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CARLOS BELMONTE, DIRECTOR DEL INSTITUTO DE NEUROCIENCIAS DE ALICANTE, ESPAÑA
«¿Y si papá quiere que su hijo sea Mozart?
Hoy no es posible, pero quién sabe dentro de 30 años»
La agresividad animal responde, sobre todo, a la necesidad de sobrevivir. De ahí que determinada violencia gratuita que se da en la sociedad proceda más de una disfunción del sistema nervioso que de una realidad biológica. Según este científico, aunque el hombre ha avanzado mucho en el estudio del cerebro, ese saber todavía está «en pañales». Asimismo, señala dos límites para los tratamientos que operan sobre la mente: los éticos y los naturales. Juan Pablo Palladino
«Violencia es cuando las cosas no se hacen por las buenas». Carlos Belmonte elude así distinguir qué comporta una actitud violenta y otra agresiva. En este sentido, puede decirse que el director del Instituto de Neurociencias de Alicante evidencia un lenguaje característico de un científico: un discurso despojado, al menos en apariencia, de connotaciones ideológicas o sociales deliberadas. Por eso, cuando Teína le sugiere que violencia es un conducta propia de los humanos que consiste en el despliegue de la agresividad con la intención de causar daño físico o psicológico, él niega con rotundidad.
«No es propia de los humanos ni tampoco persigue necesariamente causar daño físico o psicológico, ese es el medio, no el fin», responde. Y añade enseguida: «La violencia resulta de la necesidad de defendernos y de alimentarnos; de hecho, es raro que exista de modo gratuito en las especies animales: algunas juegan violentamente, pero casi como un entrenamiento para cuando la situación es grave». Para este científico, lo que se entiende «socialmente» como violencia representa más un «mal funcionamiento del sistema nervioso que una realidad biológica». En otras palabras, que los animales en general, y los carnívoros en particular, despliegan agresividad porque lo necesitan, «pero no por el placer de causar daño». RADIOGRAFÍA DE UN CEREBRO VIOLENTO
Como explica en el artículo principal y en la entrevista José Sanmartín, director del Centro de Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, la biología puede condicionar el ejercicio de la violencia en algunos sujetos. En la mayoría, sin embargo, son factores sociales y culturales los que afectan las características orgánicas y generan una predisposición agresiva. En todo caso, el cerebro funciona de forma distinta en las personas violentas y en las más pacíficas. Belmonte trata de explicar, con términos sencillos, cómo el órgano que aloja ideas y emociones puede inducir temperamentos.
«Tenemos en nuestro cerebro circuitos casi preimpresos que nos hacen reaccionar de una manera bastante estereotipada, incluso a las personas, frente a determinadas situaciones muy primarias», indica. «Circuitos que han quedado a lo largo de la evolución, es decir, que hubo una selección natural por la cual los individuos que podían huir o defenderse sobrevivieron mejor que los que carecían de esas capacidades». En ese largo camino, continúa Belmonte, la especie humana ha adquirido «parámetros» que, frente a urgencias, determinan reacciones de modo natural. Entre ellas: dilatación de las pupilas, taquicardia, subidas de presión. «Mecanismos biológicos que nos preparan para que nuestros músculos actúen; para salir corriendo o agredir», especifica. El componente emocional que acompaña a estos cambios orgánicos pueden ser el miedo o la cólera.
«Estos mecanismos se disparan con estímulos que percibimos como agresivos; en concreto: la amígdala cerebral [una parte con forma de nuez] se activa inmediatamente ante el peligro». Ahora bien, aclara: «Como pasa con todas las estructuras del sistema nervioso, esta puede funcionar mal y accionarse por estímulos para los cuales no estaba originalmente diseñada, es decir, que puede haber sujetos gratuitamente agresivos; pero eso nos pasa con el dolor y con tantas cosas». En otras palabras: un buen de los circuitos nerviososo implica que se activen ante una amenaza física «real y coordinen una respuesta física defensiva (ataque o huida) proporcionada». En algunas personas, ello aparece a partir de estímulos externos o por elaboraciones internas «inadecuadas», dando lugar a una conducta violenta «socialmente inexplicable e inaceptable».
TRATAMIENTOS PARA FRENAR LA IMPULSIVIDAD
«Los circuitos cerebrales son muy plásticos y, si se actúa de manera adecuada, se pueden modificar algunos», asegura. Por ejemplo, mediante la psicoterapia o los tratamientos farmacológicos. Claro que, cuanto más primarias resultan aquellas conexiones, más difíciles de modificar a posteriori. Ahí radica la gravedad de estimularlas en los niños: el tiempo las consolida.
Tales métodos para frenar la impulsividad se aplican, entre otras, a las personas con fobias. Estas afecciones consisten en el disparo del miedo de forma «totalmente injustificada»; por ejemplo: cuando ven un perro.
Belmonte se confiesa, no obstante, «menos optimista respecto a la capacidad de modificar» algunas conductas. Todo depende, insiste, de cuánto comprometan a la estructura cerebral. Para hacerlo gráfico: depende de la profundidad a la que se encuentre la raíz del problema, esto es, si son superficiales o muy patológicas, «como ocurre en los pederastas».
Y si bien reconoce que los avances de las investigaciones para modificar rasgos violentos han sido espectaculares, aclara que la ciencia se encuentra aún en pañales. «La farmacología controla cada vez más algunos aspectos de nuestra conducta, como las esquizofrenias o las paranoias, pero está en un estado rudimentario, esto es: no ha logrado el nivel de especificidad para actuar sobre determinados circuitos y sólo sobre ellos».
Además, aunque el cerebro se muestre plástico dentro de límites concretos, para Belmonte esta misma condición implica que sea más fácil «ir a peor que a mejor» en esas intervenciones. Así, dice, aunque una nutrición rica, con una exposición afectiva adecuada permiten desarrollar las capacidades cerebrales, parece bastante simple también estimular determinados circuitos que estipulan actitudes negativas.
LÍMITES ÉTICOS A LA MANIPULACIÓN DE LA MENTE
A los límites prácticos de operar sobre el cerebro, se suman las restricciones éticas. Belmonte descarta cualquier rodeo en este sentido: «Me refiero a cualquier tipo de manipulación», aclara. «El problema es que se están abriendo una serie de vías que desconocemos hacia dónde nos conducirán». Algo que, como él mismo admite, sucede con todos los avances científicos. Y que obliga a revisar ventajas e inconvenientes.
«Hay elementos positivos y otros, al menos discutibles», adelanta. Elige como ejemplo el método que se conoce como magnetoestimulación y que permite incitar al cerebro desde fuera para que el sujeto experimente emociones. «Eso abre unas posibilidades que pueden ser utilizadas bien o mal», señala. Puestos a elucubrar sobre los pasos de estos avances, quizá leer la mente constituya cada vez menos una idea propia de la ciencia ficción: detectar las áreas cerebrales que se activan permitirá reconocer emociones y quizá pensamientos. Sin ir tan lejos, incuso, el director del Instituto de Neurociencias de Alicante comenta que algunas compañías ya usan métodos para «probar el agrado» que causan ciertos productos en los consumidores. Lo hacen por medio de la imagen cerebral de algunos circuitos relacionados con la recompensa. Aspectos positivos: «Hoy entendemos mejor la drogadicción y la podemos atar más porque sabemos cuáles son los circuitos que provocan la demanda de esas sustancias», menciona el científico. Y se anima a imaginar: «Quizá en conductas antisociales patológicas que están vinculadas a determinada organización genética podamos reorganizarlas». Pero entonces irrumpen, seguro, los conflictos éticos.
«En los límites que tienen esas manipulaciones radica el problema», explica. Y refleja la esencia de estos dilemas en una supuesto más cinematográfico que real, pero por ello mismo clarificador. «Hoy sabemos por qué un buen músico lo es: tiene unas capacidades que otros no, un tipo de cerebro que está vinculado a la impresión de determinados genes. ¿Y si mañana un papá dice que quiere que su hijo sea como un Mozart? Bueno, pues ahora le diremos que no es posible, pero quién sabe dentro de 30 años».
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