En su inclasificable y prodigioso Elogiemos ahora a hombres famosos, James Agee dedica un capítulo nada complaciente a la educación y a lo que denomina maquinarias de las enseñanzas del mundo.
La educación está vinculada a todas las servidumbres que se me ocurren, y es la causa principal de estas servidumbres, incluyendo la aceptación y el respeto, que son las peores de todas. La educación, si no llega a ser un crimen, es un reconocimiento de estas servidumbres y un descubrimiento de más de ellas y un enemigo mortal de todas; es todo el ámbito de conciencia, acción y posibilidad humanas; tiene, sobre todo, que intentar reconocer y sospechar continuamente y extender la comprensión de su propia naturaleza. (1)
¿Por qué este texto tan aparentemente desconcertante de un libro que también lo es, aunque sea porque su autor tuvo el arrojo y la lucidez de reconocer que su propia confusión podía llenar volúmenes? La elección ha sido deliberada, porque hay que admitir que la escuela —como la sociedad en la que se explica y a la que pretende dar explicación— es un campo abonado de contradicciones. Así pues, toda lectura tiene una contralectura.
Y sí, ahora más que nunca toca afirmar que la escuela engendra tanta violencia como antídotos ofrece contra la misma. Sería demasiado sencillo levantar mera acta notarial de la agresividad escolar (lo cual se hace constantemente) en una operación de descrédito que resulta mucho más hostil que aquello que supuestamente pretende denunciar. ¿Por qué, en lugar de la supuesta crítica y astucia ácidas contra la escuela —por mucho que esta tenga que cambiar y mejorar— no dedicar energías a combatir la ignorancia? (2)
La ignorancia —señala Zygmunt Bauman— provoca la parálisis de la voluntad. (…) la dominación a través de una ignorancia y una incertidumbre deliberadamente cultivadas resulta más fiable y barata que un gobierno fundamentado sobre un debate fundamentado de los hechos y un esfuerzo prolongado de acuerdo sobre la verdad y sobre las formas menos arriesgadas de proceder (…) Necesitamos la educación permanente para tener opciones entre las que elegir. (3)
Tiziano Terzani añade por su parte:
Hablemos de paz, introduzcamos una cultura de paz en la educación de los jóvenes. ¿Por qué la historia debe enseñarse sólo como una infinita secuencia de guerras y de masacres?». Y más propone: «Debemos cambiar de actitud. Comencemos a tomar las decisiones que nos afectan y que afectan a los demás sobre una base de más moralidad y de menos interés. Eduquemos a nuestros hijos para ser honestos, no astutos. (…) Sobre todo debemos detenernos, tomarnos un tiempo para reflexionar, para estar en silencio. A menudo nos sentimos angustiados por la vida que llevamos, como el hombre que escapa asustado de su sombra y del estruendo de sus pasos. Cuanto más corre, más ve que su sombra le acosa; cuanto más corre, más fuerte se hace el ruido de sus pasos y más le perturba, hasta que se detiene y se sienta a la sombra de un árbol. Hagamos lo mismo. (4)
Y es que, ¿acaso la violencia —escolar y social, simbólica y material— es un signo de la propia velocidad de la sociedad? ¿Un reflejo de la huida —más rápida cuanto más despavorida— hacia adelante? ¿Acaso la violencia escolar constituye una sombra más —protagonista y antagonista, metáfora pero también figura de la realidad— del mundo social? La respuesta a estos interrogantes pueden dar en la clave.