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Invitación al viaje
Siem
Reap x 9
Camboya

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postales para
El Campello
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La partida
Alberto Olmos
alberto-olmos@terra.es

Ordené
que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis
órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse la silla
a mi caballo, y lo monté. En la distancia escuché el sonido
de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué significaba.
No lo sabía, nada había escuchado. En el portal me detuvo
y me preguntó: "¿Adónde va, Señor?"
"No lo sé", le dije, "simplemente fuera de aquí,
simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más,
es la única manera de alcanzar mi meta". "¿Así
que usted conoce su meta?", preguntó. "Sí",
repliqué, "te lo acabo de decir. Fuera de aquí, ésa
es mi meta".
Franz Kafka
Con la excepción de ir al
cine, ir de viaje es la más común de las aficiones. Las
encuestas sobre gustos siempre aparecen encabezadas por estas dos actividades
tan similares, pues ir al cine es ir de viaje a países que no existen
y visitar países es ver películas sin título en sesión
continua. Sin embargo, siempre he desconfiado del aserto «viajar
abre la mente» porque la mayor parte de los sitios que he pisoteado
allende la línea de demarcación patria me han parecido sin
más jugueterías para adultos, un aparatoso tinglado hecho
con la única intención de ordeñar cuentas corrientes,
una panoplia de sonrisas de caucho que te dirán y te darán
exactamente lo que has pedido que te digan y te den en tu agencia de viajes,
porque la gente no comprende que quizá los canacos de Honolulú
ya no existen, que su lengua hace tiempo que dejo de rizar el aire, y
que la única palabra que queda de ella es ese Aloha en funciones
de llavero propagandístico. A los sitios, entonces, habría
que ir cuando los lugareños duermen, para pillarles en su verdadera
vida, que, vale, quizá no sea tan exótica como decía
el folleto, pero por lo menos es la existencia real de otros seres humanos,
no mera actuación de cara al viajero.
Ya dice Nietzsche que no tiene sentido desplazarse a ningún país
si no es para vivir allí como uno más. Evidentemente, la
mayoría de los asalariados no puede permitirse vacaciones de doce
meses, y ha de concentrar su oreado laboral en un par de semanas, por
lo que al sitio adonde viaja no le pide que le cambie, que le enseñe
o le aleccione, sino simplemente que no le moleste demasiado. Sin embargo,
me parece acertada la observación del loco del martillo, ya que
conocer un sitio significa sobre todo que la población de aquel
lugar no te dispense deferencias, sino que te asuma como uno más
y, así, te recree. Lo mágico de ir a un país es ser
otra persona en ese país. Hacer turismo no te convierte en otra
persona; hacer turismo te convierte en turista, y ser turista, junto a
ser televidente, es con seguridad el estrato más bajo en la escala
de ser. Básicamente, ir de viaje con El Corte Inglés es
ir a comprar a sitios idénticos a El Corte Inglés. Viajar
se ha convertido en comprar, pero más lejos. Sí, se ve el
museo y el icono arquitectónico correspondientes, pero lo que de
verdad quiere el extranjero en funciones es comprar cosas, coleccionar
las bolsas de las tiendas y volver a casa en un avión lleno de
paquetes que le recuerden que viene de algún sitio.
Lo primero que no hay que hacer en esta vida es visitar museos. Tampoco
debe uno arrimarse a la famosa catedral, a la famosa escultura, a la famosa
calle. Cuando yo he hecho esto último, cuando me he plantado ante
el prestigioso monumento de cualquier ciudad turística, y lo he
repasado con los ojos de arriba abajo, y me he hecho la foto convenida
(esa insufrible foto que luego hay que enseñar para probar
que has ido allí, cuando la mejor prueba de la expedicion sería
una cicatriz en la cara, un brazo de menos, cuatro lágrimas pegadas
todavía en la barbilla, algo tuyo) me ha traspasado la desilusión.
Sí, pensaba, el Big Ben existe, y existe como en las cuatro mil
fotos del Big Ben que he visto, y no hay nada nuevo en mi mirada sobre
este edificio, y verlo en directo no se diferencia de verlo en un libro,
y además en el libro puedo soñar con que verlo en directo
será diferente. Y no, no es diferente. De hecho, es peor, porque
la fotografía del Taj Mahal está animada por el punto de
vista del fotógrafo, y hay fotógrafos con puntos de vista
realmente fascinantes. Sin embargo, cuando vas y ves lo que has visto
en la foto, te hallas ante la obligacion de tener tu propio punto de vista,
pero como lo que esperas es que el lugar te maraville por sí solo
ni te molestas en tratar de verlo como si no lo conocieras, y por eso
la imagen real de aquello que conoces por los libros palidece, se desangra,
no tiene espíritu y decepciona. Sólo sentándose cuatro
horas delante de un monumento, o no sabiendo de su existencia en absoluto,
podría llegarse a ver de verdad el monumento. Pero para lo primero,
la agenda de viaje no esta preparada; y para lo segundo, ¿conocen
ustedes a alguien que haga turismo sin saber qué va a ver exactamente?
Merece la pena viajar, pero sobre todo merece la pena irse, dejar en la
estacada el papel que a uno le ha tocado representar en esta vida, desaparecer
del puesto de trabajo y del árbol genealógico, ser un desconocido
en territorios extraños, cometer disparates que nunca antes se
osó perpetrar y volver a casa sin más souvenir que
tus secretos.
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