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MONTEVIDEO (2ª PARTE)
Parece mentira las cosas que veo
El
espíritu carnavalero de la murga Falta y Resto. El incipiente cosmopolitismo de un país tradicionalmente de emigrantes, pero que ahora recibe, por ejemplo, población india. Y también la difícil aritmética que supone el peso uruguayo para el turista. Seis viñetas más sobre la capital uruguaya que completan las catorce de la primera entrega.
Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

LA CULTURA POPULAR ERA ESTO
Desde de las nueve, el teatro Plaza engulle y engulle gente; dentro de media hora actúa la murga Falta y Resto, una de las clásicas del carnaval. Tenía la intención de quedarme fuera, en la plaza de Cagancha, mirando cómo son los montevideanos cuando se encuentran para un acto cultural; pero los asientos no están numerados y, salvo algún fumador, mis demás competidores por una butaca bien situada entran sin dilación a la sala. Así que a las nueve y diez traslado mi puesto de observación al interior del recinto.
El ambiente de la platea parece genuino, de estar por casa, sin turistas que hagan fotos. Hay adolescentes maquilladas y vestidas como si celebraran después un cumpleaños de quince. Hay bohemios de pelo largo, camiseta raída y boina guevariana que parecen chamullarle versos de Galeano a las chicas con pelo a lo rasta y piercing narigón. Hay lagartas con horas de peluquería en la cabeza, ropa importada y que se dejan llevar de la mano por hombres trajeados que parecen más bien altivos mayordomos. Hay parejas que se besan para contarse cuánto se quieren, y parejas que se dan la mano pero que sólo hablan con el teléfono móvil. Hay grupos de veinteañeros que gritan su virilidad ebrios de testosterona. Hay pronunciados escotes de treintañeras que anuncian su disponibilidad a las menos escotadas cuarentonas, a los maridos de estas, a los adolescentes con acné y a todo aquel que se sienta solo o mal acompañado. También hay cincuentones bigotudos que parecen una fotocopia de Jaime Ross, y sesentones con pinta de eternos zurdos setentistas y, claro, hasta algunos abuelos con nietos que recién van a la escuela. Incluso hay adorables niños de pelo rubiamente rizado que a los 3 años te miran y dicen: «¡Mamá: mirá, un pelado!». En fin, que estamos todos. La murga puede empezar.
EL MUNDO, ESE PAÑUELO GLOBAL
—¿Vos estás atendido ya? —dice el camarero.
—No.
—Decime.
—Quería probar el choto. ¿Puede ser?
—Justo es lo único que no trabajamos ahora. Es un corte medio complicado para estas fechas. ¿Puedo ofrecerte otra cosa de la parrilla?
—Bueno, justo quería probar eso... Lo demás más o menos lo conozco.
—¿Primera vez en Montevideo?
—Sí.
—¿Argentino?
—No, español.
—Ah, mirá. Me confundió la tonada; no tenés tonada gallega.
—Vivo en Buenos Aires desde hace cuatro años.
—¿Sos de Madrid?
—Nací cerca, pero vivía en Valencia antes de venir para acá.
—Ah, qué cosa. Yo trabajo de mozo en Torrevieja los veranos. Laburo tres meses allá, hago un poco de plata y me vuelvo.
—¿Te gusta?
—No es como Benidorm, pero sí: está lindo. Muy locos los turistas allá. Mucho guiri, como dicen ustedes, mucho descontrol por las noches.
—Me imagino.
—Y de acá de Uruguay, ¿conocés?
—Algo: Carmelo, Colonia, Fray Bentos.
—Entonces el chivito ya lo habrás probado.
—Muy rico. Ayer comí uno en La Pasiva, un canadiense.
—Lindo programa. Mirá, acá también son típicos los pamplonas, unos arrollados de carne con panceta, morrón y queso dentro. Los hay de cerdo y de pollo. Vienen con puré de papa, ensalada o una porción de fritas como guarnición.
—Cerdo. Con puré de papa.
—¿Medio y medio para beber?
—Y sí, un vasito; que no se diga que no hice la del turista en el Mercado del Puerto.
EL INEXPLICABLE PESO URUGUAYO
Unos te dicen que dividas por 6, otros por 7 y algunos hasta te sugieren que por 8, pero que en ese caso luego redondees hacia abajo, que esa es la aritmética más sencilla para convertir los precios uruguayos en argentinos. Lejos de resolver el dilema, las casas de cambio de la avenida 18 de Julio anuncian que compran a 6,60 los pesos argentinos y que los venden a 7,40. Entras en una con pinta de seria, en una que parece disponer de varios establecimientos similares a lo largo de la avenida, y decides probar fortuna. Entregas cien pesos de los tuyos y te devuelven 680 de los suyos... No entiendes nada, salvo que parece ser intrínseco a la moneda nacional esta paridad fluctuante. «Es un peligro no saber cuánto valen las cosas», piensas, y se te ocurre que la única manera de entender cuanto antes tan enigmática divisa es anotar varios precios en tu cuaderno, y luego sacar reglas de proporcionalidad. Un libro nuevo cuesta lo que diez cafés. A partir de ahora, ese es tu esperanto económico.
UN INDIO CON GANAS DE SER MONTEVIDEANO
De las tres personas con quienes comparto por ahora la habitación, Janghir es el único que habla inglés. Los otros dos sólo saben jugar a las cartas en silencio y contestar sonriendo «Yes, sir» a cualquier cosa que les pregunto. ¿Puedo sacar vuestras cosas de este armario y poner las mías? «Yes, sir». ¿Queréis patatas fritas? «Yes, sir». Qué calor hace, ¿eh? «Yes, sir». En fin.
El inglés de Janghir es más amplio, pero no demasiado inteligible; el mío no es que sea genial, pero el suyo suena más bien a trabalenguas, como el de los pakistaníes. Hablamos mientras yo saco el jabón y ropa limpia para después de la ducha. Según creo entenderle, los tres son amigos y vienen de Punjab, un lugar que me suena tan lejano y exótico como su barba matusalénica, que le cubre el esternón. Son indios, me aclara.
—¿Y tú? —pregunta.
—Español.
—¿Eso es Europa?
Janghir sabe tanto de España como yo de Punjab, pero antes de que yo pregunte protocolariamente algunas generalidades sobre su ciudad, él dispara primero. Edad, en qué trabajas, hijos: ¿sí, no, cuántos?, si pagué muy caro el pasaje para venir a Montevideo, cómo conseguí el visado para la Argentina, cuánto gano...
—Lo suficiente para vivir —contesto algo violento.
—Así que español... ¿Puedo ver tu pasaporte?
Me parece brusco decirle que no, pero callarme también podría interpretarlo como algo descortés; así que me hago el desentendido y le pido que me hable de él, que me cuente por qué vino a Montevideo, a qué se dedica. Como si fuera lo más normal del mundo, contesta mis preguntas: vacaciones, 32 años, sin esposa por el momento, le gustaría tener hijos, no sabe cuántos, es camionero.
—¿Camionero?
—With international driving licence —dice con ese cantito tan indio.
Y sigue. Está de vacaciones. Uruguay es muy barato. Busca trabajo como camionero, pero sus documentos no son válidos aquí, según le explican sus potenciales empleadores... Lo miro y trato de imaginármelo, vestido como está, con pantalón y camisa blanca de algodón, con el pelo entre negro y gris recogido sobre la coronilla en un moño y con un intenso olor a transpiración, digo, trato de imaginármelo conduciendo por alguna ruta uruguaya, preguntando, por ejemplo, cómo se va a Tacuarembó. Y empiezo a tomarle cariño: lo suyo tiene mérito, incluso si me está mintiendo, tiene mérito. En cualquier caso sigo preguntándole lo primero que se me ocurre porque me incómoda que vea dónde guardo el pasaporte.
—Rica la comida uruguaya, ¿no? —digo.
—Soy vegetariano.
—Ah, claro.
—Hay muy pocas verduras aquí. Se come mal.
—Bueno, aquí las vacas en vez de caminar sueltas por la calle terminan en la parrilla...
—Sí, mucha carne por todas partes, no tanta verdura como en Punjab.
No ha pillado la broma; se ve que yo llevo demasiado tiempo viviendo en Buenos Aires y él en Punjab. Medito si intentar explicársela, pero Janghir decide sentarse en la cama en la posición del loto y, mientras se acomoda la ropa y el pelo, veo emerger de su muñeca un reloj de oro cuya pulsera tiene dos dedos de ancho. En la mano contraria, y mientras se atusa el bigote, deja ver un anillo con una piedra roja mate que parece cualquier cosa menos bisutería. Ante tanta información difícil de relacionar con un camionero vegetariano me quedo callado. «¿Dónde tenía las manos hasta ahora?», me pregunto.
—¿Y tu pasaporte? —dice.
—Si me enseñas el tuyo —improviso.
Abre su cartera. Hay varias tarjetas de plástico, dos al menos son Visa. También veo algunos dólares y pesos uruguayos. Saca un documento del tamaño de un carné de identidad y me lo pasa. No es un pasaporte. Hummm... Desconfío, así que busco en la mochila, saco mi DNI para extranjeros en vez del pasaporte español y se lo alcanzo. Janghir lo revisa y se lo muestra a sus compañeros. De lo que hablan, sólo entiendo la palabra ‘Argentina'. Miran la foto, buscan si tiene algún sello, inspeccionan con celo las páginas. Ninguno sospecha que no es el documento que esperaban.
Sin perder de vista el DNI, miro el suyo. En la fotografía, Janghir viste un turbante rojo de más de un palmo de alto. Entre este y los ojos apenas le queda una franja de piel visible; el resto de la foto lo ocupan la barba y los bigotes. Sonrío. Miro de nuevo la foto. Lo miro a él. Lo imagino pasear con su turbante rojo por Barrio Sur, Ciudad Vieja o la rambla. Lo imagino con su reloj de oro conduciendo un camión y preguntando dónde queda la ruta del Mercosur. Le pregunto si ha tenido problemas en los aeropuertos.
—Me confunden con Osama Bin Laden —bromea—. Por eso ahora uso esto —dice mientras saca de una bolsa una gorra de béisbol de los New York Yankees y se la pone.
Nos devolvemos los documentos, meto el mío en el bolsillo, echo el candado a la consigna donde guardo la mochila y digo que voy a ducharme: casi son las diez y quiero cenar. Cuando regreso del baño, los tres indios duermen con la luz encendida. Cuelgo la toalla en el cabecero de mi litera, abro la taquilla, guardo la ropa sucia, cojo dinero y salgo de la habitación. La puerta chirría como una vaca a la que estuvieran carneando.
Ceno un chivito canadiense en La Pasiva que está en Intendencia. A mi regreso, chateo un rato desde un ordenador del albergue. Son las dos de la mañana cuando entro de nuevo en la habitación: la luz sigue encendida. Ellos duermen. Sus mochilas y maletas, abiertas, están desparramadas por el suelo. La mía sigue en la consigna, bajo llave. De repente me siento algo culpable. Me desnudo y los observo dormir a los tres. Sonrío. «¿Apago luz?», digo. «Yes, sir», me contesto. Y dormimos todos a oscuras, a la europea.
ARITMÉTICA SIMPLE PARA EL PESO URUGUAYO
Estación Tres Cruces, propina para el que te da la maleta: 5 pesos (¿es mucho?, ¿es poco?: ni idea). El boleto para el ómnibus urbano: 13,50. ¿Un cortado? 25, la mitad que una entrada para el Festival de Cine de Montevideo. «Lavado neutro y brushing: 65» (por cierto, «GRAN OFERTA», según la peluquería que lo anuncia). Medio litro de cerveza en La Pasiva y dos panchos con mostaza —suavecita, rica, muy rica, con un leve toque de picante—: 10 pesitos más que un lavado neutro con brushing (que a saber qué será, me pregunto yo, que soy pelado). Brótola a la plancha con puré de papa, 120 pesos, sesenta más barata que la iba con salsa de champiñones. Canadiense y una cerveza: 215, lo mismo que una entrada en platea para ver a Falta y Resto. No es que sea una ganga, pero convengamos que es más barato que «Manos y pies: 245» o «Depilación: 255» (en la misma peluquería de antes, pero ahora en forma de pancarta, colgada de árbol a árbol, atravesada en la calle Colonia). O que Irrupciones, un libro póstumo de Mario Levrero, que cuesta cinco pesos más que depilarse.
Por cierto, duda existencial: ¿me depilo o me compro el libro? Tic, tac, tic... ¿Y una manicura integral? Parece frívolo, pero es más barato que el albergue de mochileros, 300 pesos por noche, con oxígeno a repartir con hasta siete seres humanos. Incluso es más económico que el ítem estrella de la pancarta peluquera: «Pilates: 450». Tic, tac, tic... ¿Depilación o manicura? Paso por una librería de saldos y pregunto de nuevo por Levrero. Me explican que recién se ha muerto y que no hay segunda mano, sólo alguna primera edición de La ciudad, claro que por el precio de tres noches en el albergue. «¿Y alguno sin usar?». Me enseñan Dejen todo en mis manos y La máquina de pensar en Gladys: el combo cuesta quince pesos más que la cuota mensual de pilates, 465 pesos. Dicen que Uruguay es un país de gente culta... Puede que lo sea, pero yo diría que con estos precios pronto será más bien uno de gente depilada, musculosa y con las uñas impecables.
MURGA FALTA Y RESTO (y 2)
Cuando se apagan las luces y se alza el telón, el teatro asemeja un estadio de fútbol: el público ruge, se convierte en una sola voz. Entonces aparece Raúl Tinta brava Castro y dice que contará la historia de un tal Viruta:
(...) Mistongo berretín el del Viruta. De los primeros poetas anarquistas que asolaron el arrabal montevideano allá por el taitantos. Bate la leyenda que en sus horas de cárcel y silencio garabateaba unos versos rantifusos, versos mugre, prosa prohibida con olor a humedad, y que cuando salía de la leonera se los iba a gritar a voz en cuello frente a los balcones de los poderosos, a la puerta de las mansiones más bacanas, como un quijotesco intento de socavar con su poesía los hipócritas cimientos de la sociedad burguesa. Poesía de acción directa la llamaba.
Y la gente aplaude, vitorea; se ve que cada quien está incómodo con el Sistema a su modo. El guevariano progaleanista, la adolescente del cumpleaños de quince, las parejas apasionadas, las no tanto, las jóvenes escotadas, los gurises con acné, el gallego y su delator de tres años, todos parecen encontrar en el discurso murguero algo con lo que identificarse. La poesía de acción directa es lo que tiene.
Tras casi dos horas de «versos mugre», de «prosa prohibida con olor a humedad», el teatro es un hervidero. Los bises son con la luz encendida, con la gente de pie y batiendo palmas, con ovaciones cerradas para cada tema que desgrana la banda, con la sensación de que es octubre pero que con dos canciones más podría suceder el milagro y ser febrero, ser carnaval. Tanta fraternidad murguera me hace sentir como un blanquito europeo en mitad de un coro gospel.
La murga desciende por la escalera hacia la platea y, sin parar de tocar, avanza entre el público, que sale detrás de ellos hacia la calle. La misma esquina que antes engullía gente sin parar, ahora es un remanso de improvisados bailarines y cantantes que corean a la murga. «En esto debe de consistir, más o menos, ser montevideano», infiero.
Es de noche. Casi las doce. Cruzo la plaza de Cagancha y regreso por 18 de Julio hacia Intendencia tarareando unos versos rantifusos que aprendí en los bises: «Parece mentira las cosas que veo / por las calles de Montevideo». Adiós juventud se llamaba la canción.
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