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Takeshi Kitano

Juegos de matar

Los Idiotas

Dogma '95
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Juegos
de matar

Como
toda película peculiar, Cube (1997) ha encontrado adeptos
a ambos lados de la línea que separa la masa cinéfaga
de la minoría cinéfila. Los primeros, acostumbrados a
devorar cada fin de semana el festín de efectos especiales procedente
de Hollywood, pueden hallar en Cube un drama psicológico
potente, sangriento y lleno de sorpresas, así como diversos temas
netamente comerciales: los discapacitados, la pederastia o el puro vouyerismo.
Los segundos, comensales cuyo plato favorito es un plato vacío,
la ausencia de narrativa, el sofisticado aburrimiento, conseguirán
transigir con Cube si dirigen su punto de mira al ascendente
literario de la historia, que admite sin exagerar los adjetivos de kafkiana
y becketiana. En todo caso, nos encontramos ante un film cuya mayor
virtud no admite dudas: una buena idea.
Varias
personas despiertan dentro de una enorme estructura de metal formada
por innumerables habitaciones. No recuerdan cómo han llegado
allí ni conocen el motivo de su encierro. En sus mentes cuajan
todo tipo de suposiciones, a cual más estrambótica: ¿está
detrás el gobierno?, ¿es un programa militar?, ¿o
se han convertido en el morboso entretenimiento de un magnate sin escrúpulos?
Sea como fuera, han de escapar, y sólo aunando esfuerzos podrán
sortear las trampas mortales dispuestas en determinadas habitaciones.
Así
planteada, la historia bien podría constituir la columna vertebral
de una entretenido videojuego: lanzallamas por aquí, cuchillas
por allá, gas, ácido... cualquier cosa. Sin embargo, la
opera prima del canadiense Vicenzo Natali toma enseguida una
vertiente psicológica, y las relaciones entre los personajes
reciben más atención que la manera en que el guionista
los va quitando de enmedio. El espectador asiste a todo un repertorio
de sentimientos extremos, ya que la buena disposición inicial
de los capturados se va deteriorando hasta reventar, y acaban siendo
más peligrosos los unos para los otros que el propio cubo.
La
eficacia de la película se basa en todo lo que el director no
muestra y en que los actores no son tan malos como parece. Casi todo
el elenco procede de la televisión. No son grandes estrellas
ni han conseguido serlo después de Cube. Sin embargo,
su aspecto anodino, su absoluta carencia de mordiente fotogénico,
les habilita en cierta medida para representar a ciudadanos corrientes
mejor que si fueran primeras figuras de Hollywood. Esos rostros olvidables,
consiguen no imponerse a la historia, que avanza sobre ellos democráticamente,
pues ningun personaje resulta mucho mas atractivo que otro, aunque todos
quedan bien definidos.
La
mejor forma de valorar el trabajo de Vicenzo Natali es contemplar la
secuela que se hizo con su original idea. Se aprende más de cine
y de narrativa en las malas películas que en las buenas, porque
las buenas películas son inabordables, su perfección resulta
engañosa, y el espectador crítico sufre el espejismo de
creer que la virtud del filme está en lo que ve, cuando en realidad
la virtud de toda buena obra está en ese infinito argumental
y técnico al que se ha renunciado para aquilatar unas determinadas
intenciones estéticas. La segunda parte de Cube se tituló
Hypercube y se rodó cinco años despues. El principal
error de esta garrafal continuación está en sacar al espectador
del cubo. Porque lo extraordinario de Cube es que el espectador
no abandona en ningún momento la prisión. La puesta en
escena no persigue que el público vea la historia como algo que
le está pasando a varios personajes, sino que trata de que el
espectador se sienta dentro del cubo. Para ello, nunca muestra nada
del exterior. Sin embargo, en Hypercube, cuando los diversos
personajes se presentan a sí mismos y hablan de lo último
que recuerdan, el director, Andrzej Sekula, abre pequeños recuadros
en pantalla para que veamos al personaje en su puesto de trabajo, en
la calle o en su casa, con lo que despresuriza completamente el argumento.
Además, mientras que en Cube los prisioneros visten un
uniforme idéntico, con el nombre de cada uno escrito (lo que
facilita las presentaciones) en Hypercube cada cual lleva la
ropa "con la que fue secuestrado", lo cual nos remite también
a una realidad fuera del cubo. Lo becketiano y kafkiano de Cube está
precisamente en la deshumanización de sus personajes, en crear
un mundo ajeno al mundo. Eso, básicamente, es el arte. Si una
historia (ya sea en cine o en literatura) necesita para su comprensión
el aval de la realidad, esa historia cojea. El ejemplo básico
de esta afirmación, lo encontramos en las peliculas de temática
social. Las buenas, lo son porque saben crear un sistema coherente dentro
de la película. Las malas (pienso sobre todo en algunas producciones
españolas referidas a los malos tratos) desfallecen de inmediato
porque le piden al espectador que haya leído los periódicos,
que esté al tanto del tema que se trata, y que le otorgue verosimilitud
porque «estas cosas pasan». Pero en una película
(en una novela) nada puede darse por supuesto y lo que sucede dentro
de ella palpita por sí mismo o no sirve.
Otro
traspiés de Hypercube se encuentra en la escenografía.
Mientras que en la versión original el escenario es realista,
sucio y despiadado, en la secuela de Sekula todo tiene un insoportable
barniz quirúrjico. Las habitaciones están perfectamente
iluminadas y sus puertas se abren automáticamente. (En Cube,
la apertura requiere dar varios giros a una manivela que remite a las
del interior de un submarino, lo cual acrecienta la sensación
claustrofóbica). Además, todas las celdas del cubo son
blancas, con lo que la expresividad que daba a Cube ubicar una
escena violenta en un cuarto rojo
aquí no es posible. Esta sofisticación pija se extiende
a la muerte de los personajes y a su evolución física
dentro del cubo. Los personajes de Natali aquejan ojeras, sudan copiosamente,
se ensucian y sangran. Los de Sekula parecen haber acudido al salón
de belleza entre escena y escena y, cuando los matan, echan un líquido
informático que parece mermelada de frambuesa. Lo paradójico
es que el director de Hypercube fue el director de fotografía
de Quentin Tarantino en las devocionariamente sangrientas Reservoig
Dogs y Pulp Fiction. Por una vez, seguir la senda de hemoglobitos
de Tarantino hubiera beneficiado a una película.
Otro
detalle. Uno de los personajes de Cube orina en uno de los cuartos.
Al igual que no es gratuito ver cuerpos despedazados en esta película,
tampoco es coprófila una escena de una micción. La apuesta
de Natali es radical: tiene que ser verosímil si quiere que la
historia funcione.
Hypercube
dispone de un presupuesto mayor que Cube. Este aspecto deja
huella en los efectos especiales, que son más llamativos. Ahora,
en los diversos cubículos puede encontrarse de todo: cambios
de gravedad, ralentizaciones del tiempo, aceleraciones, clones de uno
mismo, artilugios asesinos voladores... Pero, aparte de que todo está
pésimamente hecho, las sucesivas novedades que aporta Hypercube
no tienen otra intención que cumplimentar los 90 minutos exigidos,
pues carecen de ilación y ensamblaje, siendo (ahora sí)
como escenas de un videojuego que hay que superar.
Por
último, donde la incompetencia de los creadores de Hypercube
no encuentra excusa, es en su final. Cube acaba de un modo perfecto:
sólo se salva el inocente (solución de abolengo literario:
pensemos especialmente en Chrétien de Troyes y su Percebal),
mientras que la autoría última del cubo queda sin explicitar.
Y eso es precisamente lo que hace Sekula, explicitar, darle al idiota
del espectador todas las respuestas para que no salga del cine pensando,
y pueda seguir con su vida sin que la película le afecte. En
el arte narrativo, la sugerencia es el resorte que activa las sensaciones.
El único modo de hacer sentir es permitir que la historia se
complete (aunque sea nebulosamente, aunque sea en forma de preguntas)
en la cabeza del espectador. Como bien afirmó Amenábar
al presentar su película de terror Los otros, da más
miedo lo que se esconde que lo que se ve, unos gemidos en la oscuridad
que un monstruo pluricéfalo en primer plano. Esta regla funciona
en todos los géneros, y ya decían de Lubitch (maestro
de la comedia de enredo) que era capaz de hacer más cosas con
una puerta cerrada que la mayoría de los directores con una bragueta
abierta.
La
inepcia de Hypercube es tan descomunal, que la tercera parte
de la saga va a ser una precuela. Su director, Ernie Barbarash,
no puede hacer nada con la brillante idea de Natali después de
que la trituradora de Andrzej Sekula haya hecho de las suyas. De modo
que tiene que volver a la raíz y, de hecho, ya ha anunciado que
Cube Zero seguira el patrón estetico de Cube,
aunque no debemos albergar muchas esperanzas respecto al resultado final,
pues las buenas ideas son como las balas, sólo vuelan una vez.
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