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FABULOSAS NARRACIONES POR HISTORIAS, UNA NOVELA DE ANTONIO OREJUDO Elogio de la parodia como gran literatura Lúdica, irreverente, alegre... Cualquier calificativo sobre la primera novela de este escritor madrileño remite al padre del género, Cervantes, y a escuderos fieles, como Eduardo Mendoza o Augusto Monterroso. Con la Generación del 27 y la Residencia de Estudiantes de fondo, Orejudo satiriza el sistema literario a costa de vacas sagradas como Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez o Gómez de la Serna. Rubén A. Arribas
Eso vindica este libro allá por la página 369, a falta de diez para terminar. Una sentencia rotunda que rubrica con orgullo de legionario la filiación de la novela, Fabulosas narraciones por historias, y del autor, Antonio Orejudo (Madrid, 1963). Y es que poco terreno se dejó sin trillar el padre del género hace 400 años en ese campo fértil a la literatura del siglo XX de cuyo nombre, el Quijote, tanto posmoderno no quiere acordarse. Como si de una toma de postura frente a la moda literaria o comercial fuera, este narrador exhibe sin pudor el carné del partido en que milita. Eso sí, la deuda cervantina excede las citas-homenaje. Don Miguel está presente en dos ejes fundamentales del libro: el tono paródico y la escritura desde el disgusto estético. Si el Quijote se burlaba desde el primer renglón de los libros de caballerías y prefería los hidalgos manchegos sin alcurnia a cualquier celebridad mata-endriagos, Fabulosas... se carcajea del prejuicio de que para ser buen escritor hay que mostrarse serio, altivo y formular pensamientos impenetrables que sólo entienda uno mismo. Y si Cervantes escrutaba la literatura de su tiempo y criticaba feroz a quien no sudaba el sueldo de escritor, Orejudo parece atentar contra la novela intimista, la literatura en primera persona y el yugo del Régimen de Verosimilitud (ese incordio totalitario al que se someten los escritores realistas). Entre una cosa y otra, el narrador omnisciente de esta novela recuerda al libertino de Robe Iniesta vestido de Jesucristo García cantando enterito Iros a tomar por culo. Igual igual, pero con la Generación del 27. Para mí el mal endémico de nuestra España se llama Ortega y Gasset. ¿Qué os parece si esta noche vamos a su casa, violamos a su esposa, a sus hijas y a él le damos por el culo? (...) Yo, que soy el maricón, le doy por el culo, y vosotros le cagáis encima. Bueno, tú, Santos, puedes cepillarte a su mujer, si es que todavía te siguen gustando las mujeres maduras. Pues eso: los universitarios de esta novela están más cerca de Alex y sus drugos de La naranja mecánica que de Lorca, Dalí, Buñuel y compañía. Eso sí, la animadversión de los chavales hay que tomarla en plan metafórico, como un cabreo tremendo contra el poder que ejerce lo que Pierre Bordieu llamaría «la dictadura del buen gusto» (y que suele coincidir con la del aburrimiento y la mediocridad). También como una rebelión generacional o como una especie de freudiano matar al padre, puesto que Orejudo se considera hijo de los escritores del 27. Con la excusa de contar cómo este trío calavera —un criador de cerdos y avezado pajillero, un sobrino de José María Pereda y un sobrino tuerto de Azorín— dejan de ser amigos con el paso de los años, el narrador parodia el mundo literario al completo. Y no deja títere con cabeza: las tertulias, las lecturas públicas, las vacas sagradas, los cenáculos donde intriga la gente con licencia para publicar,... Todo tiene cabida en este gran «cocido» —por usar la expresión del narrador— que es la novela. Orejudo mete en el puchero personajes de la década del 20 que salen de putas y se emborrachan juntos, pero más que un disparatado fresco de época le sale una metáfora del presente. Al menos, cómo retrata las ansias de medrar, la importancia del sexo o quiénes fijan los criterios comerciales más peregrinos para publicar resulta tan válido antes como ahora. Y si no, ojo al párrafo (Juancho es Juan Ramón Jiménez): —Juancho es un hijo de puta. Él y otros cuantos que son como él se dedican a promocionar a los cuatro maricones de los que están enamorados. A los demás no sólo les ignoran, sino que incluso les hacen la vida imposible. Es una cuestión de dineros y de culos; nada de problemas estéticos o exquisiteces. Dineros y culos, ese y no otro es el problema —Martini dixit frente a la mirada desaprobadora de Pátric y la divertida de Babenberg, que quiso halagar sus oídos: —Tiene usted una mente conspirativa formidable, Martiniano. A mi amigo Tzara le encantaría conocerlo. Y a André Breton también. Asimismo, en la prosa abundan los guiños a otros cervantistas ilustres. Los más notables son al Eduardo Mendoza de La ciudad de los prodigios, con quien comparte la pasión por convertir el texto en una máquina imparable de disparar historias y personajes secundarios. Pero también —oh, misterio, porque la novela mendocina es de 2002 y esta de 1997— al de El último trayecto de Horacio Dos, cuyo comandante comparte aficiones con el bedel Iglesias de Fabulosas... Si el primero dicta que las formas de una mujer merecen «un punto por encima de sinuosas y tres por debajo de opulentas», el segundo puntúa la asistencia a la conferencia inaugural que dará Juan Ramón Jiménez como «recomendable para la convivencia pacífica entre los españoles (sube un punto la nota final, hecha la nota media de todas las asignaturas)». Es decir: la novela reivindica el humor en la literatura; está en el origen del género. Y es que Orejudo suscribiría esa máxima de Augusto Monterroso, cuando este hablaba de Cervantes: «La gran literatura es paródica». Porque humor, alegría y ganas de pasarlo bien escribiendo es lo que transmite este libro que consigue que Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset o Gómez de la Serna no vuelvan a ser los mismos para el lector. En definitiva, una novela que evoca los pasajes más veloces, irreverentes y desopilantes de la tradición en lengua española.
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