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VIAJES IMAGINARIOS PARA CONSTRUCCIONES APARENTES
Nuevas ciudades invisibles
(parte 2)
Áurea, Cristiana, Itziar y Fedra son los cuatro nuevos destinos imaginarios cuyo relato toma como punto de partida Las ciudades invisibles de Italo Calvino. Como en la primera entrega, tras la mirada del viajero se esconde la metáfora que explica la ciudad que este recorre sorprendido con los ojos.
Alberto Torres Blandina
albertukituk@yahoo.es
Fotos:_conchicu y santi sánchez

LAS CIUDADES SUTILES
Había escuchado hablar de Áurea pero jamás la había pisado. La conocía por sus alegres canciones que hablaban del goce de vivir y siempre me animaban en los momentos amargos. La conocía por sus famosos poemas sobre el amor y la amistad. Por sus postales de plazas llenas de flores y cafés repletos de gente. Por el sabor afrutado de su vino y su proverbial sentido del humor.
No me defraudó lo más mínimo. Disfruté de una copa de vino en la plaza más animada de Áurea, pendiente de las bromas del camarero y de un músico callejero que alegraba el alma con su acordeón. Durante años fui el más fiel defensor de los encantos de Áurea. Hasta que coincidí en el camino con un hombre triste. El hombre más triste que jamás he conocido y que, según me dijo, había nacido en Áurea. ¿Cómo se puede nacer en Áurea y no ser feliz? , le pregunté extrañado. Entonces me contó que los habitantes de Áurea odian el vino y son más bien de temperamento solitario. Todos y cada uno de ellos está deseando que acabe el día para volver a casa y, en la soledad de su hogar, el músico compone melancólicas canciones, el poeta canta sobre el dolor y el paso inescrutable del tiempo. Los camareros, en silencio, lloran recordando un viejo amor.
LAS CIUDADES Y LOS INTERCAMBIOS
En Cristiana hay 365 habitantes. Ni uno más ni uno menos. Cada día uno de ellos (elegido por riguroso sorteo) es el encargado de ser el extranjero . Se viste con ropa de lejanos países y pasea por la ciudad observándola atentamente: sacando fotos, comiendo en sus restaurantes y comprando souvenirs en las callejuelas del centro. Algunos intentan timarle y otros le ayudan con consejos sobre lo que bajo ningún concepto debe dejar de visitar. Unos se ríen de su extraño acento y otros le enseñan las palabras más útiles para desenvolverse en la ciudad. Días después, estos falsos extranjeros todavía hablan a su familia de la belleza de Cristiana. De sus monumentos, sus plazas y lo concurrido de su mercado. Nostálgicos.
LAS CIUDADES Y LOS OJOS
Los mapas antiguos hablan de Fedra. La describen como una ciudad diferente a todas las demás. Demasiado diferente tal vez. Por ello a la entrada de Fedra hay un extraño cartel donde se puede leer: se aconseja a los caminantes entrar sin sus pupilas, bajo riesgo de nunca ver Fedra . A pocos metros hay otro cartel de idénticas dimensiones: se aconseja a los caminantes entrar sin sus piernas, bajo riesgo de nunca pisar Fedra . El tercer cartel dice: se aconseja a los caminantes entrar sin su memoria, bajo riesgo de nunca recordar Fedra . El último resume de alguna forma los anteriores: se aconseja a los caminantes despojarse de sí mismos, bajo riesgo de nunca estar en Fedra.
Aquellos que desoyen las advertencias y siguen adelante, cuando son preguntados, hablan de los carteles como una broma absurda. Después, si son interrogados sobre las características de la ciudad, afirman convencidos que no existe tal ciudad, que tras los carteles sólo había un amasijo de piedras, gentes y objetos apilados sin ningún sentido.
LAS CIUDADES
Y EL CIELO
En Itziar hay un hombre santo que recibe instrucciones del cielo. Los Dioses y los Antepasados le hablan desde allí y le dicen cómo debe conducirse la ciudad. A veces, si los vecinos desean hacer algún cambio (reemplazar el nombre de una calle, dar una licencia de mercado o elegir nuevo presidente del club de caza) el hombre pregunta al cielo. No se sabe que nunca haya respondido. En Itziar todo sigue igual desde hace años.
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