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postales para El Campello
Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es
A
espaldas del mar. Apunte para las guías de turismo.
I
Miro
absorto el mar desde el espigón porque, al pueblo, mejor darle
la espalda: al menos ocho grúas amenazan la panorámica de
Neptuno y sus sirenas. No resulta extraño que éstas prefieran
vivir en el mar, y que por eso haya tantos solteros en el pueblo. Ni siquiera
la exuberante tropicalidad de las palmeras desvía la atención
de estos monstruos mecánicos: indigna la urgencia especuladora
y el manoseo paisajístico impulsado por los políticos y
aceptado por los residentes. Los constructores ejercen como nuevos amos
del poder: de su ingeniería financiera, sólo dejan que nos
lleguen rumores por los periódicos y el ruido de sus hormigoneras.
Mientras tanto, la tasa de vivienda desocupada aumenta y el precio del
metro cuadrado resulta más caro que si fuera cúbico. Los
periódicos explican que el precio de la vivienda en España
está hinchado en un 30%; sin embargo, ese globo no lo quiere explotar
ningún presidente, ministro o alcalde: ¿por qué será?
Si no se dispone de unos 500.000 euros, mejor olvidarse de vivir mirando
el mar... En mi opinión, disponer de esa cantidad de dinero te
convierte directamente en cómplice del último atraco perpetrado
por el corrupto de turno o connivente con él, a mí que no
me digan.
II
El
pueblo ha cambiado mucho desde que llegué hace quince años.
A mediados de los noventa, cuando cayó el premio gordo del sorteo
de Navidad muchos se compraron un Mercedes ultimísimo modelo, signo
inequívoco y mundial de bonanza. Otros, más discretos, se
limitaron a conducir un coche mejor, pero sin llegar a la ostentación.
Recuerdo haber visto en la tele a gente conocida emborrachándose
en la calle y lavando su fortuna en espuma, mientras yo, con los dedos
cruzados, me preguntaba por qué mis padres no llamaban para anunciarme
la buena nueva: «Somos ricos, joder: ¡ricos! Cómprate
lo que te salga de los cojones y paga con la tarjeta» Mi familia
sigue en la misma casa, más llena de cachivaches y con algunos
cambios de mobiliario pero, en esencia, idéntica. Mi padre cambió
de coche, pero le costó lo suyo cancelar el crédito. A otros
amigos tampoco les tocó nada. Sabemos que el dinero no da la felicidad;
pero nos hubiese gustado corroborar este refrán popular en primera
persona. Pocos años después de este benigno acontecimiento
afloraron hoteles y apartamentos modelo colmena, también montaron
un par de supermercados grandes, aparecieron más locutorios telefónicos,
salas para navegar por internet, otro instituto, más bares, quitaron
las piedras de la playa y pusieron arena, Jamiroquai tocó en el
campo de fútbol, el pollo asado y la pizza por fin se sirvieron
a domicilio... Y ya nada volvió a ser como antes. Se derribaron
edificios antiguos; se retranquearon los nuevos; edificaron los solares
abandonados a medio construir, donde meábamos tranquilos y soñábamos
tocarle el culo a las chicas y hasta perder la virginidad si ellas nos
dejaban; también enladrillaron los descampados, donde muchos se
retiraban a fumar sin ser vistos y otros vaciaban sus primeras cervezas
y cubatas. Cada palmo libre se asfaltó y se le hizo portador de
la rampante civilización del ladrillo y el automóvil. Sin
embargo, la playa del pueblo sigue disponiendo sólo de tres calles
paralelas al Mediterráneo (la avenida de San Vicente, la calle
San Pedro y la avenida San Bartolomé) y sus correspondientes ortogonales,
no muchas; lo demás se empina cuesta arriba (de cojones) hacia
el pueblo, y luego más cuesta arriba aún (más cojones)
hasta la carretera general, y luego aún más (para valientes
y masoquistas) hasta el barrio de la Cruz.
III
Sobre
las montañas han crecido árboles bien estirados y con forma
de trampa para extraterrestres; los llaman repetidores de televisión
y antenas paranoicas por los efectos producidos sobre sus receptores.
Al norte se avistan Villajoyosa y Benidorm. De tan cerca como viven sus
habitantes nunca he ido; esperé que ellos dieran el primer paso,
como un amigo, Juan, que venía desde Alcoy cada verano. Al sur
quedan, por este orden, Muchavista, San Juan, La Albufera y Alicante.
La sinuosa trayectoria del litoral esconde parte de ellas, pero sé
que están ahí. A mi derecha, se erige El abrelatas,
nuestro fálico obelisco freudiano, el gran punto G de encuentro
en la playa. Hay quien lo llama, con cierta pompa y marcial ceremoniosidad,
El monumento al pescador. Pero la irreverente sabiduría
infantil no renuncia al acertado bautismo de entonces. Por cierto, en
sus inicios, el monumento recibía un rayo láser procedente
de un barco anclado en una fuente situada a un par de calles de distancia.
Cuando se le acabó la kriptonita, los chicos perdimos la diversión
del luminoso haz. El paseo nocturno devino en aburrimiento desde que este
caballero Jedi enfundó su espada fluorescente. Pronto seremos invadidos
por las fuerzas tenebrosas del mal...
IV
Al
frente se ve el puerto y la lonja donde venden su pescado quienes faenan
en la bajura. A la izquierda y sobre el monte queda el Torreón
de L'Illeta. Desde allí se vigilaba la invasión berberisca.
Según explica un cartelito del Ayuntamiento, ésta se encontraba
conectada con otras similares al norte y al sur. Detrás de la torre
siguen todavía Los baños de la reina, termas donde moraron
primitivos campelleros en la Edad de Bronce, adonde regresaron los íberos
y después los romanos; y donde yo me quitaba el bañador
para sentirme libre en el agua salada (entonces ignoraba el legado histórico:
sólo temía la picadura de las medusas o regresar desnudo
a por la toalla). En el puerto nadan los mújoles; aunque muchos
sólo flotan panza arriba sobre la capa de aceite que separa el
mar del sol. En eso consiste la tragicomedia actual del puerto: por un
lado, el boato de los yates y los aires de grandeza de algún truchimán
hombre trucha en inglés, hombre trucho en rioplatense;
por el otro, los niños que lloran incrédulos la muerte de
la familia de Nemo. Por inaudito que parezca, aun así no pocos
descerebrados siguen lanzando su caña en la dársena caliginosa:
cualquier día, patinan los anzuelos.
Un
domingo de febrero: ¿hay alguien ahí? Apunte sobre la población.
I
En
la playa, un hombre mayor con botas de plástico y pinta de pescador
inspecciona la basura que trajo la marea. Se levantó antes que
nadie para comerciar a solas con el mar. Entre el arsenal de objetos perdidos
destaca una boya enorme, de las que señalizan hasta dónde
pueden acercarse los barcos a la playa. Se la carga a la espalda y prosigue
su exploración. Pese a su tamaño, la boya no debe de pesar
mucho, porque con la otra mano revisa si entre las algas, botellas de
plástico, compresas, rajas de melón y sandía, etcétera,
quedó enterrado algún tesoro que no salta a la vista. «El
mar se ha convertido en vertedero más que en caja de sorpresas»,
me digo. La mística de la botella y el mensaje ya pasó.
La canción de Police debería cambiar y decir: «ahora
llegan a la orilla muchas botellas y todas con un claro mensaje: queremos
ser todavía más cerdos.» Por telepatía le transmito
mi ánimo al buscador de tesoros: hace años encontré
un billete de dos mil pesetas doce euros de los de hogaño.
Por el otro lado de la playa se aproxima el típico listo con gorrita
de propaganda, bolsa negra de la basura, dos niños de apenas siete
años y un perro: todos hurgan entre los montones que les señala
el padre, quien, además, se cree chulo como nadie con su aspiradora
detecta metales.
II
Dos
muchachos jóvenes, vestidos de neopreno hasta las uñas,
creen haber descubierto en Campello una playa equiparable a las de Tarifa
o Hawaii. En el paseo no faltan los curiosos que miran extrañados
a los surfistas. Un abuelo que está al lado mío se rasca
la boina y piensa en voz alta:
Leche, pero si estamos en febrero. Esos
dos, mañana, una pulmonía. Y si no, tiempo al tiempo.
¿Qué hacen esos dos ahí?,
¿esperan a la gran ola, como en las películas?,
pregunto.
¿La gran ola? La gran hostia se deberían
dar me comenta el compadre del abuelete, por chulos y por
capullos. Ojalá se den con la tablita en los huevos y se les quiten
las ganas de hacer el chorra, niñatos de mierda. Seguro que son
de Madrid.
III
También
patrulla por la costa la Guardia Civil. ¿Llevarán tricornio
y capa verde de supermán ecológico en alta mar? ¿Tomarán
el sol en pelota picada cuando no haya nadie a quien perseguir?
IV
«Enseguida
vengo», se excusaron ante sus esposas. En el bar cercano al kiosco,
retozan orondos el Damián, el Joaquinito y el resto de la tropa
frente a un carajillo generoso en Terry. Maridos de los de antes podría
decirse, de los que necesitan casi dos horas para comprar la prensa y
contrastar opiniones sobre fútbol y demás actualidad con
otros eruditos en la materia. Alguno de ellos incluso vuelve con el pan
bajo el brazo, con tal de que su mujer le haga un huevo frito y almorzar
con una cervecita en casa. Por su atuendo y aspecto deportivo los reconocerán:
disfrazados con chándal y zapatillas conjuran los peligros que
supone una barriga perseverante en su redondez.
El
espigón: entrada al mar para los paganos. Apunte sentimental y
marino.
I
El
agua del mar. A esta sustancia líquida y divina, la mala prensa
le ha mutilado y deformado sus propiedades. Como si el agua debiera presumir
siempre de incolora, inodora e insípida. Como si al decir 'agua'
tuviéramos que pensar siempre en mineral y de una marca determinada,
ni siquiera en la del grifo de casa o la que cae de la ducha, o la que
se lleva nuestros restos más íntimos desagüe abajo.
Agua: ¿en cuál piensas cuando la escuchas? ¿En la
que corre por la montaña?
II
Admiras
la sencillez constructiva del espigón, su acuerdo y consonancia
con el mar, lejos del engreimiento y la altivez del rompeolas del que
presumen otros pueblos costeros. Los espigones permiten entrar en el mar
a pie: un paso más y cambias la tierra por el Mediterráneo;
los rompeolas sólo admiten estampar un deseo tras otro contra ellos.
El espigón reconoce la superioridad del mar y se adentra en él,
el rompeolas cree estar a salvo de la catástrofe en su altura.
Cerca de este espigón, el que está en el centro del paseo,
se bañaba tu adolescente.
III
Aprendemos
los colores en la escuela, dibujamos entusiastas arco iris y nos maravilla
el añil por su carnadura, por su nombre, por lo extravagante que
resulta conocer algo nuevo, tan vano y sencillo como un color del que
no teníamos noticia. Nos compran ceras y lápices para que
pintemos cuanto nos muestran, porque ya aprendimos los colores. Cuando
nos enseñan otro idioma también enseguida aprendemos los
números, los días de la semana, los colores: el cielo y
el mar azules perfectos, las montañas y tus ojos marrones, las
nubes blancas como el vapor de la ducha, tu piel encarnada o naranja dulce
pero de sangre roja, los árboles verdes y perennes, que no decaen
con la llegada del otoño o el invierno... Hasta que, por fin, encontramos
la naturaleza, nos libramos de los edificios, respiramos un aire menos
viciado de educación y familia, de sociedad, también un
aire libre de coches y otros ruidos urbanos, y encontramos el ojo cristalino
del mar: hoy, manso y esmeralda hasta el fondo, transparente y límpido
porque vemos nuestros pies; ayer, turbio, nebuloso e incómodo con
tantas algas alrededor, con restos de comida, preservativos y trozos de
madera, con ganas de marcharte a otro lado y cagarte en la puta madre
de los turistas, con ganas de sacarte la arena de la ingle, de aliviar
el escozor del brazo; anteayer, majestuoso en su violencia contra la arena,
espumoso y encabritado, acorde con la bandera roja que prohibía
el baño para frustración de los niños; esta mañana,
lleno de gaviotas que espigan los tesoros abandonados sobre la playa,
mientras los barcos amanecen en el horizonte y huyen de la tormenta. Recuerdas
los atardeceres frente al Mediterráneo y confiesas que aún
no sabes contar cuántos azules y añiles diferentes se necesitan
para pintar este cielo que te llueve hoy...
IV
Cuando
observas esas otras piedras, puntiagudas y de colores vivos, desgarradas
por su entraña a pesar de la imagen de dureza y compacidad aparente,
separadas de la otra parte que las completaba, supones que una fuerza
desmesurada las arrancó de cuajo, que como pedazos de pan crujiente
dejaron de pertenecer a un todo para comenzar a ser sólo ellas,
abandonadas a la erosión de su pasado. La belleza reside en su
rostro convulso, como de quien se abrasa en un incendio, en el amasijo
informe donde preservan su geometría singular. Comprendemos por
analogía. Tus secretos, también salobres y traídos
de muy lejos, se convierten en arena de mar cuando estás en la
playa.
V
Escuchas
el eco de las primeras y fallidas escaramuzas en el amor, el adiós
de cada verano perdido estudiando algo que nunca serías, el ruido
de las pisadas en las noches de septiembre mientras caminabas por la arena
hacia San Juan. Allí, frente al mar, te desnudabas y extraías
cientos de piedras de la locura antes de que ellas se te enquistaran como
un tumor en la memoria; y las arrojabas lejos de ti. Regresabas a la cama
después de casi tres horas caminando. Afortunadamente, también
vuelven el arroz, las sardinas, los boquerones y el mero adobado, lo mejor
de los romanos: sus calamares. Pura nostalgia amniótica esta evocación
tan piscícola: el retorno al útero, pero al útero
primigenio, no al de los psicoanalistas, sino al mar.
VI
En
estas mañanas de invierno, la melancolía te delinea más
exacto sobre el cadáver que serás. Más humano. Incluso
te dibuja una sonrisa. Palabra de marino.
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