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ESCENA DE PEDRO MONTALBÁN KROEBEL, DRAMATURGO BRASILEÑO Ilustración: Paloma Gómez —«La violencia se extiende por el país. Asesinato. Incidentes violentos en los que murieron. El llanto la desesperación y la cólera. Atentado. El efecto de la bomba. Los disparos del terrorista. La furia. Asesinada. Golpe militar. Violencia política. La multitud lloró, gritó y mostró su rabia. Capacidad nuclear. Violencia. Brutal atentado. Ira y desesperación. ¡Vergüenza para el asesino! ¡Vergüenza para los asesinos!». Son palabras. —«Un ataque terrorista. Atentado suicida. Las protestas más violentas. Murieron ayer en los disturbios y enfrentamientos». Palabras encontradas. —«Destrozaron. Incendiaron. Saquearon. Bloquearon con barricadas. Una frenética escalada de violencia». Palabras. Son palabras encontradas al azar. —«Virulencia. Salida de las tropas. Despliegue militar. Destacamentos fronterizos. Estado de máxima alerta. Acto abominable. Barril de pólvora. La acción de las balas. La metralla del atentado». Más palabras encontradas al azar. Y sólo he llegado a la página tres. Qué importa que el diario sea de hoy o de ayer, si mañana será igual. Son palabras que selecciono al azar como guijarros en la arena de estas hojas y que voy cargando en el saco de mi conciencia. —¡Qué aroma! Qué equilibrio tan perfecto entre el té negro fermentado y la cítrica fragancia del aceite de bergamota. Yo aspiro el perfume de mi té Earl Grey, mientras al hombre que aparece en la foto le aprisiona el aroma de la muerte, el de la carne quemada de los cadáveres que le rodean tras la explosión. Un instante basta para que desaparezca el sutil aroma de mi infusión. Él en cambio llevará el olor de la muerte cosido a su memoria mientras viva. —Me salto páginas. «Ablación. Paliza. Golpeada. Secuestro. Violación. Amenaza. Asesinar. Ataque». Es inútil huir. El azar me golpea con más palabras. Necesito lavarme las manos. Me asquea la tinta que exudan las páginas del diario. Un poco de agua tibia y jabón perfumado bastan para que me desprenda de esa pátina negruzca. Ella en cambio, la mujer de la foto, no conseguirá borrar las manchas de sangre que salpican su rostro. No hay lejía suficiente en el mundo para que ella borre las huellas que han quedado en su piel. —¿Qué puedo contestar? ¿Qué le digo a mi hija? ¡Sólo tienes trece años! ¿Qué página del libro de Historia puedo recomendarle? «Irak. Bosnia. Golfo. Vietnam. Napalm. Hiroshima. Auswitchz. Civil. Mundial. Tres reinos. Cien años. Cruzadas. Púnicas. Troya». Son palabras encontradas al azar. ¿Necesito explicarle lo de Caín y Abel? ¡Sólo tienes trece años! No puedo romper su feliz cascarón y asustarla con que ahí afuera el hombre es un lobo para el hombre. ¿Qué puedo decirle? ¡Sólo tienes trece años! —La bomba atómica de Hiroshima mató a 120 mil personas y tenía 14 kilotones. ¿Cuántos kilotones bastan para matar a un millón de personas? Miedo. Terror. Furor. Ira. Crueldad. Devastación, Ruina. Son palabras encontradas al azar. ¿Cuántos muertos cada día? Escondo mi cabeza tras el diario y cierro los ojos.
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