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Takeshi Kitano

Juegos de matar

Los Idiotas

Dogma '95
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información sobre la película en: MUNDOFREE
CULTURALIA
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Los
idiotas Aburguesados
jugando a ser libres

El
estreno de Los idiotas (Idioterne)
en el año 1998, filmada, escrita y dirigida por Lars
von Trier, hizo estallar cuantiosas críticas acerca
de su estilo aparentemente primitivo: el conocido Dogma 95.
Su argumento se tachó de insultante, ya que al parecer hacía
burla de los discapacitados mentales e incluso físicos. Además
molestó mucho su descarada puesta en escena que llegó
a tildarse de pornográfica a causa de una secuencia, rodada en
un salón desposeído de muebles, donde los protagonistas
celebraban una orgía sexual. La prensa especializada insistió
en el estudio de este nuevo movimiento fílmico tan descarnado;
se analizaron sus riesgos y sus aspectos positivos, que modestamente
se podrían resumir en pocas palabras: filmación sin decorados,
con iluminación natural, sin un buen montaje sonoro ni banda
musical. Y para no realizar una tremenda banalidad con dicha falta de
medios hay que esforzarse con un guión de peso, como es el caso
de esta obra maestra que cuestiona los pilares básicos de la
vida en sociedad; del juego que practicamos a diario incluso con nosotros
mismos. Ahí es donde se debe incidir con mayor insistencia, y
no en la sencillez de una sinopsis, en la innovación (o no) del
trabajo realizado o en la capacidad para divertir al espectador.
Nimiedades
estas que no deben ofuscar el análisis sociológico que
ha estado realizando el director desde sus inicios. Se nos socializa
bajo una serie de parámetros durante la infancia: adquirimos
sentido de la responsabilidad, prohibiciones ante nuestros actos, modos
de expresarnos y papeles a interpretar en diversas instituciones como
la familia, la iglesia o el colegio. Desarrollamos nuestro sentido del
amor y aumentamos -o incluso disminuímos- nuestro egoísmo.
En nuestra conciencia, como si de un perro guardián se tratase,
habita un vigilante que nos censura y agarra las riendas de nuestro
comportamiento en caso de que pretendamos algún escape de actitud
no contemplado. Cuántas veces nos habremos sentido asfixiados
bajo nuestro disfraz, si es que en algún momento no lo estamos.
Pero ¿acaso Lars von Trier sugiere que empecemos
ahora a hacer el idiota? ¿Que fundemos casas de retiro y nos
desahoguemos?
Pero
el planteamiento de la película no va por esos derroteros. Al
contrario. El director se atreve a definirnos como auténticos
farsantes, en el sentido estricto de la palabra. Como ciudadanos mantenemos
en pie un tinglado que honramos sin cuestionarlo previamente y que perpetuamos
como nuestros progenitores. Y es éste el punto clave a analizar
en una película descargada de todo artificio (y no el hecho de
si se ve el micrófono o no se ve). Llevados por convenciones
hemos cometido en la sociedad contemporánea atrocidades demenciales.
Tal y como indica el término: dignas de auténticos dementes.
Todo ello bajo un manto de pulcritud y apariencia, que en la película
queda al descubierto en los pequeños detalles: en los encuentros
con los vecinos, con los familiares... Las vergüenzas, los tabúes
y la intolerancia quedan al destape gracias a las peripecias de los
protagonistas.
No
es único el ejemplo dado por este director con respecto a este
tema. Michael Haneke y Claude Chabrol
también nos han ofrecido un amplio abanico de producciones con
las que contemplar un panorama igualmente hipócrita, íntimamente
relacionado con el montaje circense -y lúdico- en que vivimos.
Del primero de ellos ya comentamos uno de sus trabajos más recientes
en la reseña del número 3 (ética y cine). Y con
respecto a Chabrol destaca, en relación a este juego social,
su interés por desmantelar el papel predominante de la burguesía
-sí señores, existe esa clase social-, que sostiene las
reglas de juego y no sólo eso: además nos tiene convencidos
de las bondades de las mismas y de sus componentes, quizás vitamínicos,
que supuestamente producen felicidad en el individuo (quizás
esto último no haya calado tanto entre la plebe).
La
hipocresía desempeña un papel esencial en nuestra visión
de la vida; decidir romper dicho fingimiento, reírse de quienes
gozan de él puede llegar a ser formidable. Casi inhumano.
En Los idiotas se nos sugiere esta hipocresía
como un mecanismo terrible de control social que, a pesar de todo, los
protagonistas intentarán desbaratar. Y el modo con que llevan
a cabo este proceso de liberación llena de optimismo; ver cómo
se descargan de ese peso autoafligido incita a creer en la mayúscula
libertad que muchos niegan. Estos jóvenes no defienden propiamente
ningún movimiento social ni político; no vitorean el anarquismo
como forma de vida ni tratan de extender un mundo sin ley.
Tan sólo se limitan a poner en ridículo absoluto el sistema
establecido para quizás transformarlo en otro distinto. Pero
no fue éste el punto de escándalo en la película,
ya que nuestra ingenuidad nos dejó invadidos de perplejidad ante
la completa desnudez en algunas secuencias, o la propia filmación
en general. No hemos atisbado aquello que se oculta tras el complejo
entramado del conocido concepto de bienestar; la sujeción
del poder y las formas sociales, impuestas por unos y soportadas -e
incluso permitidas- por otros. De todos modos, la película no
propone ninguna solución y tan sólo se enzarza en torno
a la enorme dificultad de superación puramente personal, del
entramado psicológico y social que nos aprisiona. Y aunque parezca
pretencioso nos desvela la facilidad con la que es posible amar en dichas
condiciones: con la concienciación de este juego de rol que conlleva
unas reglas tan discutibles como unilaterales.
Quizás la película no ha conseguido producir una mayor
dialéctica con el espectador a pesar de lo entretenida que es.
El cine como espectáculo es un punto de vista compartido por
todos, y la sociedad no acude a las salas de cine con la intención
de ser adoctrinada ni persuadida de nada en absoluto. Puede incluso
que no estemos preparados para enfrentarnos a las reglas sociales. Nos
asombramos por las locuras de esos jovenzuelos, pero no de
las repercusiones que se sugieren. De todos modos, no debería
sorprendernos la reacción de un público que tampoco armó
mucho revuelo, por poner un caso, con La ceremonia
(La cérémonie, 1995) de Chabrol,
donde la única solución viable que plantea el director
ante la imposición de la burguesía es la aniquilación
de la misma. Literalmente hablando.
Por
último, si nos centramos en los aspectos técnicos e interpretativos
de la película, tanto unos como otros se fusionan con el discurso.
La inmersión de los actores en sus papeles es excelente: a pesar
del protagonismo de Karen, o de Stoffer, todos ellos realizaron un trabajo
estupendo con secuencias dramáticas -y cómicas- muy realistas.
Lars von Trier es un director a quien no debemos perder
la pista dado que, lejos de la caducidad de ideas, parece seguir desarrollando
un perfil crítico que no deja títere con cabeza. Prueba
de ello son sus siguientes películas: Bailar en la
oscuridad (Dancer in the dark, 2000) o Dogville
(Dogville, 2003), donde se ensaña fundamentalmente con
la cultura norteamericana. Y no tenemos que olvidar una
de sus producciones más impactantes: Europa
(1990), con la que empezó a regir el discurso acerca de la voluntad
individual frente a un contexto, que navega sobre la falacia del bienestar
mayoritario y el conservadurismo más rancio. Lars von
Trier se ha convertido en uno de los continuadores del cine
clásico europeo, que ya fue llevado a cabo por maestros del atrevimiento
como fue Carl Theodor Dreyer. Y sin duda no le hacen
sombra sus precedentes; se mantiene a su altura con la censura y la
violencia como dos de sus antagonistas principales.
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