|
Un
enano español se suicida en Las Vegas
(Francisco Casavella)
Anagrama,
1997
ISBN: 84-339-1046-9
Por Santiago Parres
Francisco
Casavella (Barcelona) decidió ordenar el índice de los capítulos
de esta novela según las cartas de la baraja de póquer,
y como fin o principio de la escalera, el primero y el último capítulo
se corresponden con un As.
Ignacio,
el principal protagonista, es un joven introvertido que pasó su
veintena en el sofá, comiendo pasteles de chocolate frente a la
televisión y aprendiendo las melodías de los anuncios. Su
hermano Carlos es el polo opuesto, un bala perdida, la mala influencia,
conflictivo perdedor con aires de ganador que no podía someterse
a la tiranía de un padre aferrado a la tradición castrense;
un conflicto generacional bastante típico en la vida y en la literatura,
pero tratado por Casavella como mera fuente de origen para entender las
peripecias del primogénito. Por medio de saltos en el tiempo y
de acertados cambios de segunda a tercera persona, sabemos que la de Ignacio
es una familia convertida de la noche a la mañana en millonaria
por cuestión de azar.
Ignacio
admira a su hermano mayor, quien fuma, tiene pósters por las paredes
y es capaz de saltar por la ventana para vivir su secreta noche de desenfreno
juvenil. Y un día decide que prefiere ser libre a seguir los dictados
de su progenitor, o incluso de tener que soportar su presencia dictatorial
y su falta de tacto.
Para
el padre, Carlos es el otro, una oveja negra, el hijo indigno e
insurrecto de quien es mejor no tener noticia. Durante la ausencia de
Carlos, de ese obstáculo para la convivencia y la paz, Ignacio
tiene tiempo de empezar a estudiar la carrera de Arquitectura, de dejarla
para dedicarse a la creación de cómics y a la vida ligera
del carpe diem. También para replantearse hacia dónde
se dirige su vida, retomar la carrera y ser becado para proseguir su vocación
en EEUU, y así poder acallar a la conciencia que le pasaba factura
por los sentimientos de culpabilidad: «Fin de la compasión.
Respiraba.»
Ignacio
tenía su vida perfectamente encauzada, y su principal preocupación
era llevar a cabo con dignidad y talento sus proyectos arquitectónicos.
La reaparición de su hermano ocasionará un giro en la consecución
de sus planes inmediatos. Advertirá el peligro que conlleva el
placer de ser confundido con su hermano Carlos, conocerá el pelaje
de la gente con la que ha estado relacionándose: sus costumbres,
su ambiente, sus intereses, su moral, las maneras de un Carlos que ha
sobrevivido en la calle tras su huida del hostil hogar paterno. Carlos
es casi un desconocido que se ha buscado la vida en tugurios, apostando
y haciendo trampas, casi un adicto a lo que él mismo llama pasar
la aduana. De su significado y de la identidad de su admirado Chester
Winchester, cuyo disco lleva siempre consigo, nos informará Casavella
a su debido tiempo, tras generar una tensión y un juego necesario
para el interés de la novela.
El
autor deja para el final el plato fuerte, un desenlace sorpresivo para
conocer al verdadero Carlos, el hijo pródigo (?) a quien tanto
idolatró Ignacio, falto de modelos válidos que correspondieran
a su generación y a sus planes juveniles.
Dado
que esta narración puede resultar en ocasiones dificultosa, dados
los cambios de segunda a tercera persona y el estilo poco explícito
empleado, desandar unas líneas para releer puede convertirse en
un buen hábito para captar mayor sentido al argumento. Si de algo
se puede acusar al autor es de conferir a los personajes de baja estofa
un lenguaje demasiado pulcro, a veces, o unos diálogos algo forzados
en determinados pasajes, o de escribir "como se coje la cara de un
niño", si bien sería éste un error más
atribuible a la editorial que al propio Casavella.
Por
lo demás, una novela atractiva, ágil y moderna tanto formalmente
como en contenido, de uno de los autores imprescindibles de las nuevas
generaciones.
|