Takeshi Kitano

Juegos de matar

Los Idiotas

Dogma '95

 

  

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Los idiotas

Aburguesados jugando a ser libres

 

Por Oscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

 

El estreno de Los idiotas (Idioterne) en el año 1998, filmada, escrita y dirigida por Lars von Trier, hizo estallar cuantiosas críticas acerca de su estilo aparentemente primitivo: el conocido Dogma 95. Su argumento se tachó de insultante, ya que al parecer hacía burla de los discapacitados mentales e incluso físicos. Además molestó mucho su descarada puesta en escena que llegó a tildarse de pornográfica a causa de una secuencia, rodada en un salón desposeído de muebles, donde los protagonistas celebraban una orgía sexual. La prensa especializada insistió en el estudio de este nuevo movimiento fílmico tan descarnado; se analizaron sus riesgos y sus aspectos positivos, que modestamente se podrían resumir en pocas palabras: filmación sin decorados, con iluminación natural, sin un buen montaje sonoro ni banda musical. Y para no realizar una tremenda banalidad con dicha falta de medios hay que esforzarse con un guión de peso, como es el caso de esta obra maestra que cuestiona los pilares básicos de la vida en sociedad; del juego que practicamos a diario incluso con nosotros mismos. Ahí es donde se debe incidir con mayor insistencia, y no en la sencillez de una sinopsis, en la innovación (o no) del trabajo realizado o en la capacidad para divertir al espectador.

Nimiedades estas que no deben ofuscar el análisis sociológico que ha estado realizando el director desde sus inicios. Se nos socializa bajo una serie de parámetros durante la infancia: adquirimos sentido de la responsabilidad, prohibiciones ante nuestros actos, modos de expresarnos y papeles a interpretar en diversas instituciones como la familia, la iglesia o el colegio. Desarrollamos nuestro sentido del amor y aumentamos -o incluso disminuímos- nuestro egoísmo. En nuestra conciencia, como si de un perro guardián se tratase, habita un vigilante que nos censura y agarra las riendas de nuestro comportamiento en caso de que pretendamos algún escape de actitud no contemplado. Cuántas veces nos habremos sentido asfixiados bajo nuestro disfraz, si es que en algún momento no lo estamos. Pero ¿acaso Lars von Trier sugiere que empecemos ahora a hacer el idiota? ¿Que fundemos casas de retiro y nos desahoguemos?

Pero el planteamiento de la película no va por esos derroteros. Al contrario. El director se atreve a definirnos como auténticos farsantes, en el sentido estricto de la palabra. Como ciudadanos mantenemos en pie un tinglado que honramos sin cuestionarlo previamente y que perpetuamos como nuestros progenitores. Y es éste el punto clave a analizar en una película descargada de todo artificio (y no el hecho de si se ve el micrófono o no se ve). Llevados por convenciones hemos cometido en la sociedad contemporánea atrocidades demenciales. Tal y como indica el término: dignas de auténticos dementes. Todo ello bajo un manto de pulcritud y apariencia, que en la película queda al descubierto en los pequeños detalles: en los encuentros con los vecinos, con los familiares... Las vergüenzas, los tabúes y la intolerancia quedan al destape gracias a las peripecias de los protagonistas.

No es único el ejemplo dado por este director con respecto a este tema. Michael Haneke y Claude Chabrol también nos han ofrecido un amplio abanico de producciones con las que contemplar un panorama igualmente hipócrita, íntimamente relacionado con el montaje circense -y lúdico- en que vivimos. Del primero de ellos ya comentamos uno de sus trabajos más recientes en la reseña del número 3 (ética y cine). Y con respecto a Chabrol destaca, en relación a este juego social, su interés por desmantelar el papel predominante de la burguesía -sí señores, existe esa clase social-, que sostiene las reglas de juego y no sólo eso: además nos tiene convencidos de las bondades de las mismas y de sus componentes, quizás vitamínicos, que supuestamente producen felicidad en el individuo (quizás esto último no haya calado tanto entre la plebe).

La hipocresía desempeña un papel esencial en nuestra visión de la vida; decidir romper dicho fingimiento, reírse de quienes gozan de él puede llegar a ser formidable. Casi inhumano. En Los idiotas se nos sugiere esta hipocresía como un mecanismo terrible de control social que, a pesar de todo, los protagonistas intentarán desbaratar. Y el modo con que llevan a cabo este proceso de liberación llena de optimismo; ver cómo se descargan de ese peso autoafligido incita a creer en la mayúscula libertad que muchos niegan. Estos jóvenes no defienden propiamente ningún movimiento social ni político; no vitorean el anarquismo como forma de vida ni tratan de extender un mundo sin ley. Tan sólo se limitan a poner en ridículo absoluto el sistema establecido para quizás transformarlo en otro distinto. Pero no fue éste el punto de escándalo en la película, ya que nuestra ingenuidad nos dejó invadidos de perplejidad ante la completa desnudez en algunas secuencias, o la propia filmación en general. No hemos atisbado aquello que se oculta tras el complejo entramado del conocido concepto de bienestar; la sujeción del poder y las formas sociales, impuestas por unos y soportadas -e incluso permitidas- por otros. De todos modos, la película no propone ninguna solución y tan sólo se enzarza en torno a la enorme dificultad de superación puramente personal, del entramado psicológico y social que nos aprisiona. Y aunque parezca pretencioso nos desvela la facilidad con la que es posible amar en dichas condiciones: con la concienciación de este juego de rol que conlleva unas reglas tan discutibles como unilaterales.

Quizás la película no ha conseguido producir una mayor dialéctica con el espectador a pesar de lo entretenida que es. El cine como espectáculo es un punto de vista compartido por todos, y la sociedad no acude a las salas de cine con la intención de ser adoctrinada ni persuadida de nada en absoluto. Puede incluso que no estemos preparados para enfrentarnos a las reglas sociales. Nos asombramos por las locuras de esos jovenzuelos, pero no de las repercusiones que se sugieren. De todos modos, no debería sorprendernos la reacción de un público que tampoco armó mucho revuelo, por poner un caso, con La ceremonia (La cérémonie, 1995) de Chabrol, donde la única solución viable que plantea el director ante la imposición de la burguesía es la aniquilación de la misma. Literalmente hablando.

Por último, si nos centramos en los aspectos técnicos e interpretativos de la película, tanto unos como otros se fusionan con el discurso. La inmersión de los actores en sus papeles es excelente: a pesar del protagonismo de Karen, o de Stoffer, todos ellos realizaron un trabajo estupendo con secuencias dramáticas -y cómicas- muy realistas. Lars von Trier es un director a quien no debemos perder la pista dado que, lejos de la caducidad de ideas, parece seguir desarrollando un perfil crítico que no deja títere con cabeza. Prueba de ello son sus siguientes películas: Bailar en la oscuridad (Dancer in the dark, 2000) o Dogville (Dogville, 2003), donde se ensaña fundamentalmente con la cultura norteamericana. Y no tenemos que olvidar una de sus producciones más impactantes: Europa (1990), con la que empezó a regir el discurso acerca de la voluntad individual frente a un contexto, que navega sobre la falacia del bienestar mayoritario y el conservadurismo más rancio. Lars von Trier se ha convertido en uno de los continuadores del cine clásico europeo, que ya fue llevado a cabo por maestros del atrevimiento como fue Carl Theodor Dreyer. Y sin duda no le hacen sombra sus precedentes; se mantiene a su altura con la censura y la violencia como dos de sus antagonistas principales.

 

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