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CAMBOYA
Siem
Reap x 9
Por
Alberto Torres Blandina
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riel. khmer. cambodian people party. henri mouhot: voyage à siam et dans
le cambodge. ta prohm. pol pot. psah jah. michael galasso: angkor wat.
jinger. bayon.
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En Angkor los niños juegan a que ya no lo son. Una niña te vende una
flauta de caña por un dólar. Le dices que tal vez más tarde. Te pide en
perfecto inglés que la mires bien. Te pregunta si sabrás reconocerla entre
toda las niñas que corretean por allí. Le prometes que sí. Otra quiere
venderte unas pulseras hechas a mano. Niegas con la cabeza. Te pregunta
tu edad. Te dice que ella ya tiene 11 años. Le dices que es muy guapa.
Se ruboriza. Habláis unos minutos. Te ata una pulsera a la muñeca. No
money. I like your face -y se toca la suya-. Present for you. Se
aleja corriendo junto a más niños. Otra muchachita se sienta en la mesa
donde vas a comer. Pone unas guías y unas postales sobre la mesa. No dice
nada. Sólo te sonríe y pierde la vista. Está abstraída escuchando. Un
grupo de chiquillos a lo lejos canta una canción. La niña comienza a cantar
también, con voz dulce, sin reparar que estás allí, hasta que una camarera
le pide que deje la mesa. Recoge las guías. Se aleja cantando.
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El asfalto y los postes de la luz acaban a unos kilómetros de Siem Reap.
Sólo caminos de tierra atravesando la selva. Casas de madera aquí y allá.
Sin orden fijo. Cabañas sobre cuatro pilares que evitan las inundaciones
durante los monzones. El autobús avanza entre los baches regalándote estampas
de tiempos que ya creías pasados. Los campesinos trabajan en los campos
de arroz. Dos jovencitos pescan junto a un lago artificial. Una motocicleta
se aleja con tres cerdos atados a su sillín. Alguien duerme en una hamaca.
Una gallina y sus polluelos corretean entre la hierba. Un grupo de niños
sentados al borde del camino saludan con alegría al autobús. Tú también
los saludas. Te miran con curiosidad. No están acostumbrados a los turistas.
Ríen mostrando su dentadura mellada. Todavía no han cambiado los dientes.
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La piedra ha eternizado el antiguo reino jemer que creció en la selva
indochina. Antiguos dioses y demonios han quedado atrapados en piedra
gris. Bailarinas apsaras congeladas en su danza. Elefantes detenidos para
siempre en su marcha. Las cuatro caras del rey Jayavarman VII mirando
hacia los cuatro puntos cardinales. Cuidando su reino. Tienes la sensación
de que la ciudad sigue esperando a sus viejos habitantes. Unos monos saltan
de un árbol a otro. A veces la selva invade los templos. Las raíces rompen
los muros. Los troncos se elevan por encima de las edificaciones. Los
enormes ficus son los nuevos amos de Angkor. Un monje de riguroso naranja
quema incienso delante de una efigie de buda. Una jovencita pasa frente
al paseo de los elefantes con su bicicleta. Lleva un sombrero blanco.
Piensas en aquella adolescente de Marguerite Duras.
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Una mujer cruza el puente. Sus piernas ni siquiera le llegan a las rodillas.
Lleva zapatillas. Camina con soltura. Viste las señales a la entrada de
algunos caminos. Parecen unas señales de prohibido normales y corrientes.
Pero si te acercas ves que alertan sobre el peligro de minas. Al principio
te sientes furioso. Después impotente. Después solamente un estúpido europeo.
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Por la noche, cuando te alejas de Siem Reap, la oscuridad es total. Sólo
las estrellas -todas las estrellas- y la luna. Observas detenidamente.
Decenas de luciérnagas muestran su diminuta luz intermitentemente. Curiosamente
descubres el fulgor azulado de pantallas de televisión. No hay luz pero
el resplandor de los televisores escapa por la ventana de las cabañas.
Aquí y allá. Un resplandor que parece un fuego. Una lumbre que brilla
en el seno de cada familia y alrededor de la cual pasan sus noches. Crees
que debería molestarte. Por el contrario, te entusiasma la idea. Casitas
de madera perdidas en el bosque. Tan lejos del mundo. Y sin embargo tan
cerca.
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Son las cinco y media. Las motos y las bicicicletas toman la carretera
asfaltada. Siem Reap es una ciudad de tierra que crece a los lados de
una sola carretera. No hay apenas coches en esta parte del mundo. Alguna
camioneta. Algún tuk-tuk buscando turistas. En un ordenado desorden
se mueven a uno y otro lado. Muchos niños de uniforme pedalean hacia casa.
A veces tienes la sensación de que Siem Reap es una ciudad dominada por
los niños. Se desvían en alguno de los caminos de tierra y siguen su marcha.
El sol está a punto de desaparecer. Es ese momento del día en que todo
parece adquirir un aire irreal. Por el contrario, tienes la sensación
de que todo es real. Tan real que te aturde.
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El conductor de la moto que te lleva por los templos de Angkor es un adolescente
risueño. Te cuenta que sus ascendientes son chinos. Que hay muchos chinos
en Camboya que huyeron de su país. Te deja delante del templo de Bayon.
Te informa brevemente. Te dice cuánto tiempo deberías ocupar en verlo.
Tú le das las gracias y te adentras en la edificación. Ha dejado la moto
junto a uno de los puestos de souvenirs. La joven vendedora es
muy guapa. Parece alegrarse de verlo. Siguiente parada: Preah Khan. Esta
vez se queda con varias camareras. Ta Prohm. Espera al fondo de una terraza
con otros adolescentes que también esperan. Juegan a algún juego de mesa.
Would you like something to eat? Tu comes allí mismo, en la terraza.
Él acaba dormido en una de las hamacas del fondo. Se despierta en el instante
exacto en el que pides la cuenta. Se acerca con los ojos todavía nublados.
Are you ready to go to Angkor Wat? Sunset is the best time to go.
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Recordarás el cielo de Camboya. Por alguna razón intuyes que jamás podrás
olvidarlo. Angkor Wat. Frente a ti, el puente hacia Angkor Wat. Custodiado
por leones de piedra. El azul intenso se refleja en las tranquilas aguas
del río, en contraste con el verde del bosque y el blanco de las nubes.
Observas las torres del templo. Sus puntas matizan el cielo. Es como si
los templos se elevaran en caprichosas formas para crear los contornos
de un cielo que lo inunda todo. Cae sobre la selva como un manto protector.
En Siem Reap el cielo está más cerca. No es extraño que al nombrarlo en
su lengua nombren también a algún legendario dios.
y
9 Hay otro Siem Reap. Un Siem Reap con aeropuerto y hoteles lujosos.
Con piscinas y espectáculos cada noche. Un Siem Reap que se parece demasiado
a otros lugares del mundo. Sabes que si te acercas podrás comer algún
plato occidental. Después de tanto arroz y tallarines sientes la tentación.
No te acercas. En el bar del hostal donde te alojas, un muchacho te alienta
emocionado para que veas una película sobre la guerra del Vietnam que
seguramente pone cada noche a los turistas. Look! It's Cambodia. It's
a film about Cambodia. Está tan emocionado que te emocionas tú un
poquito. Te preguntas si en el otro Siem Reap dejan a los camareros emocionarse.
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