Takeshi Kitano

Juegos de matar

Los Idiotas

Dogma '95


 

  



 

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Takeshi Kitano, la comicidad de la muerte

Un vistazo panorámico sobre el aspecto lúdico de la obra del director.

 

Por Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

 

El trabajo de Takeshi Kitano se ha convertido en uno de los más contradictorios -y controvertidos- de la última década. De ser un completo desconocido en nuestro país ha pasado a estrenar sus últimas películas en los cines más comerciales, como es el caso de su última producción: Zatoichi (Zatôichi, 2003). Los temas que trata son recurrentes a lo largo de su trayectoria, y quizás el hecho de no haber evolucionado demasiado en su discurso ha sido precisamente lo que ha favorecido las numerosas críticas que recibe desde sus inicios. Por un lado la muerte, y por otro la soledad y su consecuente silencio, marcan a fuego la relación de los personajes en sus historias: tímidos hasta la saciedad y violentos en sus determinaciones. Pero no hubiese recibido críticas negativas si sólo fuesen esos dos los puntos clave que definen su obra. Kitano acompaña dicha actitud introvertida con la sátira y la broma. Sus personajes encuentran en el juego el único recurso de autosuperación y, quizás, incluso el sentido a su propia vida. El cóctel resultante entre el humor y la muerte, lejos de ser puro cinismo, se convierte en una sonrisa amarga hacia un destino irrefutable.

Hace años pudimos ver en televisión (los residentes en España) la demencial actividad que se producía en un programa llamado Humor amarillo (Takeshi's Castle, 1990), donde Kitano aparecía como uno de los jueces, kimono y maquillaje -no exento de pecas pintadas- incluidos. Un centenar de personas corrían bajo las órdenes de su general y participaban en las múltiples pruebas, cada una de ellas más lamentable que la anterior. Resultaba penoso verle dirigiendo aquellas pruebas tan absurdas; y a algunos nos causaba unas cuantas risas, aunque fuese por vergüenza ajena. Pero fue en sus trabajos como director, donde claramente aparece el tema del juego como uno de los recursos más utilizados por sus personajes para superar una situación que, por falta de voluntad o quizás de necesidad, les sume en ese aislamiento. Concretamente en Sonatine (1993) se vislumbra una actitud un tanto cínica por parte de los gángsters, que esperan en la playa el próximo encargo y se esconden de las represalias del clan enemigo hasta que se logre la tregua. Disfrutan de los fuegos de artificio y juegan con la arena. Disparan al aire y practican la puntería, hasta llegar al espeluznante extremo de jugar a una ruleta rusa made in Kitano: con una bala en la recámara del revólver aprietan el gatillo sobre el perdedor de un previo pares o nones... como si el juego adquiriese mayor importancia que la propia vida. No olvidan el miedo, pero se advierte una media sonrisa en su rostro, como si el fogonazo del percutor no fuese más que un destino aciago que se ríe de sus vidas y nada pueden hacer para evitarlo.

En las películas Escenas frente al mar (Ano natsu, ichiban shizukana umi, 1991), o El verano de Kikujiro (Kikujiro no natsu, 1999), encontramos al típico protagonista que no se relaciona con nadie (en la primera de ellas con mayor ahínco, dado que es sordomudo). Tímidos por naturaleza, tienen un objetivo que anteponen a cualquier otro aspecto de su vida. Kuroudo Maki es un muchacho obsesionado por comprar una tabla de surf y pasar su tiempo jugando con las olas. Le acompaña Takako (¿su novia?), quien le cuida en todo momento: Ríe y se apena cuando cae entre las olas o cuando los habilidosos se burlan de él; pero tampoco habla. Y apenas se dirigen la mirada. Comparten su vida, su espacio, se toleran y parecen comprenderse; pero no aciertan a intentar comunicarse. En el caso de El verano de Kikujiro, el muchacho protagonista busca a su madre, y le acompaña un bufón: un ex yakuza (el propio Takeshi Kitano) que se aprovecha sin pudor de la bondad del niño -dado que le roba el dinero para apostar y le mete en multitud de problemas-, y encima pretenderá ayudarle en su búsqueda. De nuevo la playa (escenario recurrente en toda su obra) y escenarios solitarios donde jugar y evadirse de la necesidad de lo social: el disfraz para salir de los apuros, la pintura, los pícaros y constantes engaños para salir del paso o el camino junto a los motoristas, quienes intentarán, de manera cómica, alegrar a un niño tierno que se da por vencido. Dicha alegría y comicidad contrasta con la extrema violencia que surge cuando no se trata de reír. Violencia concreta pero desmedida e incluso absurda (aunque bien mirado siempre lo sea). Así como otros directores tratan con cierto cinismo el hecho de matar o herir a alguien, con Kitano las risas desaparecen en cuanto aprietan el gatillo. Como si se volviese a una cruda realidad, lejana de lo lúdico y lo mágico, la sonrisa se tuerce en mueca de desagrado o puro terror. Es el caso de la ya citada Sonatine o de Hana-bi. Flores de fuego (Hana-bi, 1997). En esta película, un policía olvida sus quehaceres -e incluso, si cabe, su vida misma- para elaborar un último viaje de felicidad a su mujer (enferma de cáncer) y una recompensa para sus compañeros de oficio. Durante la película acompaña a su esposa en un juego de evasiones que concluirá en el retorno a la cruda realidad.

Takeshi Kitano ha demostrado sin pudor su carencia de medios y de madurez necesaria en la dirección. Pero ha logrado pulir sus proyectos cada vez más, de modo que el envoltorio que engalana la temática y la críptica de sus mensajes cada vez resulta más bello y más interrelacionado con ellos. Y el juego, la muerte, la violencia y la soledad de sus personajes bailan al son de la música compuesta por Joe Hisaishi (conocido también por sus composiciones para el Studio Ghibli), quien ha elaborado la banda sonora de la mayoría de sus películas. Un cine cada vez más cercano y siempre polémico, que esperamos se mantenga en la línea del director, a pesar de sus excesos y excentricidades, que no siempre son del gusto de todos.

 

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