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EL AUMENTO DE LOS CONTENIDOS SEXUALES
EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN
Entre la abstinencia
y el sexo desenfrenado
Hoy los medios de comunicación occidentales viven una intensa y creciente liberación sexual. En EEUU, las estadísticas dicen que casi 8 de cada 10 programas incluyen contenidos relacionados con el sexo. Tres especialistas —Dolors Comas, Félix López y Manuel Lucas Matheu— analizan para Teína los rasgos del bombardeo mediático que sufren los españoles y cómo este influye en el público infantil y joven. También hablan de la importancia del afecto como un valor ético ineludible con el que enriquecer la sexualidad.
Juan Pablo Palladino
juanpabloteina@yahoo.es
Ilustración: Collaterages
Sexo, sexo y sexo. Esta palabrita viaja cada vez con más frecuencia por las pantallas televisivas, las páginas de la prensa escrita y, sobre todo, el mundo virtual de Internet. Claro, los contextos discursivos en que va montada se revelan tan diversos que resulta cuando menos irresponsable sintetizar en una sola valoración sus consecuencias sociales, sobre todo para las mentes jóvenes más permeables. Y sí, la proliferación de formatos y de concepciones en la sociedad hiperconectada dibuja un paisaje variopinto donde conviven informaciones valiosas con basura informativa. ¿El problema? La complejidad de discernir, tanto en el ámbito familiar como en el institucional, unas de otras, y la diversidad de baremos que existen para hacerlo. Al debate asisten, junto con cada interlocutor, varios condimentos determinantes: educación sexual, ideología y creencias religiosas. Así, a un panorama de productos variado e inabarcable se añade otro igual de diverso como son el de los consumidores y el de las organizaciones sociales. Al final, cualquier conclusión termina catalogada como peligrosa: o atenta contra algunas morales, o transmite concepciones sexuales nocivas, o influye sobre el libre ejercicio de los medios de comunicación. La discusión naufraga: mejor no hablar de ciertas cosas y que cada cual actúe según su juicio.
RÍOS DE TINTA ROJA
El dato evidente es la proliferación de contenidos sexuales. Los medios escritos presentan cada vez más secciones y noticias relacionadas con el tema. Internet ofrece 111 millones de entradas cuando se introduce la palabra ‘sexo' —en español— en el archiconocido buscador Google; 786 millones si se escribe en inglés. Y sólo basta citar algunos indicadores para demostrar esta tendencia en la televisión de EEUU (principal país exportador de formatos y contenidos audiovisuales) (1):
- De los 20 programas más vistos por adolescentes, el 70 por ciento ofrecía contenidos sexuales. En 1998 —fecha del primer estudio—, ese porcentaje era del 56, y en 2002 del 64 por ciento.
- Dos tercios —68 por ciento— de los programas, incluyen conversaciones sobre sexo; y el 35 por ciento de ellos, comportamientos eróticos.
- En los principales canales de televisión, casi 8 de cada 10 programas —77 por ciento— incluyen contenido sexual. En 1998 el porcentaje era de un 67 por ciento y en 2002, del 71.
¿UNA SOCIEDAD MÁS ABIERTA?
Si pocos cuestionan el aumento de referencias sexuales en los medios, lo contrario ocurre cuando el debate se centra en la calidad de estas. Hay opiniones para todos los gustos. Y en el fondo, la incertidumbre sobre si tanto destape denota per se una mayor libertad sexual de las sociedades en el sentido de que evolucionan hacia su autoconocimiento, comprensión y tolerancia. Para Dolors Comas d'Argemir i Cendra, Consellera Secretària del Consell Audiovisual de Catalunya, está claro que el sexo ha dejado de simbolizar un tabú. Y algo de esa desmitificación se la debe, dice esta socióloga, al Mayo del 68. Aunque en el fenómeno de Internet, aclara, la explicación reside más bien en «la dificultad creciente de socializar la experiencia humana, como fruto del creciente individualismo, que hace buscar más allá del entorno directo». Félix López Sánchez, profesor de Psicología Evolutiva y de la Educación en la Universidad de Salamanca, coincide en cuanto a que hoy existe mayor libertad que en otras épocas. «Los derechos individuales han llegado al terreno de la sexualidad», asegura. Y ello implica que las personas pueden tomar decisiones, «gestionar su vida sexual y amorosa». Otra cosa es el criterio con que eso se desarrolle, es decir, la sabiduría para mantenerse crítico ante los fuertes discursos que intentan inclinar la balanza moral. Para este experto en educación sexual [ver entrevista en este dosier], al espectador se lo bombardea desde todos los flancos y de manera constante. Dos de ellos, dicotómicos, destaca: el de la moral conservadora que pregona la abstinencia —representada por la Iglesia— y el del consumo obligatorio del sexo. Ambos, en su opinión, «muy negativos». Menos optimista sobre las libertades se muestra Manuel Lucas Matheu, presidente de la Asociación Estatal de Profesionales de la Sexología. «No», responde con rotundidad, más que una liberación «vivimos una frivolización de la sexualidad», que adopta visos de espectacularidad. «Un espectáculo al que además es difícil sustraerse, incluso a los propios sexólogos nos cuesta cuando nos encontramos frente a los medios», advierte. A su juicio, la liberación se debe asentar sobre dos pilares básicos. Uno, la formación para la libertad, «que se consigue educando para la democracia, la equidad entre hombres y mujeres, entre edades y entre formas de vivir la sexualidad». Dos, infundiendo conocimiento: «Cuanto más sabemos más capaces y maduros somos de tomar una opción sexual». Por el contrario, para Lucas Matheu, en España la educación —base fundamental para reinterpretar las informaciones provenientes de cualquier institución— se aleja de todos estos principios hacia un enfoque «meramente preventivista para el que importa sólo evitar los malos rollos». Esto es: cómo sortear enfermedades de transmisión sexual y embarazos.
LA OBJETUALIZACIÓN DEL PLACER
¿Cómo muestran los medios el sexo? El terreno de campo asoma, cuanto menos, polisémico. «Hay de todo, si decimos que las personas son diversas, imagínate esto; no se puede realizar una juicio sumarial», aclara López Sánchez. Luego, destaca dos tendencias cuya frecuencia, dice, preocupa a los expertos. A saber: «La banalización y la incitación al consumo obligado y necesario de la sexualidad, en vez de mostrarla como una decisión personal, responsable y placentera». Y la transmisión de modelos «negativos», como acentuar las miserias de las relaciones de pareja u ofrecer visiones contradictorias sobre el enamoramiento. «Por un lado, sugieren que éste justifica cualquier conducta y, por otro, que dura muy poquito; ambas cosas no calzan, también hay que decir hay gente que lo pasa bien después de mucho tiempo junta». Dolors Comas lo tiene claro. «Más información no implica necesariamente más educación sexual». A su juicio, falta «incorporar las dimensiones afectivas además de las “técnicas” o lúdicas del acto sexual». Vincular el sexo a los sentimientos. «Si lo que resulta problemático no son los cuerpos cargados de sexualidad. A la inversa: lo que irrita es que estén privados de ella cuando los convierten en mercancía» y los aíslan de toda relación humana, asegura. Del otro lado: el aumento de abortos entre adolescentes o el paso de la represión a la obligación de practicar el sexo para «no ser diferente». Síntomas que encarnan, para esta socióloga, un modelo de sexualidad dominante. La objetualización del sexo le imprime a éste «un valor aparente, pero implica, en realidad, su desvalorización». UNA EXCELENTE FÓRMULA COMERCIAL
Otra vez el debate sobre la responsabilidad social de los medios. Y otra vez los combates ideológicos sobre la libertad moral y de elección de las personas en una democracia. Un debate cargado de intencionalidades y mitificaciones. Y en el fondo, como casi siempre, prima la libertad de empresa. «Los medios están perfectamente orientados, saben cómo vender, porque la sexualidad nos interesa a todos. ¡A todos!», exclama Lucas Matheu, quien ilustra: «A los religiosos los primeros, obsesionados con el tema, basan todo en el sexto mandamiento». Sánchez López está de acuerdo con que se trata de una materia muy eficaz para lucrar. «La sexualidad se consume de forma directa en revistas de todo tipo e indirecta como medio de publicidad». Quizá por eso el profesor adquiere un tono grave al advertir que se trata de una de las «pocas cosas tan susceptibles de manipulación». Como alude Lucas Matheu: «La sexualidad tiene una enorme capacidad de enriquecernos cuando la miramos de frente y la vivimos con madurez. Y otra igual de hacernos daño cuando intentamos machacarla, frivolizarla, reprimirla o ningunearla». Esto implica la necesidad de abordarla de modo pedagógico, para generar «valores, capacidades, aptitudes». En este sentido, nada menos idóneo que «el morbo y el espectáculo».
REPERCUSIONES SOCIALES Y UNA ESTRATEGIA
¿Cómo valorar, entonces, los riesgos de este tratamiento mediático? «Yo no creo que exista ningún riesgo», sorprende Lucas Matheu. Lo que existe, en su opinión, es algo quizá más alarmante: «un hueco», la carencia de la función social de la orientación. Aunque reitera que hay medios y profesionales responsables. Dolors Comas añade que conviene vivir la sexualidad sin tabúes y que ésta se encuentre presente en el entorno, el cual incluye a los medios. Pero urge «reflexionar sobre su despersonalización y cómo la educación sexual debería reforzar esa dimensión afectiva». A Sánchez López le inquieta, sobre todo, las repercusiones de una sexualidad pública tan adulta y descarnada sobre los niños. «Puede dejarlos sin infancia», asevera. Se explica: «Si bien tienen intereses sexuales propios de su edad, que les atraigan más los trapos sucios de las parejas en la televisión o la escena sexual violenta con la que anuncian la película de la noche, no es la mejor escuela para la vida». ¿Y sirve de algo en este ámbito el polémico control sobre los medios? Sánchez López prefiere ser realista: el asunto es complicado. Además, reconoce que siempre está latente el miedo de que quitar independencia evoque épocas pasadas. A lo que se debe aspirar, dice, es a «combinar los derechos individuales de libertad con el respeto a una serie de gustos o maneras de funcionar sociales». Así que, más allá de las regulaciones y para enfrentar los discursos que pretenden adoctrinar las conciencias en algún sentido, él propone el conocimiento. Esto es: «Aprender a consumir los productos sexuales, igual que ocurre con los alimentos».
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