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Ciudad y juego: juegos posibles
e imposibles
María Regina Öfele,
Ph.D.
mro@instituto.ws
Antes de sumergirnos en el
tema de los juegos y la ciudad, quisiera introducir brevemente la relación
del juego y la transformación. Al considerar el juego como transformación,
hacemos referencia especialmente a aquella transformación desiderativa,
donde el jugador modifica la realidad y el mundo de acuerdo a sus necesidades,
posibilidades, pero básicamente en función de su deseo.
El terreno más árido puede transformarse en un generoso
y rico campo de juego. Allí, el jugador se apropia del espacio,
lo hace suyo, dándole un nuevo sentido a dicho contexto. Aquí
está la riqueza del juego, en la posibilidad de transformación
y a partir de allí en ser una nueva creación que si bien
no siempre es visible, sí es una creación en la que el jugador
encuentra un nuevo equilibrio interno. En este sentido, el juego crea
y recrea espacios, internos y externos que, a partir de allí, le
son propios. Deseo, juego, transformo y me apropio y esto es lo que (me)
dará un nuevo sentido al espacio, al mundo, a mí mismo,
al otro...
Pero no sólo podemos
ver el juego como transformación, sino también en
transformación. El juego sufre modificaciones a lo largo de las
diferentes franjas etáreas pero también a lo largo
de los diferentes períodos históricos. Estamos frente a
transformaciones de hábitos y rutinas diarias que se reflejan en
las modalidades de juego; modificaciones en los juegos y juguetes, no
sólo en cuanto a materiales y presentación, sino también
en los contenidos de los mismos; transformación de los espacios
disponibles para el juego y en consecuencia también en el estilo
del mismo. Y esta transformación de la que somos testigos en cada
contexto urbano o no urbano, se va originando por factores culturales,
sociales, mediáticos, etc. Si bien el juego recrea, las posibilidades
que se van habilitando desde los distintos sectores sociales, también
influencian las diferentes posibilidades de apropiación del espacio
a través del juego.
La relación de los
juegos y la ciudad la podemos abordar desde diferentes ángulos.
Por un lado podemos preguntarnos cuál es el juego posible en las
grandes urbes, a diferencia de otros espacios. Cuál es el "juego
urbano", cuáles son las posibilidades reales para jugar en
un marco estrictamente urbano? A partir de ahí, podemos deducir
las políticas públicas relativas a estos temas, que habilitan
o limitan las expresiones lúdicas de los ciudadanos. ¿Cuáles
son los espacios abiertos, los espacios verdes dispuestos para la población?
Y dentro de la misma deberemos incluir la población infantil, la
joven, los adultos y las personas de la tercera edad.
En tiempos pasados, la calle
era un espacio público que, si bien no estaba diseñado para
el juego específicamente, sí era apropiado por los niños
en sus diseños y despliegues lúdicos. Cualquier elemento
del espacio, ya sea visual, sonoro o de otra índole, podía
incorporarse en el juego, formando parte del mundo fantástico.
El sonido de una ambulancia, de los bomberos o de la policía formaba
parte del juego durante esos segundos. Un poste de luz, un buzón,
una casa podían significar principio, fin o límite de un
territorio. El juguete en la calle no es un objeto específico,
los niños deben ir en busca de ellos, llevándoles su tiempo
encontrar aquel objeto que se adapte a sus necesidades lúdicas
(Dargan & Zeitlin, 1998). En ocasión de un curso recientemente
dado, un alumno recordaba que en su infancia, en la época de la
poda de árboles, mientras las ramas caídas y dejadas por
los podadores acumuladas en algún punto esperaban a ser retiradas,
ellos (los niños) se encargaban de repartirlas prolijamente por
toda la cuadra mientras desarrollaban su juego. En la época otoñal,
en zonas de árboles frondosos que pierden su follaje, las hojas
caídas invitan a otros juegos.
En la actualidad, las grandes
urbes se caracterizan por una menor disponibilidad para la expresión
lúdica en la calle, por lo menos para aquellos niños que
viven en dicha urbe. Paralelamente, o paradójicamente, encontramos
aquellos niños que viven en las calles (o al margen de la ciudad
y transitan la misma por un período en búsqueda de alimentos,
de dinero, de su propia subjetividad en síntesis.). Estos niños
sí continúan jugando en las calles de las grandes ciudades,
ya no por opción, sino por obligación, por una sociedad
que por alguna razón u otra los destina y margina allí.
Estos niños también transforman el espacio cotidiano para
ellos, la calle, en contextos lúdicos, aunque –vale aclarar- no
siempre. Para estos niños, su propio cuerpo y los objetos de este
espacio –la calle- son sus juguetes más frecuentes (Cerqueira Santos
y Koller, 2002). Pero aquellos niños que no habitan las calles
por diferentes razones, casi ya no pueden jugar en espacios públicos,
al menos no en la misma escala ni del mismo modo en que se jugaba antes.
Esto tiene diferentes explicaciones, por un lado en algunas ciudades como
la nuestra (Buenos Aires) la inseguridad ya es de tal magnitud, que es
imposible y totalmente inseguro dejar un niño o grupos de niños
jugando en la calle, ni aun bajo supervisión de un adulto. En una
investigación realizada con niños de ciudad, de un total
de 113 niños, el 38% responde que juega en la vereda, lo que a
lo largo del año disminuyó a un 35% (Öfele, 2002).
La inseguridad, el aumento de tráfico, la ausencia o carencia de
espacios adecuadamente diseñados son diversos factores que confluyen
en una disminución del juego en la calle en las grandes urbes.
No se trata de plantear "todo
tiempo pasado fue mejor", tampoco de considerar como único
válido el juego en la calle en la ciudad, pero sí debe ser
pensada o tomada en cuenta esta desaparición del juego en la ciudad
o mejor esta transformación en juegos urbanos de otra índole.
Entonces encontramos posibilidades de juego absolutamente limitadas y
controladas por adultos como son los peloteros, por ejemplo, donde además
acceden únicamente niños de determinada edad y estatura,
permaneciendo los adultos al margen, en la esperanza incluso de no ser
molestados por sus hijos. Espacios de juego, donde el mismo está
prácticamente prediseñado, sin demasiadas posibilidades
para la transformación del jugador. Se prediseñó
el comienzo y el fin, el recorrido y hasta el tiempo, si consideramos
el tiempo limitado que se debe abonar. El juego ya no es diseñado
por los jugadores, sino por una sociedad que propone (¿o impone?) un modo,
un espacio, un tiempo.
Por otro lado escuchamos
las críticas de ciertos sectores de adultos respecto del juego
infantil: "los niños hoy en día ya no saben jugar,
sólo practican juegos de violencia". Pero ¿cuál es
el juego que como sociedad adulta habilitamos en las grandes urbes? En
esto hay como un doble juego o doble mirada: por un lado podremos analizar
y contabilizar, ¿por qué no?, los espacios habilitados para jugar
en la ciudad, no sólo para los niños sino también
para jóvenes y adultos. Es curioso que hay ciudades en nuestro
país (Argentina) que casi no tienen espacios de juego al aire libre
y en otros casos, los espacios verdes no son proporcionales a la población.
Frente a esto, crecen los locales que ofrecen juegos electrónicos,
en ambientes oscuros, cerrados, u otros locales como peloteros y opciones
similares, sobre todo para los niños más pequeños.
El juego pasa a desplegarse en el interior, no sólo de locales,
sino también a través de internet y sus diversas versiones
de juegos y comunicación. La interacción pasa a ser mediatizada
y controlada, por el tiempo que dura la ficha que se abonó, por
el diseño del espacio, por un adulto o grupos de adultos que directa
o indirectamente controlan el juego y sus posibilidades. Al jugar, el
niño no se encuentra delante de una reproducción fiel del
mundo real, sino de una imagen cultural que le es particularmente destinada.
Entonces, por un lado surgen las quejas, las incomodidades por parte de
adultos o sectores frente a determinadas expresiones lúdicas de
niños y jóvenes, pero por otro, deshabilitamos espacios
lúdicos de mayor creación y libertad. Mantilla (2000) hace
referencia al juego socialmente controlado, donde la sociedad va digitando
de alguna manera a qué jugar, cómo realizarlo, en qué
lugar, con quién, etc. El espacio urbano permite y promueve determinadas
expresiones lúdicas a través de sus diseños, permisos
y prohibiciones, que no siempre son posteriormente aceptadas por los mismos
ciudadanos. En la actualidad en las grandes urbes, el juego pretende ser
un elemento más de control en muchas oportunidades. La pregunta
que cabe entonces es: ¿qué tipo de ciudadanos estamos queriendo
formar?
Buenos Aires, Junio 2004
Referencias bibliográficas
Cerqueira, E., and Koller,
S. (2002). Brincando na rua. En: A.M.A. Carvalho, C. M. C. Magalhães,
F. A. R. Pontes, & I. D. Bichara: Brincadeira e cultura: viajando
pelo Brasil que brinca, Vol. 1. Belém do Pará & São
Paulo: UFPA & Casa do Psicólogo.
Dargan, A. & Zeitlin,
S. (1998). City Play. En D. Fromberg & D. Bergen: Play from birth
to twelve and beyond. New York: Garland Publishing.
Mantilla, L. (2000). De juegos
a juegos: los juegos y la experiencia de jugar. En Ramos Ramírez,
J.L. y Martínez Martínez, J.: Diversas miradas sobre el
juego. México: Editorial Tierra Firme.
Öfele, M.R. (2002).
Play and its impact on the educational community. Unpublished doctoral
dissertation, Los Angeles, USA.

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