mensaje: queremos ser todavía más cerdos.» Por telepatía le transmito mi ánimo al buscador de tesoros: hace años encontré un billete de dos mil pesetas doce euros de los de hogaño. Por el otro lado de la playa se aproxima el típico listo con gorrita de propaganda, bolsa negra de la basura, dos niños de apenas siete años y un perro: todos hurgan entre los montones que les señala el padre, quien, además, se cree chulo como nadie con su aspiradora detecta metales.
Dos
muchachos jóvenes, vestidos de neopreno hasta las uñas,
creen haber descubierto en Campello una playa equiparable a las de Tarifa
o Hawaii. En el paseo no faltan los curiosos que miran extrañados
a los surfistas. Un abuelo que está al lado mío se rasca
la boina y piensa en voz alta: III También patrulla por la costa la Guardia Civil. ¿Llevarán tricornio y capa verde de supermán ecológico en alta mar? ¿Tomarán el sol en pelota picada cuando no haya nadie a quien perseguir?
«Enseguida vengo», se excusaron ante sus esposas. En el bar cercano al kiosco, retozan orondos el Damián, el Joaquinito y el resto de la tropa frente a un carajillo generoso en Terry. Maridos de los de antes podría decirse, de los que necesitan casi dos horas para comprar la prensa y contrastar opiniones sobre fútbol y demás actualidad con otros eruditos en la materia. Alguno de ellos incluso vuelve con el pan bajo el brazo, con tal de que su mujer le haga un huevo frito y almorzar con una cervecita en casa. Por su atuendo y aspecto deportivo los reconocerán: disfrazados con chándal y zapatillas conjuran los peligros que supone una barriga perseverante en su redondez.
El espigón: entrada al mar para los paganos. Apunte sentimental y marino.
El agua del mar. A esta sustancia líquida y divina, la mala prensa le ha mutilado y deformado sus propiedades. Como si el agua debiera presumir siempre de incolora, inodora e insípida. Como si al decir 'agua' tuviéramos que pensar siempre en mineral y de una marca determinada, ni siquiera en la del grifo de casa o la que cae de la ducha, o la que se lleva nuestros restos más íntimos desagüe abajo. Agua: ¿en cuál piensas cuando la escuchas? ¿En la que corre por la montaña?
Aprendemos los colores en la escuela, dibujamos entusiastas arco iris y nos maravilla el añil por su carnadura, por su nombre, por lo extravagante que resulta conocer algo nuevo, tan vano y sencillo como un color del que no teníamos noticia. Nos compran ceras y lápices para que pintemos cuanto nos muestran, porque ya aprendimos los colores. Cuando nos enseñan otro idioma también enseguida aprendemos los números, los días de la semana, los colores: el cielo y el mar azules perfectos, las montañas y tus ojos marrones, las nubes blancas como el vapor de la ducha, tu piel encarnada o naranja dulce pero de sangre roja, los árboles verdes y perennes, que no decaen con la llegada del otoño o el invierno... Hasta que, por fin, encontramos la naturaleza, nos libramos de los edificios, respiramos un aire menos viciado de educación y familia, de sociedad, también un aire libre de coches y otros ruidos urbanos, y encontramos el ojo cristalino del mar: hoy, manso y esmeralda hasta el fondo, transparente y límpido porque vemos nuestros pies; ayer, turbio, nebuloso e incómodo con tantas algas alrededor, con restos de comida, preservativos y trozos de madera, con ganas de marcharte a otro lado y cagarte en la puta madre de los turistas, con ganas de sacarte la arena de la ingle, de aliviar el escozor del brazo; anteayer, majestuoso en su violencia contra la arena, espumoso y encabritado, acorde con la bandera roja que prohibía el baño para frustración de los niños; esta mañana, lleno de gaviotas que espigan los tesoros abandonados sobre la playa, mientras los barcos amanecen en el horizonte y huyen de la tormenta. Recuerdas los atardeceres frente al Mediterráneo y confiesas que aún no sabes contar cuántos azules y añiles diferentes se necesitan para pintar este cielo que te llueve hoy...
Cuando observas esas otras piedras, puntiagudas y de colores vivos, desgarradas por su entraña a pesar de la imagen de dureza y compacidad aparente, separadas de la otra parte que las completaba, supones que una fuerza desmesurada las arrancó de cuajo, que como pedazos de pan crujiente dejaron de pertenecer a un todo para comenzar a ser sólo ellas, abandonadas a la erosión de su pasado. La belleza reside en su rostro convulso, como de quien se abrasa en un incendio, en el amasijo informe donde preservan su geometría singular. Comprendemos por analogía. Tus secretos, también salobres y traídos de muy lejos, se convierten en arena de mar cuando estás en la playa. V Escuchas el eco de las primeras y fallidas escaramuzas en el amor, el adiós de cada verano perdido estudiando algo que nunca serías, el ruido de las pisadas en las noches de septiembre mientras caminabas por la arena hacia San Juan. Allí, frente al mar, te desnudabas y extraías cientos de piedras de la locura antes de que ellas se te enquistaran como un tumor en la memoria; y las arrojabas lejos de ti. Regresabas a la cama después de casi tres horas caminando. Afortunadamente, también vuelven el arroz, las sardinas, los boquerones y el mero adobado, lo mejor de los romanos: sus calamares. Pura nostalgia amniótica esta evocación tan piscícola: el retorno al útero, pero al útero primigenio, no al de los psicoanalistas, sino al mar.
En estas mañanas de invierno, la melancolía te delinea más exacto sobre el cadáver que serás. Más humano. Incluso te dibuja una sonrisa. Palabra de marino.
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