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TEXTO Y REPRESENTACIÓN: VIEJAS DISPUTAS, NUEVOS LENGUAJES Se buscan palabras que nazcan del movimiento La disputa entre texto y representación viene de lejos; sin embargo, la tecnología y el deconstructivismo del teatro moderno acentuó el conflicto. La palabra necesita reinventarse para esta nueva escena donde el poder del cuerpo y los elementos escénicos la igualan en protagonismo. En este nuevo panorama surgen autores como Rodrigo García o Angélica Liddell que asumen todos —o casi todos— los papeles y ejecutan integralmente sus obras, desde la escritura a la puesta en escena. Alejandra Garrido Ilustraciones: Paloma Gómez
Compañero de exiguas certezas, ambiguas intuiciones, crecientes desasosiegos y contradicciones permanentes, solidarizo con tu precaria condición de bígamo del computador y el escenario, siendo infiel a ambos, perdedor siempre de esa lucha imposible entre el lenguaje y el espacio. En la actualidad este conflicto se ve acentuado por la tendencia hacia la deconstrucción. La nueva dramaturgia ofrece textos sin acotaciones, otros con más acotaciones que texto e incluso algunos donde el acotador es un personaje más. Las historias —en el caso de que las haya— se cuentan fragmentadas, a retales, y requieren que las imágenes escénicas, el cuerpo del actor o la imaginación del espectador las completen durante la representación. Esta tendencia, que busca mostrar el pensamiento de una manera más cercana a cómo este se produce en la realidad, también es una necesidad reclamada desde la escena actual, donde el uso de imágenes y el cuerpo del actor han desplazado de su protagonismo al texto. A pesar de que autores, directores y grupos coincidan en la búsqueda de nuevas maneras de contar, eso no garantiza que el resultado en el escenario logre una comunión entre esta nueva palabra y la escena. Es más, este tipo de dramaturgia mucho más libre permite cualquier cosa, y eso hace que la idea original del autor pueda transformarse incluso en lo contrario de lo que él pretendía. Por eso, muchos autores contemporáneos que no trabajan directamente en la escena aún se empeñan en delimitar muy bien las acotaciones acerca de cómo debe ser representado su texto. En este tipo de creaciones la figura del director parece presentarse como omnipotente y podría pensarse que esto va contra el espíritu colectivo del teatro; sin embargo, es justamente al revés. Detrás de estos nombres —Liddell, García— hay un equipo de trabajo que se implica personalmente con lo que está contando. Así, el actor recupera su sentido de creador políticamente posicionado. El libro Políticas de la palabra presenta un análisis revelador sobre este asunto. Allí, cuatro creadores españoles —Angélica Liddell, Carlos Marquerie, Sara Molina y Esteve Graset— reflexionan acerca de la postura de la palabra en el teatro contemporáneo y muestran algunos de sus textos. Estos cuatro autores presentan la rara condición de ser creadores integrales de sus propios espectáculos. Todos piensan sus obras desde sus respectivas poéticas teatrales, que son tan específicas como sus textos, es decir, las piensan desde la inmediatez material y física del acontecimiento escénico, que es también acontecimiento de la palabra. La lectura del libro deja claro algo sabido desde siempre, pero que hoy cobra más vigencia que nunca: el poder de la palabra escrita no es el mismo que el de la palabra representada. Y de ahí deriva la potencia que adquiere la palabra escrita cuando es representada por quien la crea, porque es una palabra que nace en la escena al mismo tiempo que los movimientos, que el sudor del cuerpo del actor. Y es que, pese a que los autores se muestren disconformes con las puestas de sus obras, se produce algo rico y propio del teatro: en el paso de ese texto a la realidad de cada lugar y de las personas que lo representan, se produce un acto de creación genuino. De todas maneras, y como señalaba Jorge Díaz en su discurso, el dramaturgo está dividido y quiere entrar en los dos mundos, pasar de la soledad de su habitación a la fiesta del escenario, aunque en ese camino tenga que sufrir más de una decepción. Y es que, de todas las artes, el teatro es la única en que lo colectivo es indispensable, y por ello el dramaturgo sabe que, cuando entrega un texto, renuncia a una parte de él.
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