Juegos
de matar
Por
Alberto Olmos
Como
toda película peculiar, Cube (1997) ha encontrado adeptos
a ambos lados de la línea que separa la masa cinéfaga de
la minoría cinéfila. Los primeros, acostumbrados a devorar
cada fin de semana el festín de efectos especiales procedente de
Hollywood, pueden hallar en Cube un drama psicológico potente,
sangriento y lleno de sorpresas, así como diversos temas netamente
comerciales: los discapacitados, la pederastia o el puro vouyerismo.
Los segundos, comensales cuyo plato favorito es un plato vacío,
la ausencia de narrativa, el sofisticado aburrimiento, conseguirán
transigir con Cube si dirigen su punto de mira al ascendente literario
de la historia, que admite sin exagerar los adjetivos de kafkiana y becketiana.
En todo caso, nos encontramos ante un film cuya mayor virtud no admite
dudas: una buena idea.
Varias
personas despiertan dentro de una enorme estructura de metal formada por
innumerables habitaciones. No recuerdan cómo han llegado allí
ni conocen el motivo de su encierro. En sus mentes cuajan todo tipo de
suposiciones, a cual más estrambótica: ¿está
detrás el gobierno?, ¿es un programa militar?, ¿o
se han convertido en el morboso entretenimiento de un magnate sin escrúpulos?
Sea como fuera, han de escapar, y sólo aunando esfuerzos podrán
sortear las trampas mortales dispuestas en determinadas habitaciones.
Así
planteada, la historia bien podría constituir la columna vertebral
de una entretenido videojuego: lanzallamas por aquí, cuchillas
por allá, gas, ácido... cualquier cosa. Sin embargo, la
opera prima del canadiense Vicenzo Natali toma enseguida una vertiente
psicológica, y las relaciones entre los personajes reciben más
atención que la manera en que el guionista los va quitando de enmedio.
El espectador asiste a todo un repertorio de sentimientos extremos, ya
que la buena disposición inicial de los capturados se va deteriorando
hasta reventar, y acaban siendo más peligrosos los unos para los
otros que el propio cubo.
La
eficacia de la película se basa en todo lo que el director no muestra
y en que los actores no son tan malos como parece. Casi todo el elenco
procede de la televisión. No son grandes estrellas ni han conseguido
serlo después de Cube. Sin embargo, su aspecto anodino,
su absoluta carencia de mordiente fotogénico, les habilita en cierta
medida para representar a ciudadanos corrientes mejor que si fueran primeras
figuras de Hollywood. Esos rostros olvidables, consiguen no imponerse
a la historia, que avanza sobre ellos democráticamente, pues ningun
personaje resulta mucho mas atractivo que otro, aunque todos quedan bien
definidos.
La
mejor forma de valorar el trabajo de Vicenzo Natali es contemplar la secuela
que se hizo con su original idea. Se aprende más de cine y de narrativa
en las malas películas que en las buenas, porque las buenas películas
son inabordables, su perfección resulta engañosa, y el espectador
crítico sufre el espejismo de creer que la virtud del filme está
en lo que ve, cuando en realidad la virtud de toda buena obra está
en ese infinito argumental y técnico al que se ha renunciado para
aquilatar unas determinadas intenciones estéticas. La segunda parte
de Cube se tituló Hypercube y se rodó cinco
años despues. El principal error de esta garrafal continuación
está en sacar al espectador del cubo. Porque lo extraordinario
de Cube es que el espectador no abandona en ningún momento
la prisión. La puesta en escena no persigue que el público
vea la historia como algo que le está pasando a varios personajes,
sino que trata de que el espectador se sienta dentro del cubo. Para ello,
nunca muestra nada del exterior. Sin embargo, en Hypercube, cuando
los diversos personajes se presentan a sí mismos y hablan de lo
último que recuerdan, el director, Andrzej Sekula, abre pequeños
recuadros en pantalla para que veamos al personaje en su puesto de trabajo,
en la calle o en su casa, con lo que despresuriza completamente el argumento.
Además, mientras que en Cube los prisioneros visten un uniforme
idéntico, con el nombre de cada uno escrito (lo que facilita las
presentaciones) en Hypercube cada cual lleva la ropa "con
la que fue secuestrado", lo cual nos remite también a una
realidad fuera del cubo. Lo becketiano y kafkiano de Cube está
precisamente en la deshumanización de sus personajes, en crear
un mundo ajeno al mundo. Eso, básicamente, es el arte. Si una historia
(ya sea en cine o en literatura) necesita para su comprensión el
aval de la realidad, esa historia cojea. El ejemplo básico de esta
afirmación, lo encontramos en las peliculas de temática
social. Las buenas, lo son porque saben crear un sistema coherente dentro
de la película. Las malas (pienso sobre todo en algunas producciones
españolas referidas a los malos tratos) desfallecen de inmediato
porque le piden al espectador que haya leído los periódicos,
que esté al tanto del tema que se trata, y que le otorgue verosimilitud
porque «estas cosas pasan». Pero en una película (en
una novela) nada puede darse por supuesto y lo que sucede dentro de ella
palpita por sí mismo o no sirve.
Otro
traspiés de Hypercube se encuentra en la escenografía.
Mientras que en la versión original el escenario es realista, sucio
y despiadado, en la secuela de Sekula todo tiene un insoportable barniz
quirúrjico. Las habitaciones están perfectamente iluminadas
y sus puertas se abren automáticamente. (En Cube, la apertura
requiere dar varios giros a una manivela que remite a las del interior
de un submarino, lo cual acrecienta la sensación claustrofóbica).
Además, todas las celdas del cubo son blancas, con lo que la expresividad
que daba a Cube ubicar una escena violenta en un cuarto rojo aquí
no es posible. Esta sofisticación pija se extiende a la muerte
de los personajes y a su evolución física dentro del cubo.
Los personajes de Natali aquejan ojeras, sudan copiosamente, se ensucian
y sangran. Los de Sekula parecen haber acudido al salón de belleza
entre escena y escena y, cuando los matan, echan un líquido informático
que parece mermelada de frambuesa. Lo paradójico es que el director
de Hypercube fue el director de fotografía de Quentin Tarantino
en las devocionariamente sangrientas Reservoig Dogs y Pulp Fiction.
Por una vez, seguir la senda de hemoglobitos de Tarantino hubiera beneficiado
a una película.
Otro
detalle. Uno de los personajes de Cube orina en uno de los cuartos.
Al igual que no es gratuito ver cuerpos despedazados en esta película,
tampoco es coprófila una escena de una micción. La apuesta
de Natali es radical: tiene que ser verosímil si quiere que la
historia funcione.
Hypercube
dispone de un presupuesto mayor que Cube. Este aspecto deja huella
en los efectos especiales, que son más llamativos. Ahora, en los
diversos cubículos puede encontrarse de todo: cambios de gravedad,
ralentizaciones del tiempo, aceleraciones, clones de uno mismo, artilugios
asesinos voladores... Pero, aparte de que todo está pésimamente
hecho, las sucesivas novedades que aporta Hypercube no tienen otra
intención que cumplimentar los 90 minutos exigidos, pues carecen
de ilación y ensamblaje, siendo (ahora sí) como escenas
de un videojuego que hay que superar.
Por
último, donde la incompetencia de los creadores de Hypercube
no encuentra excusa, es en su final. Cube acaba de un modo perfecto:
sólo se salva el inocente (solución de abolengo literario:
pensemos especialmente en Chrétien de Troyes y su Percebal),
mientras que la autoría última del cubo queda sin explicitar.
Y eso es precisamente lo que hace Sekula, explicitar, darle al idiota
del espectador todas las respuestas para que no salga del cine pensando,
y pueda seguir con su vida sin que la película le afecte. En el
arte narrativo, la sugerencia es el resorte que activa las sensaciones.
El único modo de hacer sentir es permitir que la historia se complete
(aunque sea nebulosamente, aunque sea en forma de preguntas) en la cabeza
del espectador. Como bien afirmó Amenábar al presentar su
película de terror Los otros, da más miedo lo que
se esconde que lo que se ve, unos gemidos en la oscuridad que un monstruo
pluricéfalo en primer plano. Esta regla funciona en todos los géneros,
y ya decían de Lubitch (maestro de la comedia de enredo) que era
capaz de hacer más cosas con una puerta cerrada que la mayoría
de los directores con una bragueta abierta.
La
inepcia de Hypercube es tan descomunal, que la tercera parte de
la saga va a ser una precuela. Su director, Ernie Barbarash, no
puede hacer nada con la brillante idea de Natali después de que
la trituradora de Andrzej Sekula haya hecho de las suyas. De modo que
tiene que volver a la raíz y, de hecho, ya ha anunciado que Cube
Zero seguira el patrón estetico de Cube, aunque no
debemos albergar muchas esperanzas respecto al resultado final, pues las
buenas ideas son como las balas, sólo vuelan una vez.
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