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Un vistazo panorámico sobre el aspecto lúdico de la obra del director.
Por Óscar Soler P.
El trabajo de Takeshi Kitano se ha convertido en uno de los más contradictorios -y controvertidos- de la última década. De ser un completo desconocido en nuestro país ha pasado a estrenar sus últimas películas en los cines más comerciales, como es el caso de su última producción: Zatoichi (Zatôichi, 2003). Los temas que trata son recurrentes a lo largo de su trayectoria, y quizás el hecho de no haber evolucionado demasiado en su discurso ha sido precisamente lo que ha favorecido las numerosas críticas que recibe desde sus inicios. Por un lado la muerte, y por otro la soledad y su consecuente silencio, marcan a fuego la relación de los personajes en sus historias: tímidos hasta la saciedad y violentos en sus determinaciones. Pero no hubiese recibido críticas negativas si sólo fuesen esos dos los puntos clave que definen su obra. Kitano acompaña dicha actitud introvertida con la sátira y la broma. Sus personajes encuentran en el juego el único recurso de autosuperación y, quizás, incluso el sentido a su propia vida. El cóctel resultante entre el humor y la muerte, lejos de ser puro cinismo, se convierte en una sonrisa amarga hacia un destino irrefutable.
En
las películas Escenas frente
al mar (Ano natsu, ichiban shizukana umi, 1991),
o El verano de Kikujiro (Kikujiro no natsu,
1999), encontramos al típico protagonista que no se relaciona
con nadie (en la primera de ellas con mayor ahínco, dado que
es sordomudo). Tímidos por naturaleza, tienen un objetivo que
anteponen a cualquier otro aspecto de su vida. Kuroudo Maki es un muchacho
obsesionado por comprar una tabla de surf y pasar su tiempo jugando
con las olas. Le acompaña Takako (¿su novia?), quien le
cuida en todo momento: Ríe y se apena cuando cae entre las olas
o cuando los habilidosos se burlan de él; pero tampoco habla.
Y apenas se dirigen la mirada. Comparten su vida, su espacio, se toleran
y parecen comprenderse; pero no aciertan a intentar comunicarse. En
el caso de El verano de Kikujiro, el muchacho
protagonista busca a su madre, y le acompaña un bufón:
un ex yakuza (el propio Takeshi Kitano) que
se aprovecha sin pudor de la bondad del niño -dado que le roba
el dinero para apostar y le mete en multitud de problemas-, y encima
pretenderá Takeshi Kitano ha demostrado sin pudor su carencia de medios y de madurez necesaria en la dirección. Pero ha logrado pulir sus proyectos cada vez más, de modo que el envoltorio que engalana la temática y la críptica de sus mensajes cada vez resulta más bello y más interrelacionado con ellos. Y el juego, la muerte, la violencia y la soledad de sus personajes bailan al son de la música compuesta por Joe Hisaishi (conocido también por sus composiciones para el Studio Ghibli), quien ha elaborado la banda sonora de la mayoría de sus películas. Un cine cada vez más cercano y siempre polémico, que esperamos se mantenga en la línea del director, a pesar de sus excesos y excentricidades, que no siempre son del gusto de todos.
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