El cerebro es plástico, no es una masa de hormigón. Quizá por su cualidad descriptiva, esta es una de las ideas que más impactan entre las que José Sanmartín, catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Valencia y director del Centro
Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, ofreció en la entrevista con Teína. Y es que mucha gente piensa que el órgano, cuya evolución distingue al humano del resto de las especies animales, se asemeja a una piedra cuyos rasgos vienen dados y resultan imperturbables. Si eso fuera cierto, el carácter personal respondería a estos atributos innatos, y explicaría por qué algunos reaccionan con vehemencia ante las circunstancias de la vida y otros, con tranquilidad y reflexión. Sin embargo, hasta las piedras son modificadas por las vicisitudes del tiempo.
En rigor, nada más lejano de la realidad: el cerebro tiene la capacidad de reconfigurarse —siempre dentro de ciertos límites, pero suficientes para cambiar— en la mayoría de las personas. De hecho, los estímulos externos, sociales y culturales afectan al ordenamiento biológico hasta disponer en gran medida su funcionamiento. Por eso Sanmartín le atribuye tanta importancia a la educación, sobre todo en las primeras etapas del crecimiento, y alerta sobre el peso que tienen la escuela y los medios de comunicación.
¿Toda conducta agresiva es una conducta violenta? En otras palabras: ¿la agresividad es sinónima de violencia?
No, la agresividad y la violencia se manejan usualmente como sinónimos, pero esto es erróneo. La primera es una conducta innata que se despliega automáticamente frente a determinados estímulos y se inhibe frente a otros. La violencia, en cambio, es una conducta intencional más que automática que puede dañar, es decir, que es la agresividad deliberada. Y esta es la que nos distingue de algunos animales.
¿Cuáles serían estos elementos inhibidores que regulan la agresividad dentro de nuestra especie, y cuáles sus probabilidades de éxito?
Los gestos, sobre todo, acompañados de determinados sonidos. Gestos de sumisión, llanto, etcétera. Su operatividad, bueno..., es la que le deja la educación, que influye en todos los elementos biológicos del ser humano. En este caso concreto los gradúa y les permite una mayor o menor capacidad. Un terrorista, por ejemplo, es educado para que esos inhibidores naturales tengan una eficacia escasa o nula sobre él.
EL INTENTO DE CONTROL: FACTOR COMÚN
¿Todos los tipos de violencia son equiparables, es decir: todos pueden mirarse bajo un mismo prisma?
Todos coinciden en ser acciones u omisiones intencionales que causan o pueden causar un daño. Pero claro, la violencia puede clasificarse a su vez de maneras muy distintas: atendiendo al tipo de perjuicio, al agresor, la víctima, el contexto, incluso a la finalidad. Por ejemplo, la violencia de género es la que se perpetra contra la mujer por el hecho de serlo, el eje que se maneja en esta categoría es el género. Mientras que en la violencia doméstica es el lugar: el hogar, la casa. La psicopática, por su parte, se clasifica desde quien la provoca: una persona que tiene afectadas, al menos, su conciencia emocional y las vertientes afectivas y de relaciones interpersonales, de modo que lo empatiza con los otros y los manipula.
¿Pero es posible encontrar un origen común en la violencia individual y en la institucional? En concreto: ¿existe algún tipo de paralelismo entre la persona que pega a otra a la salida de un estadio de fútbol y los Estados que invaden o atacan a otros matando a miles de personas?
¡Hombre! Si en lugar del individuo que sale del estadio usted me dijera un terrorista que atenta contra los miembros de las fuerzas de seguridad del Estado, pues sí le diría existe un paralelismo. Igual que lo existe entre el terrorismo insurgente y el de Estado: ambas formas de acción persiguen atemorizar a
una audiencia lo más amplia posible para controlarla. Ahora, mire usted: no me atrevo a decir todas, pero en casi todas las formas de violencia, sean perpetradas por individuos o instituciones, parece existir un factor común: el intento de control, de dominio, de sumisión, de sometimiento de la voluntad del otro. Esto se da en la violencia contra la mujer en la pareja, en el maltrato infantil, contra personas mayores, en el terrorismo de Estado (al privar a la gente de libertad de expresión, por ejemplo).
CONTEXTOS VIOLENTOS
Le haré referencia a dos posiciones bien enfrentadas a lo largo de los últimos siglos. ¿Dónde se originan las acciones violentas, en causas externas a las personas —educación, vida familiar, sociedad, etc.— o en los rasgos biológicos de cada individuo?
Se lo diré de una manera poco científica: hay gente que nace con defectos de fábrica. Gente que por esos problemas de corte biológicos, que pueden ser o no ser genéticos pero que sí son biológicos, resultan propensos a adoptar actitudes violentas. Hoy sabemos que estos conforman una minoría extraordinariamente reducida; las estadísticas más extremas hablan de un 10 a un 15 por ciento de los agresivos; el resto lo es por factores sociales. ¿Pero eso quiere decir que la biología no desempeña un papel? ¡Claro, hombre, si nosotros somos animales! Y como tales tenemos una serie de características que nos determinan: somos materia. No obstante, la biología es más bien el límite sobre el que opera la
educación. En otras palabras: está en lo más hondo del ser humano y sobre ella se monta todo un entramado educativo, que algunos llaman ambiental o sociocultural. Y ese entramado llega a cambiar incluso el sentido biológico. Piense, por ejemplo, en el significado que tiene hoy el sexo: ¿qué relación encuentra con la procreación? Muy poca. ¿O qué tienen que ver nuestros hábitos gastronómicos con nuestras necesidades alimenticias? Muy poco, también. Hasta el organismo sufre el peso social, que puede llegar a reorientarlo. En fin: la mayoría de violentos resulta de una interacción entre los rasgos biológicos y los socioculturales, que desempeñan un papel decisivo.
¿Esto significa que nuestros condicionantes genéticos pueden verse afectados por nuestra historia personal?
Eso significa bastante más de lo que usted está diciendo. Nosotros actuamos según lo que dicta nuestro cerebro, y este no es una masa de hormigón con la que nacemos y que permanece imperturbable a lo largo de nuestra vida. La parte más importante de este órgano, la prefrontal, donde habitan las ideas y los sentimientos, es plástica. Ello implica que las experiencias ambientales la reconfiguran y llegan, incluso, a producir la aparición de nuevos circuitos. ¡Pero si es que la educación resulta importantísima! No va a cambiar nuestro genoma, pero sí permite al cerebro reordenarse a partir de ciertos límites.
EL INFLUJO DE LOS MEDIOS:
UNA REALIDAD MANIFIESTA
¿Y qué instituciones pesan más en la configuración de las actitudes violentas en la sociedad actual: la escuela, la familia o los medios de comunicación?
La familia es el elemento clave, aunque existe una cierta delegación de funciones por su parte. No obstante, lo que te ocurre en el marco familiar, incluso en los primeros momentos de tu existencia, influye en cómo seas de adulto. Recuerde las
teorías, cada vez más corroboradas por la comunidad científica, del apego seguro o inseguro: cómo te sientes respecto a tu figura afectiva principal, que de normal es la madre o el padre. Eso incide de manera decisiva en el comportamiento normal o patológico que pueda desarrollar una persona durante su vida. En otras palabras: es la base que empieza a llenar la mochila con la que andaremos; de acuerdo con lo que metamos allí nos comportaremos en gran medida en la escuela, con los amigos, en el trabajo. Ahora bien, como dije antes, aunque la familia es la institución principal, en nuestro tiempo están cobrando cada vez más peso como aparatos educadores, como inculcadores de afectos e ideas interiores —no quiero decir buenos o malos, ¿eh?—, esto es, los medios de comunicación.
Entonces, cuando un niño crece viendo productos audiovisuales crueles puede desarrollar una conducta violenta.
Cuando yo empecé a trabajar en estos temas, allá por los años 80, había un gran debate respecto de si los medios influían en la activación de la violencia, un debate que continuó hasta hace una década. Desde entonces desconozco expertos que ponga en duda que los medios inciden de una manera concreta: sí, influyen. Incluso sabemos que, además de afectar al aprendizaje de conductas agresivas, es decir, al mimetismo de esas actitudes, también lo hacen en cómo las personas perciben el mundo. En rigor, quienes consumen una dieta pesada de violencia televisiva suelen ser individuos que aprecian la realidad con características mucho más violentas de las que existen. Los medios influyen en los planos afectivo y emocional, y vuelven a la gente mucho más temerosa ante situaciones que carecen de los estímulos que deberían despertarle miedo.
O sea, que el poder de los medios es menos un mito de lo que muchos piensan.
Hoy empezamos a saber que determinadas neuronas que se encuentran por detrás de ciertas acciones se activan en las personas que ven realizar esos actos. Estas neuronas denominadas espejo entran en funcionamiento cuando el sujeto está viendo violencia en televisión como si en realidad estuviera actuando de modo violento. Y nuestro cerebro es como cualquier músculo del organismo: con el uso se refuerza. Ahora bien, quiero matizar esto último: lo que dije no significa que los medios sean responsables por sí solos de la violencia que padecemos. El espectador siempre pertenece a un contexto, que será decisivo en el grado y la forma en que aquel resulte impactado por lo que ve. Así, las personas que se han desarrollado en entornos problemáticos responden de modo muy distinto a las que viven en medios más pacíficos. O sea: los medios son responsables dentro de la responsabilidad que le cabe al contexto general.
ACTUAR MUCHO ANTES DEL GOLPE
Las políticas públicas son las encargadas de tratar, a escala general, los distintos tipos de violencia. Pero da la impresión de que estas políticas, y lo que algunos sectores de la sociedad reclaman, parten de una concepción de tolerancia cero, que actúa más sobre las consecuencias de los problemas que sobre las causas. ¿Qué opina?
A mí no me gusta esto de tolerancia cero porque constituye un anglicismo; deberíamos hablar de intolerancia. Pero bueno, aceptemos la expresión. A mí me parece que las políticas públicas deben pasar, ante todo, por prevenir, y realizarse en tres niveles bien distintos. En España desde hace 25 años se vienen desarrollando, aunque resta muchísimo camino por recorrer. Veamos:
- Primero, a escala general, hay que enseñar, sensibilizar, concienciar para evitar fenómenos de violencia. Y eso se puede lograr por muchas vías: programas de radio, de televisión, prensa escrita, Internet... ¡Los medios de comunicación son importantísimos! Pero también actuar a partir de otros elementos que vertebran la sociedad, como la educación escolar. Así, generar un caldo de cultivo adecuado para fomentar la conciencia de que hay formas de crueldad contra las que hay que ser absolutamente intolerantes.
- Igual de importante es la prevención que se realiza cerca de las poblaciones de riesgo. Y ahí es donde creo que aún queda mucho por hacer. Por ejemplo: ser mujer implica pertenecer a un sector de riesgo en nuestra sociedad. También determinados escolares o trabajadores de diversas profesiones cerca de los cuales habría que desplegar políticas públicas.
- Por último, hay que desarrollar una acción preventiva que apunte a quien ya ha sufrido la violencia, para que no vuelva a padecerla; es lo que se conoce como prevención terciaria. Este trabajo había sido bastante desatendido históricamente porque se pensaba que una víctima quedaba compensada por el mero hecho de que se castigase al agresor. Sin embargo, a estas personas hay que atenderlas más allá y en todos los aspectos: social, económico, psicológico...
Así las cosas, preocuparse por parchear la violencia cuando esta ya ha surgido sirve sólo para sacar rédito político, y es lo más inadecuado. Esto es: constituye todo lo contrario de evitar que afloren esos comportamientos peligrosos, que sería lo más sensato, incluso en términos económicos.
¿Y piensa que las políticas públicas atienden al bagaje científico que explica las causas de estos fenómenos y que propone vías de abordarla?
Cada vez más se abren a la ciencia, lo cual no significa que se abran totalmente. Si las políticas públicas atendieran más a estos conocimientos que a la opinión, en el sentido en que los griegos empleaban este término, mejor les iría. Por desgracia se siguen inclinando mucho por la opinión y desatienden lo que las investigaciones advierten.
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