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MONTEVIDEO

Sencillez y mansedumbre
a la manera uruguaya

 

En primavera, la capital de Uruguay ofrece espléndidas postales para quienes la visitan. Y no sólo por la nitidez de su cielo, la blancura inmaculada de sus nubes o los atardeceres idílicos en la Rambla; por Montevideo circulan toda clase de historias, desde la Plaza de Cagancha hasta el Barrio Sur.


Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

UN DULCE RUGIDO SILENCIOSO
Es como si la envejecida Montevideo, en este mediodía de primavera, promediando el mes de octubre, fuera en sí una despaciosa y nítida postal onettiana. En la plaza de Cagancha, la ciudad viste colores rotundos, exuberantes, definitivos. A derecha y a izquierda, es decir, a lo largo de la avenida 18 de Julio —brújula de cualquier indicación en esta ciudad—, el cielo brilla con ese ingenuo y radiante celeste con que los niños lo pintan en la escuela primaria. Las nubes, inmaculadas, recortan con pulso también infantil el límpido techo de la ciudad. Bananos y palmeras se yerguen frondosos por doquier, y le dan un toque de exuberancia tropical al decadentismo arquitectónico que impera en el centro urbano. Incluso dejan sobre las veredas una pelusilla color Río de la Plata, color dulce de leche, color piel de león. En este remanso de ciudad a cámara lenta, todo es calma, todo es mansedumbre, todo es cielo.

LA ZORRA DE PAOLA
Paola es del interior del Uruguay. Eso me dice ella. Yo todavía no sé distinguir su acento del montevideano, pero sí advierto que su tonada es dulce, más suave, menos arrastrada que la porteña. Noto que su voz suena natural, sin impostaciones, sin tanta exageración shesheante —yo, pollo, llamá ya— que tanto les gusta a los vecinos del otro lado del río. Paola es morocha de piel, de caderas tiernamente maternales, con el pelo algo rizado y negro, sencilla en sus modales, tan sencilla que come con las manos una naranja mientras me explica que hoy a una amiga suya «la chocó guarango camión con zorra». «¿Cómo?», me digo, «¿qué dijo?». «Guarango camión con zorra», me repito mientras veo a Paola cómo mastica tranquila la naranja e intento descifrar si dijo zorra porque se trataba de una camionera, si zorra es algo distinto de lo que yo entiendo por guaranga, si es que el camión o el coche de su amiga chocó con una Vulpes fulva hembra que andaba suelta por la ciudad y de ahí el accidente... Nada, ni idea. Por suerte, la amiga está bien y dice que esta noche, además del cumpleaños, celebrará que ha vuelto a nacer. Guay, creo que ya lo tengo: ¿la habrá arrollado un camión enorme con acoplado, volquete o algo así? Puede ser; a la noche lo buscaré Google.

 

LA BANDERA VENDE HELADOS
Es viejo. Es canoso. Cojea de la rodilla derecha. Es el único que arrastra un carrito de helados en la plaza de Cagancha. Y lo hace sincronizando el avance de sus muletas al del trasto del que tira, con gran dignidad, como corresponde a sus canas. Vende helados Crufi. Pero eso no lo dice él, que coloca el puesto en silencio, como si pensara que la única manera de caer más bajo, con tal de sobrevivir al exceso de edad, fuera ser atropellado por su propio medio de vida en una espléndida mañana como esta. Que son helados y que son Crufi lo dice el parasol que abre para protegerse del astro rey y promocionar, de paso, la mercancía. Además de «palito de agua», «palito de leche», «crufito» y «palito bombón», la oferta incluye sándwiches y barritas de cereales, según un papel manuscrito. Pero este profesional del bocado fresco contra el calor resulta indisimulable no por la cojera, sino porque viste los colores de la empresa: el blanco de las nubes para la camisa y el celeste fuerte del cielo para la gorra, las zapatillas y las tiras verticales de las mangas de la camisa. Es decir: se anuncia a sí mismo con los colores nacionales. Eso sí, el uniforme incluye pantalón gris, como el presente de esa rodilla maltrecha de hombre que ve imposible jubilarse de una vez.

 

FEDERICO RECOMIENDA
Por la noche, en el albergue me acerco hasta el mostrador y le cuento a Federico que Paola me había pedido que le pagase a él mi estadía, que ella no tenía cambio para pagarle con pesos argentinos. Asiente. Me pide que espere un segundo mientras le da una toalla a dos chicas con pinta de yanquis que se quieren ir a cenar. Lo miro mientras busca mi nombre en el listado de huéspedes. Viste una camiseta roja donde los Simpson homenajean a los Ramones. Lleva una pulsera de cuero. Barba de varios días. Ronda los 25 años. Delgado. Pelo corto. Intenta ser punk , pero no del todo. ¿Español? Sí, le digo; pero vivo en Buenos Aires. ¿Montevideano? Sí, me contesta. Abre el cajón que hace de caja registradora, lo mira y me dice que sigue sin haber cambio para que le pague en pesos argentinos, pero que no me preocupe, que, si no tengo muchos pesos uruguayos, que le dé algo ahora y que mañana le dé el resto a Verónica. Mientras le pago los 300 de esta noche, le explico que compré dos libros y que en la tienda no admitían pago con tarjeta.

—Sí, acá con tarjeta está complicado —me dice.
—475 pesos entre los dos... Más caro que dormir una noche aquí —le digo.
—Sí, son caros los libros acá. ¿Y qué te compraste?
—Dos de Mario Levrero.
—Ah, encima esos son muy finitos.
—Menos de un dedo de grueso.
—Pero es bueno Levrero. Acá está muy reconocido. Afuera no sé. ¿Lo conocen allá, en España?
—Más o menos.
—¿Y en Buenos Aires?
—También más o menos, aunque más que en España, desde luego.
—Levrero y Onetti sí que son escritores; Galeano y Benedetti, no; esos son sólo para niñas jipis modernas. El otro que a mí me gusta es Mario Delgado Aparaín, La balada de Johnny Sosa. Esperá, que te lo anoto.

Tomo el papel que me da. También me recomienda una revista donde él escribe, Pimba. Le escribo mi correo electrónico y, como los demás a esa hora, le pido una toalla para ducharme: yo tengo hambre, él tiene que seguir trabajando.

 

NARVAJA: RUMOROLOGÍA URBANA (I)
Paola. «Montevideo es muy democrático para la inseguridad: te pueden asaltar en cualquier barrio. Si andás al Tristán Narvaja, yo que vos dejaría los documentos en la habitación».
Verónica. «No, no, tranquilo, igual vos no tenés mucho de turista. A los que roban suelen ser a los altos, rubios, con pinta de anglosajones».
Ana . «A ese mercado tenés que ir con lo puesto. Dejá los documentos en el hotel. Mi marido y yo vamos así, como me ves ahora, con las manos en los bolsillos».
Héctor: «Bah, complicados son el Barrio Sur, que es medio fulero a la noche, o las ramblas portuarias, también a la noche. El Tristán lo podés caminar tranquilo: es domingo a la mañana».
Marga . «Vos andá, pero no olvidés que estás en América Latina... Como vayás regalado, no sé, con la cámara al cuello y un cartel en la cabeza que diga ‘turista', capaz que te meten la mano al bolsillo del pantalón o de la mochila».
Federico. «Andate sin problema. Si a vos lo que te gustan son los libros, tenés que ir: allá conseguís de todo y a buen precio; eso sí, tenés que revolver y revolver... Capaz que encontrás algo de Aparaín, no sé».

 

DE LAS PULSIONES MONTEVIDEANAS
Entre Paraguay y Río Negro, en pleno centro urbano, discurre la calle Colonia. En esta singular cuadra, los vecinos disfrutan en apenas 50 m —por orden de aparición— de una elegante tienda de vinos, una whiskería de medio pelo, un templo de la Iglesia de Jesucristo de los Últimos Días, una librería que vende rompecabezas de Winnie The Pooh —«35 piezas, 2 a 4 años, Walt Disney, gigante, piezas a tamaño real»— y un cine porno. Sí, un cine porno. Biógrafo 1 se llama este lugar de perdición, y está al lado de la librería, frente a la iglesia, en un acto militante a favor del relajo moral contra las fervorosas plegarias de los culposos cristianos de turno. En su pastoral, el pornotemplo anuncia en tipografía Word Art su oferta en sesión continúa para los feligreses desencantados o de paso por cualquiera de los otros negocios de la zona, es decir, para los selectos paladares ávidos de Ruttini, los plebeyos de amplias tragaderas etílicas, los cristianos hijos del dios agónico o los progenitores adictos a los juegos educativos. Por cierto, ¿qué dan hoy en la parroquia del placer? Las golosas , Placeres prohibidos y Noches calientes. Desde las 10 de la mañana. Ideal para después del primer café con leche.

 

ENTRE PUNJAB Y EL AMOR DE PAOLA
Paola es capaz de reírse de sí misma, de contar sus desgracias con la sien apoyada sobre la palma de la mano, despreocupada por el auditorio: sabe que casi nadie la entiende aquí: la mayoría de los mochileros en este albergue son eslovenos, australianos, polacos, indios, bueno, sobre todo indios, que son tres pero que valen por diez porque son quienes más tiempo pasan en el albergue (¿será porque no han venido de turismo?, ¿será porque les encanta leer en Internet las noticias de su pueblo, Punjab, desde Montevideo?, ¿será porque son vegetarianos en el país donde lo único sagrado es endiosar a las vacas sobre una parrilla?), en fin, que quizá por eso Paola se muestra como es, natural, y ríe, y cuenta lo primero que se le pasa por la cabeza, por ejemplo que tiene el corazón endeble desde marzo. Ah, guarango camión con zorra el amor. Amargo sabor el de esta segunda media naranja tan dulce, ¿verdad, Paola?

 

CANDOMBE SUR
Negros o blancos, casi todos los que aporrean el tambor se han vendado los dedos con esparadrapo. La mitad del grupo son achocolatados o muy achocolatados. La otra mitad —diez— son blancos, aunque varios de ellos muy morenos, bronceados como albañiles a los que el sol les ha dibujado con pulso firme la manga de la camiseta alrededor del bíceps. Muchos lucen el torso desnudo, para tocar así más cómodos; sin embargo, otros visten camiseta sin mangas con estampaciones de grupos tan poco candomberos como los Rolling Stones. Los percusionistas tocan, están centrados en golpear el tambor, sólo el cuero del tambor, con la mirada al frente, avanzan a ritmo lento por la calle, se encaminan hacia el trance. A su alrededor, el público que los acompaña prefiere elevar su espíritu con algo de marihuana —aunque apenas parece haber más de un cigarro rodando por ahí—, también con algunas botellas de cerveza Patricia, que pasan de mano en mano, de boca en boca, de litro en litro para combatir el calor. Curiosamente, apenas circulan mates y termos. En las ventanas o en la puerta de las casas, sí, ahí la gente chupa de su yerba mientras observa cómo desfila el grupo en esta tarde de sábado. Son las 6 y media. Hace calor, también mucha humedad y, en verdad, a lo que más huele es a barrio.


NARVAJA: RUMOROLOGÍA URBANA (y II)
Rubén.
«Estuve en el mercado de Tristán Narvaja. Sobreviví. Y además de los cuatro delincuentes que hay en cualquier rastro o mercadillo que trapichean con lo que robaron entre la noche anterior y hace cinco minutos, vi más o menos lo esperable: puestos donde venden torta frita a 7 pesos, calzoncillos y gorras a 10, manzanas a 18, championes a 20 (amén de llaves y sartenes oxidadas que no sé muy bien para qué, pero que al parecer se venden). También estaba el clásico loco gritando contra el gobierno, y sí, muchos libros a precio asequible, sobre todo si uno busca autores no uruguayos: resulta más barato comprarse las disquisiciones de Umberto Eco sobre Joyce que encontrar las obras completas de Horacio Quiroga a un costo razonable. Por lo demás juro que vi a una pareja con aspecto de australianos, de metro ochenta y algo cada uno, rubios, mochila al hombro —saco de dormir incluido—, cámara al cuello y comprando un choripán. Nadie los asaltó».

 

OPINIONES PUNK
Por error, por desconocimiento, porque me gusta, cuando Federico me explica que colabora como periodista musical en varias publicaciones de la ciudad, le menciono que me gusta Jorge Drexler, uno de los pocos músicos uruguayos que conozco (perdón Jaime Ross, perdón La vela puerca, perdón a todo el que haya que pedir perdón). Como si fuera una pelota blanda que cae del cielo, Federico la pega de volea sin más, como si la guitarra de Johnny Ramone fuera una raqueta de tenis en manos del Bart Simpson punk de su camiseta roja:

—A mí, Jorge Drexler me rompe ya las bolas.

 Amén. Never mind the bollocks. Dios salve a la reina y, por si acaso, a Mario Delgado Aparaín.

 

CANDOMBE SUR (II)
Avanzamos por Isla de Flores hacia Ejido, a paso lento. Los candomberos tocan. Sincronizan los golpes, avanzan. Detrás de ellos, un par de jóvenes, borrachos y con la camisa abierta, van de un lado para otro, cerveza en mano. En la parte delantera del grupo, dos niños de unos 5 años imitan a sus mayores: él golpea el tambor con la mano y un palo, ella contonea las caderas y disfruta de la llamada a los dioses que hacen los varones. Delante de la pequeña danzan tres chicas más; cualquiera de ellas podría ser su madre. Una va subida a unos tacos de cinco dedos de alto, mira a través de unas gafas oscuras que le ocupan media cara y, aunque se sabe más rellena y dobla casi en edad a las otras dos, también se siente la más linda y ondea el culo como si estuviera ofreciéndose en éxtasis a su club de fans. Y es que las otras dos —vaqueros, pulóver deportivo y zapatillas con cámara de aire— bailan delante de la muchachada como si hubieran cambiado la clase de aeróbic por menear un rato el trasero a la hora de la merienda. Se nota que en el barrio se lleva con mucha alegría lo innecesario de ser una sílfide para vivir feliz con una misma. Eso sí, lo que no hay acá son anglosajones con cámara colgada al cuello.

 

PAOLA SE SIENTE MUJER
«Fue lindo, fue hermoso. Yo, por fin, supe dejarme querer; supe comerme un par de prejuicios de esta niña jipi que vos ves y me dejé tratar bien». Paola dice que fueron diez días de intenso flechazo con un italiano. Un amor que no será porque él regresó a Europa y decidió quedarse allí. Un amor que fue y que ya no es porque ella se quedó en Uruguay y se dijo que este no era el momento para seguirlo. «Dejé que me diera la mano por la calle, que me invitara a cenar, que pagara el hotel cuando viajamos a Colonia... Aunque claro, entonces yo estaba sin un solo peso», admite. Aunque este amor ya no será, confiesa, eso no le impide ponderar a su amante, cuyo nombre no da, cuya ciudad tampoco revela, de una manera que muy pocos otros hombres oirán y que él probablemente ya no sabrá: «Me hizo sentir mujer, muy mujer; todavía lo quiero». Ay, Paola, ay, guaranga empanada mental la del amor.

 

CANDOMBE SUR (III)
Cortamos San Salvador. Un percusionista abandona el grupo: la tapa del bombo se le despegó y él la muestra con cara de fastidio. Cortamos Gonzalo Ramírez. Tambores y más tambores que redoblan, que se aceleran, que dialogan los unos con los otros, que cambian cada tanto de patrón. Bajamos por Ejido hacia el Río de la Plata y aparecen algunos conventillos. Nos detenemos entre Cebollati y La Cumparsita: un último cambio de ritmo en la percusión, otro coche más cuya alarma se dispara debido al estruendo. Fin de trayecto. Redoblan los candomberos, aplauden las novias, los hijos dan un beso a sus padres, el grupo acompañante se disuelve. Al fondo, a una cuadra, una gasolinera y la rambla, el atardecer haciéndose crepúsculo, el río dulce que parece mar.

 

EL CREPÚSCULO EN LA RAMBLA
A la altura del Parque Rodó, el atardecer en la rambla montevideana recuerda los paseos marítimos de los pueblos mediterráneos: mucha agua, mucha gente armada de cañas, guitarras, patines y besos. Mientras tanto, entre mate y mate, el sol se entibia y se esconde en el río, y el horizonte mantiene su sencillez casi infantil: arriba un rectángulo naranja crepuscular, abajo otro, negro azulado. Es una geometría plana. Es como si el mundo pudiera dividirse en dos, como si la textura de la tarde estuviera reticulada por el pincel de Joaquín Torres García. A lo lejos resuenan los tambores de Barrio Sur, que se apagan conforme la noche ahoga los últimos destellos del día. Poco a poco, la rambla se contagia de la mansedumbre del río, al que apenas se lo escucha escurrirse entre las piedras de la orilla. Y de nuevo todo es cielo, todo es calma.


 

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