Dice ser tímida,
pero irrumpe atrevida, espontánea e intuitiva en cuanto
la rodea: las costumbres de su ciudad, los gestos de su familia
o los objetos atesorados. Así lo atestiguan sus trabajos
fotográficos Salteños (2000), Aproximación
(2005) y Fotos al óleo (en proceso). Todos ellos
a color, y en los que retrata eso que más conoce: su espacio
cotidiano, aunque sin caer en el costumbrismo. Con certezas pero
también con dudas, deseos e insatisfacciones interpela
obstinadamente a esa cultura donde se formó.
Nació
en Francia, pero pasó su infancia en Pedro Luro y a los
11 se fue a vivir a Salta, ciudad que la marcó profundamente;
tanto que en Salteños, su primer trabajo, se
preguntó por las costumbres de su gente. A los 18 años
decidió estudiar Imagen y Sonido en Buenos Aires, donde
vive desde entonces. Trabajó en películas como
La niña santa de Lucrecia Martel y El bonaerense
de Pablo Trapero. Otros trabajos fotográficos son: Aproximación,
que explora a las mujeres de su círculo íntimo
en situaciones cotidianas, y Fotos al óleo,
que investiga las fotografías pintadas al óleo
que
fueron
muy populares durante las primeras décadas del siglo
XX, pero de las cuales hoy casi no existe documentación.
Por el contrario,
en el living de su casa, Florencia sí atesora mucha documentación.
Allí hay una gran biblioteca con libros, muchos de ellos
relacionados con su profesión: Martin Parr, William Eggleston,
Gretel Stern, Martin Chambi... Del otro lado, sobre una mesa,
hay una carpeta grande, de unos 50 x 70 cm, que parece contenter
trabajos suyos. Es fin de diciembre y hace calor. Florencia
ofrece unos mates mientras, con voz dulce y baja, le habla a
su hija Irene de 2 años. Al rato Enrique, su marido,
pasa hacia la cocina y desde allí saluda. Ella vuelve
con el mate, se sienta y despliega sobre la mesa la carpeta:
ahí están todas sus fotografías.
¿Cómo
te relacionaste con la gente en Salteños?
A veces conocía a las personas y otras no, pero a
los lugares sí los conozco porque son los que frecuento
cuando estoy en Salta. A este bar (Madrid Snooker Club) no era
la primera vez que iba, al río voy siempre, conocía
casas antiguas y además preguntaba a todas mis tías
abuelas y a las señoras grandes qué casas lindas
se acordaban que había en la ciudad. Para sacar la foto,
pedía permiso porque no tenía necesidad de hacer
sí o sí una en particular, y además la
gente accedía la mayoría de las veces. Y si alguien
me decía no, bueno, estaba bien: hay otros señores,
otros motivos que fotografiar; no era un problema. En otros
casos el fotógrafo esta al límite y se juega a
sacar la foto sí o sí, por ejemplo, cuando se
trata de una denuncia. Acá no era el caso.
Algunos
son momentos muy íntimos, como la persona que duerme
en el río, ¿no?
Sí, son lugares muy familiares para mí. El
señor de la guitarra, por ejemplo, me cantó dos
zambas. No lo conozco, pero existe una historia compartida entre
ambos. Que alguien tenga una guitarra en el río, se le
esté mojando y cante medio borracho es común para
mí. No me sorprende la situación. Alguien que
no es de Salta a lo mejor se sorprendería; pero en mi
caso forma parte de un recorrido habitual en el que hay millones
de acontecimientos así, y mis fotos son sólo 30.
Ellas transmiten los valores que aprendí en Salta, qué
es valioso y qué no, y eso cambia de ciudad en ciudad.
La pertenencia al lugar genera una relación propia, diferente
a la que tendría alguien que viene con otros valores,
que disfruta otras cosas y que tiene otros conflictos.
LOS
HOMBRES NO LLORAN
¿Por qué elegís situaciones que
te son familiares?
Porque tienen que ver con la cultura en la que crecí.
Con Salteños descubrí algunos deseos
personales: me pregunté cómo ser mujer, qué
casa quiero o qué familia, por ejemplo. Es muy fuerte.
Los íconos de la cultura quedan fijos en una imagen y
hablan de un estilo de vida. En esta foto (Día de los
estudiantes) donde dos jóvenes muestran sus músculos
y se ve, desafiante, su auto detrás, si bien es divertida,
también evoca la imagen de una sociedad machista. Ellos
tienen que ser fuertes: «Los hombres no lloran».
A la vez, ese razonamiento lo encuentro, por ejemplo, en mi
pareja. Desde que nos conocemos Enrique habrá llorado
sólo 2 ó 3 veces, y yo más o menos 10 mil.
Hay
fotos donde se ven situaciones violentas, como en la del árbol
mutilado…
Esos (Árbol cortado) son los restos del árbol
que estaba en el patio central de una casa de principios de
1900, que hasta tenía las paredes de adobe. Están
demoliendo esas
casas
de un modo brutal. No digo que haya que conservarlas todas,
pero sí que no hay políticas que permitan preservar
al menos algo de ellas. Además, hay muchas otras cosas
violentas. Un año nuevo salí a hacer fotos y,
en una fiesta, a mi hermano Ramón lo patearon en el piso
siete tipos. En Salta es fácil que la gente se agarre
a piñas, y no podés aislarte porque interactúas
con eso. Por más que yo fantaseara con que estaba ajena
a la ciudad, tuve que aceptar que formaba parte de ese tejido
social.
¿Cómo
ves el movimiento en la sociedad?
Salta es más estática que, por ejemplo, Buenos
Aires. Se mueve muy lento. Hace poco descubrieron en el cementerio
de la ciudad fosas enormes de desaparecidos. Un grupo de la
facultad de Humanidades de Salta realizaba allí un trabajo
sobre el oficio del cuidador de cementerios. Durante la charla
el cuidador les dijo: «Bueno, y en esa parte hay unas
fosas de la época difícil... Ustedes ya saben.
No se pueden tocar, y la pared con aquellos nichos tampoco,
porque ninguno tiene nombre». ¿Cómo que
no se pueden tocar? «No, hay una orden de un juez que
dice que no se pueden tocar». ¿Pero cómo
llegaron los cuerpos ahí? «De noche, cuando entraban
los camiones Unimog del Ejército» (1). Esto se
conoció hace un mes, y desde el 82 son más de
20 años para que en Salta se pueda hablar de ello.
EL
FESTEJO DE REALIZAR LA FANTASÍA
¿Qué fue lo que te interesó para
profundizar en las quinceañeras?
En la fiesta de 15 se presenta a la mujer en sociedad. Es
el momento en que deja de ser una niña para asumirse
como mujer, para formar pareja y luego casarse. Me interesa
la forma en que se construye esa fantasía de la princesa.
Porque en esa fantasía se mezcla la realidad personal
con lo que vimos en cuentos como la cenicienta. Admiro la espontaneidad
de decir «Quiero un vestido turquesa brillante»
y hacerlo, que no importe usar un collar de plástico
que imite las piedras preciosas, todo sólo con tal de
realizar la fantasía. La gente humilde ahorra años
para hacer la fiesta, y me parece que está bueno. Mis
fotos son una reacción al estereotipo de los retratos
que muestran a los pobres aborígenes, los pobres gauchos.
En la ciudad hay millones de situaciones divertidas, con energía.
De todos modos, tampoco me quedo con la foto bella
del social. Hay un personaje que sale movido: ¿quién
es? Parece el padre, el fotógrafo, el diablo, la espalda
sale blanca por el flash. Hay también dudas
y preguntas.
¿Tu
mirada funciona como una crítica?
No, esa no es la intención. A veces la gente lo ve
como una burla, pero creo que tiene que ver con el espectador:
es él quien se burla un poco. De todos modos, en la foto
hay elementos que pueden funcionar como disparadores. Por lo
demás, el salteño se ríe de sí mismo:
es chistoso. El señor del perro pila (2) inventó
poner el perro ahí, en su mano; para mí fue insólito.
Y si me preguntás: ¿te estás riendo de
este señor? La verdad es que no y sí. Me estoy
riendo, él se rió también de sí
mismo al poner el perro así. Y no sé si esta mal.
Como la quinceañera que dijo «Quiero un vestido
turquesa...» y se lo hizo. Más bien lo festejo
y lo admiro. En mi caso, soy tímida y eso me impide,
por ejemplo, hacerme el vestido brillante. Pero a partir de
ese momento, me animé de a poco a hacerme vestidos que
me gustan.
HACÉ
LO QUE VOS SABÉS HACER
Aproximación aparece como un trabajo
más personal, ¿verdad?
Sí, son todas mujeres de mi círculo íntimo:
mi suegra, mi tía mi hermana, mi mamá, mi amiga,
mi mejor amiga, mi otra hermana. Mientras tomábamos mate
o charlábamos hacía las fotos. Ninguna modelaba,
los gestos son propios de cada una. La mano entre las piernas
(Ivana) tal vez esta ahí por la timidez que sintió
mi amiga mientras la fotografiaba: no todos reaccionan igual
frente a una cámara.
¿Encontraste
con Aproximación cosas propias también?
En este trabajo me detengo, estoy ahí. No voy apurada.
Descubrí cosas nuevas de las personas que fotografié
y de mí, sobre todo en lo que tiene que ver con lo femenino,
con ser mujer, con estar cerrada o no. Fue mirarme. La foto
donde se ve el mar termina la serie, y para mí es mirar
hacia delante. La sensación de alivio y de placer, porque
el mar tiene algo de eso.
¿Y
Fotos al óleo?
Es un trabajo en proceso. Mientras hacía Salteños,
entraba en casas antiguas donde había retratos fotográficos
coloreados al óleo, y me resultaban muy atractivos. Los
fotografié, pero ninguna de las fotos que les hice me
gustó; por eso quedaron fuera de Salteños. Las
fotos al óleo eran muy populares, se hicieron millones
en el país y no existe documentación que hable
de ellas, entonces empecé a comprarlas en los mercados
de pulgas, y llegué a coleccionar 60. Probé un
montón de ideas y finalmente hice una serie donde cambié
los retratos del lugar donde originalmente estaban en las casas.
Y ahí dije «¡Ah!, me gusta». Eso les
dio un brillo, una chispa.
¿Tenés
un método de trabajo?
Me llevó un tiempo entender mi propia metodología,
las primeras veces que salí a hacer fotos me encontré
un poco perdida. Cuando conseguí la beca para hacer Salteños
pensé «¿Ahora qué hago?», y
Enrique, que es muy futbolero, me dio una recomendación:
«Todos los entrenadores le dicen a los jugadores que acaban
de comprar “Hacé lo que vos sabés hacer».
Y así fué como encontré mi modo de trabajo:
jugando en la cancha. Como no preparo con anterioridad
la toma, las desiciones surgen espontáneas, me dejo guiar
por la intuición; observo algo que me interesa, lo acompaño
técnicamente y confío en que en el camino encontraré
la foto.
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