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Takeshi
Kitano, la comicidad de la muerte
Un
vistazo panorámico sobre el aspecto lúdico de la obra del
director.
Por
Oscar S.
El
trabajo de Takeshi Kitano se ha convertido en uno de
los más contradictorios -y controvertidos- de la última
década. De ser un completo desconocido en nuestro país ha
pasado a estrenar sus últimas películas en los cines más
comerciales, como es el caso de su última producción:
Zatoichi (Zatôichi, 2003). Los temas que
trata son recurrentes a lo largo de su trayectoria, y quizás el
hecho de no haber evolucionado demasiado en su discurso ha sido precisamente
lo que ha favorecido las numerosas críticas que recibe desde sus
inicios. Por un lado la muerte, y por otro la soledad y su consecuente
silencio, marcan a fuego la relación de los personajes en sus historias:
tímidos hasta la saciedad y violentos en sus determinaciones. Pero
no hubiese recibido críticas negativas si sólo fuesen esos
dos los puntos clave que definen su obra. Kitano acompaña dicha
actitud introvertida con la sátira y la broma. Sus personajes encuentran
en el juego el único recurso de autosuperación y, quizás,
incluso el sentido a su propia vida. El cóctel resultante entre
el humor y la muerte, lejos de ser puro cinismo, se convierte en una sonrisa
amarga hacia un destino irrefutable.
Hace
años pudimos ver en televisión (los residentes en España)
la demencial actividad que se producía en un programa llamado Humor
amarillo (Takeshi's Castle, 1990), donde Kitano
aparecía como uno de los jueces, kimono y maquillaje -no exento
de pecas pintadas- incluidos. Un centenar de personas corrían bajo
las órdenes de su general y participaban en las múltiples
pruebas, cada una de ellas más lamentable que la anterior. Resultaba
penoso verle dirigiendo aquellas pruebas tan absurdas; y a algunos nos
causaba unas cuantas risas, aunque fuese por vergüenza ajena. Pero
fue en sus trabajos como director, donde claramente aparece el tema del
juego como uno de los recursos más utilizados por sus personajes
para superar una situación que, por falta de voluntad o quizás
de necesidad, les sume en ese aislamiento. Concretamente en Sonatine
(1993) se vislumbra una actitud un tanto cínica por parte de los
gángsters, que esperan en la playa el próximo encargo
y se esconden de las represalias del clan enemigo hasta que se logre la
tregua. Disfrutan de los fuegos de artificio y juegan con la arena. Disparan
al aire y practican la puntería, hasta llegar al espeluznante extremo
de jugar a una ruleta rusa made in Kitano: con una bala en la
recámara del revólver aprietan el gatillo sobre el perdedor
de un previo pares o nones... como si el juego adquiriese mayor
importancia que la propia vida. No olvidan el miedo, pero se advierte
una media sonrisa en su rostro, como si el fogonazo del percutor no fuese
más que un destino aciago que se ríe de sus vidas y nada
pueden hacer para evitarlo.
En
las películas Escenas frente
al mar (Ano natsu, ichiban shizukana umi, 1991),
o El verano de Kikujiro (Kikujiro no natsu,
1999), encontramos al típico protagonista que no se relaciona con
nadie (en la primera de ellas con mayor ahínco, dado que es sordomudo).
Tímidos por naturaleza, tienen un objetivo que anteponen a cualquier
otro aspecto de su vida. Kuroudo Maki es un muchacho obsesionado por comprar
una tabla de surf y pasar su tiempo jugando con las olas. Le acompaña
Takako (¿su novia?), quien le cuida en todo momento: Ríe
y se apena cuando cae entre las olas o cuando los habilidosos se burlan
de él; pero tampoco habla. Y apenas se dirigen la mirada. Comparten
su vida, su espacio, se toleran y parecen comprenderse; pero no aciertan
a intentar comunicarse. En el caso de El verano de Kikujiro,
el muchacho protagonista busca a su madre, y le acompaña un bufón:
un ex yakuza (el propio Takeshi Kitano) que se
aprovecha sin pudor de la bondad del niño -dado que le roba el
dinero para apostar y le mete en multitud de problemas-, y encima pretenderá
ayudarle en su búsqueda. De nuevo la playa (escenario recurrente
en toda su obra) y escenarios solitarios donde jugar y evadirse de la
necesidad de lo social: el disfraz para salir de los apuros, la pintura,
los pícaros y constantes engaños para salir del paso o el
camino junto a los motoristas, quienes intentarán, de manera cómica,
alegrar a un niño tierno que se da por vencido. Dicha alegría
y comicidad contrasta con la extrema violencia que surge cuando no se
trata de reír. Violencia concreta pero desmedida e incluso absurda
(aunque bien mirado siempre lo sea). Así como otros directores
tratan con cierto cinismo el hecho de matar o herir a alguien, con Kitano
las risas desaparecen en cuanto aprietan el gatillo. Como si se volviese
a una cruda realidad, lejana de lo lúdico y lo mágico, la
sonrisa se tuerce en mueca de desagrado o puro terror. Es el caso de la
ya citada Sonatine o de Hana-bi.
Flores de fuego (Hana-bi, 1997). En esta película,
un policía olvida sus quehaceres -e incluso, si cabe, su vida misma-
para elaborar un último viaje de felicidad a su mujer (enferma
de cáncer) y una recompensa para sus compañeros de oficio.
Durante la película acompaña a su esposa en un juego de
evasiones que concluirá en el retorno a la cruda realidad.
Takeshi
Kitano ha demostrado sin pudor su carencia de medios y de madurez
necesaria en la dirección. Pero ha logrado pulir sus proyectos
cada vez más, de modo que el envoltorio que engalana la temática
y la críptica de sus mensajes cada vez resulta más bello
y más interrelacionado con ellos. Y el juego, la muerte, la violencia
y la soledad de sus personajes bailan al son de la música compuesta
por Joe Hisaishi (conocido también por sus composiciones
para el Studio Ghibli), quien ha elaborado la banda sonora
de la mayoría de sus películas. Un cine cada vez más
cercano y siempre polémico, que esperamos se mantenga en la línea
del director, a pesar de sus excesos y excentricidades, que no siempre
son del gusto de todos.
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