Invitación al viaje

La frontera extraviada


Itinerarios

EE.UU.: Una pincelada mínima desde la costa para alumbrar un país

Montevideo:
Sencillez y mansedumbre a la manera uruguaya

Capadocia (Turquía): Isolina prefiere los campos de pistachos a saber del Kurdistán

Canciones nómadas

Saxaes: todo el jazz del mundo en cuatro saxofones y una percusión

Ciudades invisibles

Nuevas ciudades invisibles (parte 2)





 

 

EE UU: LA RUTA DE LOS FAROS DE EDWARD HOPPER  

Una pincelada mínima desde
la costa para alumbrar un país

 

La costa de Nueva Inglaterra inspiró al pintor Edward Hopper una serie de cuadros dedicados a los faros marítimos. Con su habitual técnica minimalista, el pintor dejó en sus lienzos una muestra de la soledad que acompaña a los habitantes del estado de Maine, y por extensión a los estadounidenses. Hoy muchos turistas recorren el camino trazado por Hopper en esos cuadros.


Alberto Torres Blandina
albertukituk@yahoo.es

 

La accidentada costa de Nueva Inglaterra fue una de las fuentes de inspiración del pintor Edward Hopper. Lo descubrí en las pequeñas tiendas de souvenirs de los pueblos costeros del estado de Maine, donde las reproducciones de los óleos y las acuarelas del artista neoyorquino conformaban el mayor reclamo para los turistas. Sin saberlo, cuando tomé la decisión de alquilar un coche y conducir de faro en faro, estaba haciendo la ruta de los faros de Hopper.

Los faros, por austeros que sean, siempre desprenden una magia especial. Quizá porque se alzan en litorales abruptos, donde el mar golpea salvaje contra las rocas. Quizá porque abren numerosas puertas en nuestra imaginación: el capitán del barco abrazado a su timón en una noche de tormenta o la soledad del farero. Hoy en día la tecnología se ha llevado ambas imágenes, pero no las evocaciones que los faros despiertan en nosotros.

A Hopper le gustaba mitificar lo banal. Sus cuadros siempre dicen más de lo que vemos. Cuando retrata a una mujer podemos imaginar una historia tras sus gestos, su mirada o el espacio concreto en el que se encuentra. Sus pinturas de seres corrientes realizando acciones cotidianas no deben confundirse con el costumbrismo. Son fragmentos de un relato que, si observamos unos segundos, comienza a desvelarse como por arte de magia. La soledad tras una joven leyendo en el tren o la incomunicación de esa pareja silenciosa en la barra de un bar. Inquietan sobre todo las miradas perdidas. Miradas que abren el cuadro a un universo invisible pero rabiosamente presente: el de los recuerdos.

Algunos dicen que Hopper es el pintor de Norteamérica. Yo diría que Norteamérica es sólo el escenario. Lo que Hopper hace es aprovechar la imaginería y el espacio estadounidense para contar historias humanas. Me recuerda al escritor Raymond Carver, cuyos relatos transcurren en unos pocos minutos, lo suficientemente lúcidos para que el lector pueda adivinar todo lo que no se ha dicho. Hopper sólo necesita un instante. Un instante que congela al modo de los impresionistas franceses, de quienes tanto aprendió durante su estancia en París.

De sur a norte conduje por el litoral de Maine, deteniéndome en muchos de aquellos horizontes con faro que habían seducido a Hopper. Que el pintor eligiera los faros de la costa de Nueva Inglaterra como motivo para sus óleos y acuarelas, después de lo dicho, es casi obvio. Nada como los faros para mostrar la soledad. Un paisaje natural, salvaje, matizado por la torre de luz. El único elemento humano, sobre las rocas, enfrentándose al océano. Y los turistas —como yo mismo— a varios metros, fotografiándolos. Fascinados por su encanto como le ocurrió a Hopper.

 

 

Arriba