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Ciudad y Juego ¿Qué
se juega en el arte? Juego
de (v)ida y vuelta Ernesto Laclau,
sociólogo e historiador |
María Regina Öfele,
Ph.D.*
Pero no sólo podemos ver el juego como transformación, sino también en transformación. El juego sufre modificaciones a lo largo de las diferentes franjas etáreas pero también a lo largo de los diferentes períodos históricos. Estamos frente a transformaciones de hábitos y rutinas diarias que se reflejan en las modalidades de juego; modificaciones en los juegos y juguetes, no sólo en cuanto a materiales y presentación, sino también en los contenidos de los mismos; transformación de los espacios disponibles para el juego y en consecuencia también en el estilo del mismo. Y esta transformación de la que somos testigos en cada contexto urbano o no urbano, se va originando por factores culturales, sociales, mediáticos, etc. Si bien el juego recrea, las posibilidades que se van habilitando desde los distintos sectores sociales, también influencian las diferentes posibilidades de apropiación del espacio a través del juego. La relación de los juegos y la ciudad la podemos abordar desde diferentes ángulos. Por un lado podemos preguntarnos cuál es el juego posible en las grandes urbes, a diferencia de otros espacios. Cuál es el "juego urbano", cuáles son las posibilidades reales para jugar en un marco estrictamente urbano? A partir de ahí, podemos deducir las políticas públicas relativas a estos temas, que habilitan o limitan las expresiones lúdicas de los ciudadanos. ¿Cuáles son los espacios abiertos, los espacios verdes dispuestos para la población? Y dentro de la misma deberemos incluir la población infantil, la joven, los adultos y las personas de la tercera edad. En tiempos pasados, la calle era un espacio público que, si bien no estaba diseñado para el juego específicamente, sí era apropiado por los niños en sus diseños y despliegues lúdicos. Cualquier elemento del espacio, ya sea visual, sonoro o de otra índole, podía incorporarse en el juego, formando parte del mundo fantástico. El sonido de una ambulancia, de los bomberos o de la policía formaba parte del juego durante esos segundos. Un poste de luz, un buzón, una casa podían significar principio, fin o límite de un territorio. El juguete en la calle no es un objeto específico, los niños deben ir en busca de ellos, llevándoles su tiempo encontrar aquel objeto que se adapte a sus necesidades lúdicas (Dargan & Zeitlin, 1998). En ocasión de un curso recientemente dado, un alumno recordaba que en su infancia, en la época de la poda de árboles, mientras las ramas caídas y dejadas por los podadores acumuladas en algún punto esperaban a ser retiradas, ellos (los niños) se encargaban de repartirlas prolijamente por toda la cuadra mientras desarrollaban su juego. En la época otoñal, en zonas de árboles frondosos que pierden su follaje, las hojas caídas invitan a otros juegos. En la actualidad, las grandes urbes se caracterizan por una menor disponibilidad para la expresión lúdica en la calle, por lo menos para aquellos niños que viven en dicha urbe. Paralelamente, o paradójicamente, encontramos aquellos niños que viven en las calles (o al margen de la ciudad y transitan la misma por un período en búsqueda de alimentos, de dinero, de su propia subjetividad en síntesis.). Estos niños sí continúan jugando en las calles de las grandes ciudades, ya no por opción, sino por obligación, por una sociedad que por alguna razón u otra los destina y margina allí. Estos niños también transforman el espacio cotidiano para ellos, la calle, en contextos lúdicos, aunque –vale aclarar- no siempre. Para estos niños, su propio cuerpo y los objetos de este espacio –la calle- son sus juguetes más frecuentes (Cerqueira Santos y Koller, 2002). Pero aquellos niños que no habitan las calles por diferentes razones, casi ya no pueden jugar en espacios públicos, al menos no en la misma escala ni del mismo modo en que se jugaba antes. Esto tiene diferentes explicaciones, por un lado en algunas ciudades como la nuestra (Buenos Aires) la inseguridad ya es de tal magnitud, que es imposible y totalmente inseguro dejar un niño o grupos de niños jugando en la calle, ni aun bajo supervisión de un adulto. En una investigación realizada con niños de ciudad, de un total de 113 niños, el 38% responde que juega en la vereda, lo que a lo largo del año disminuyó a un 35% (Öfele, 2002). La inseguridad, el aumento de tráfico, la ausencia o carencia de espacios adecuadamente diseñados son diversos factores que confluyen en una disminución del juego en la calle en las grandes urbes. No se trata de plantear "todo tiempo pasado fue mejor", tampoco de considerar como único válido el juego en la calle en la ciudad, pero sí debe ser pensada o tomada en cuenta esta desaparición del juego en la ciudad o mejor esta transformación en juegos urbanos de otra índole. Entonces encontramos posibilidades de juego absolutamente limitadas y controladas por adultos como son los peloteros, por ejemplo, donde además acceden únicamente niños de determinada edad y estatura, permaneciendo los adultos al margen, en la esperanza incluso de no ser molestados por sus hijos. Espacios de juego, donde el mismo está prácticamente prediseñado, sin demasiadas posibilidades para la transformación del jugador. Se prediseñó el comienzo y el fin, el recorrido y hasta el tiempo, si consideramos el tiempo limitado que se debe abonar. El juego ya no es diseñado por los jugadores, sino por una sociedad que propone (¿o impone?) un modo, un espacio, un tiempo. Por otro lado escuchamos las críticas de ciertos sectores de adultos respecto del juego infantil: "los niños hoy en día ya no saben jugar, sólo practican juegos de violencia". Pero ¿cuál es el juego que como sociedad adulta habilitamos en las grandes urbes? En esto hay como un doble juego o doble mirada: por un lado podremos analizar y contabilizar, ¿por qué no?, los espacios habilitados para jugar en la ciudad, no sólo para los niños sino también para jóvenes y adultos. Es curioso que hay ciudades en nuestro país (Argentina) que casi no tienen espacios de juego al aire libre y en otros casos, los espacios verdes no son proporcionales a la población. Frente a esto, crecen los locales que ofrecen juegos electrónicos, en ambientes oscuros, cerrados, u otros locales como peloteros y opciones similares, sobre todo para los niños más pequeños. El juego pasa a desplegarse en el interior, no sólo de locales, sino también a través de internet y sus diversas versiones de juegos y comunicación. La interacción pasa a ser mediatizada y controlada, por el tiempo que dura la ficha que se abonó, por el diseño del espacio, por un adulto o grupos de adultos que directa o indirectamente controlan el juego y sus posibilidades. Al jugar, el niño no se encuentra delante de una reproducción fiel del mundo real, sino de una imagen cultural que le es particularmente destinada. Entonces, por un lado surgen las quejas, las incomodidades por parte de adultos o sectores frente a determinadas expresiones lúdicas de niños y jóvenes, pero por otro, deshabilitamos espacios lúdicos de mayor creación y libertad. Mantilla (2000) hace referencia al juego socialmente controlado, donde la sociedad va digitando de alguna manera a qué jugar, cómo realizarlo, en qué lugar, con quién, etc. El espacio urbano permite y promueve determinadas expresiones lúdicas a través de sus diseños, permisos y prohibiciones, que no siempre son posteriormente aceptadas por los mismos ciudadanos. En la actualidad en las grandes urbes, el juego pretende ser un elemento más de control en muchas oportunidades. La pregunta que cabe entonces es: ¿qué tipo de ciudadanos estamos queriendo formar?
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