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Entre la silla del comedor
y el banquillo de los acusados
Es una clase de violencia atípica pero cada vez más recurrente: hijos que pegan a sus padres. En apenas un año, el número de chicos y chicas maltratadores aumentó un 28 por ciento en España. Según los investigadores, un cúmulo de circunstancias sociales y biológicas explican el denominado «síndrome del emperador». Son hijos crueles, tiranos, con falta de conciencia y de sentimiento de culpa. Algunos llegan incluso al parricidio.
La violencia se encuentra tan extendida que hasta es posible clasificarla. Cientos de libros versan sobre ella y desmenuzan, con pelos y señales, los diferentes mecanismos del dolor. Son textos de ficción, estudios de psicología o crónicas belicistas, pero también son noticias… Y estas últimas —masivas como ninguna— no sólo la han recogido: la han dado a conocer. La frecuencia de los sucesos es tal que la sociedad parece estar inmune. Otra bomba estalla en Irak, otra mujer muere a manos de su marido, otra red de pederastas es descubierta por la Policía. Más allá del país en el que la persona viva, seguro que algo ha oído o ha visto. La violencia, por desgracia, es un fenómeno universal.
Globalizado y de diferentes tipos. En España, por lo menos, hay bastantes etiquetas. Violencia física o verbal. Violencia machista. Violencia doméstica. Violencia institucional. Violencia laboral (mobbing) y hacia los compañeros del colegio (bullying). Violencia psicológica. Violencia virtual, tan recurrente en los videojuegos. Violencia de guerra. Violencia sexual. Violencia que imprimen los padres en sus hijos. O hijos que, desde pequeños, son violentos con sus padres.
Ese es, precisamente, el centro de este reportaje: los hijos que maltratan a sus padres. Resulta un poco difícil imaginar la situación, pero existe. Es real. Los casos más conocidos son, por lógica, los más extremos, los que desembocan en una matanza y llevan a los titulares la palabra parricidio. Pero no son los únicos ni los más usuales. Bajo la punta del iceberg subyacen miles de situaciones violentas que por vergüenza, por desconocimiento o por miedo, nunca salen a la superficie. O casi nunca.
LAS ESTADÍSTICAS SON INSUFICIENTES
Cada vez con mayor frecuencia, los padres maltratados por sus hijos acuden a las instituciones en busca de ayuda y recorren un camino difícil entre la silla del comedor y el banquillo de los acusados. Porque algunas situaciones se vuelven tan insostenibles que superan el ámbito doméstico, el despacho de un director de colegio, el consultorio de un psicólogo, la visita de un asistente social o los propios centros del menor y acaban desplazándose al entorno de los juzgados.
La cotidianeidad de estos padres está signada por la desesperación y la sensación de fracaso. Cuando la primera supera a la segunda, se atreven a verbalizar lo que les pasa. «Estos casos han aumentado de manera notable», asegura José Luis Calvo, fundador y vicepresidente de la Fundación Prodeni, un organismo creado para la defensa de los niños donde, paradójicamente, «cada vez son más los padres que llaman» con frases como «mi hijo me pega».
Las instituciones confirman el incremento. Según el Ministerio del Interior, sólo en España cuatro años han bastado para detectar más de 13.200 casos. La Fiscalía General del Estado apunta que en apenas 12 meses el número de hijos maltratadores aumentó en un 28 por ciento, mientras que los expedientes abiertos por este motivo casi se han cuadruplicado. Y eso que la inmensa mayoría de los conflictos se soluciona de manera extrajudicial. Los especialistas en violencia doméstica subrayan que esas cifras son insuficientes para representar la realidad.
El abogado Vicente Peláez, experto en temas relacionados con la juventud, sostiene que si bien «los progenitores tienen vías legales para defenderse de las agresiones, muchas veces no las conocen o, en su defecto, no las utilizan». Miembro del Colegio de Abogados de Madrid, Peláez trabaja en un servicio de orientación jurídica a menores. Según explica, lo habitual es que «el problema quede resuelto antes de manera extrajudicial mediante una conciliación», y nunca se plasme en la estadística fiscal.
Las víctimas «aguantan hasta el final». El fundador de Prodeni ha visto a afectados que, «al principio, se oponen a la tiranía de los chavales, pero, al final, acaban cediendo. Buscan excusas para disculpar y justificar a sus hijos, ocultando de alguna manera su derrota como padres». ¿Y qué cosas soportan? «Todas —responde—. Los límites son difusos y el poder de sus hijos les desborda. Los malos tratos suelen ser tanto físicos como psíquicos, pero, en general, estos últimos son más frecuentes. Insultos, vejaciones, amenazas… “O me compras esto o me pongo delante de un coche”, “si no me dejas volver de madrugada, te denuncio por pegarme…”».
José Luis Calvo achaca este fenómeno a «un cúmulo de circunstancias», entre las que destaca «una sociedad excesivamente permisiva», unos padres «muchas veces inmaduros» y una «falta de implicación y responsabilidad» en el crecimiento de los niños. En su opinión, la tarea educativa «es delegada al mundo del ocio» porque los mayores «están centrados en el trabajo y otros asuntos, y no tienen tiempo para compartir con sus hijos».
EL SÍNDROME DEL EMPERADOR
Pero los padres no siempre son los culpables, por mucho que así lo sientan. «La sociedad se empeña en creer que recogen lo que siembran, y no es así», matiza Vicente Garrido, uno de los más reputados especialistas de España en los mecanismos mentales de la violencia. Por su despacho han pasado cientos de progenitores desesperados que viven a diario situaciones de conflicto con sus hijos. Y todos comparten algo: llegan a su consulta intentando averiguar «cuál fue su error» porque están convencidos de que la culpa es suya. Conocido experto en el tratamiento de la personalidad delincuente y violenta, criminólogo, profesor de la Universidad de Valencia y miembro de varias sociedades científicas internacionales, Garrido publicó un libro que, bajo el título Los hijos tiranos (editorial Ariel), describe el síndrome del emperador, un tipo de comportamiento que aparece «de forma progresiva» y cuya característica principal es «la falta de conciencia y de sentimiento de culpa».
«El mayor deseo de los jóvenes afectados es tener privilegios y poder —dice—. El término que escogí es muy gráfico. Imagínatelo: “¿Tú osas, pretoriano, decirme a mí que no tengo potestad para quemar vivos a los cristianos en el circo? ¿Tú quién eres?”. El emperador no admitía que le desafiaran. Estos chavales, tampoco». Pero, atentos a las diferencias, que no son niños malcriados. «Es importante hacer la distinción, porque muchas veces se confunden los términos. El niño malcriado es el reflejo de unos padres permisivos. Es irresponsable, vago y está poco preparado para enfrentarse a las dificultades de la vida, porque sus progenitores no le han puesto límites suficientes. El “síndrome del emperador” es otra cosa».
Se trata, en suma, de jóvenes que no tienen conciencia. «No es que no sepan lo que está bien y lo que está mal, sino que, directamente, no les importa. Estos chicos tienen muchos más problemas que los demás para percibir y sentir las emociones morales». Sentimientos como la compasión, la empatía, el amor o la responsabilidad, necesarios «para desarrollar vínculos poderosos con la gente».
LA MOCHILA BIOLÓGICA
Pensar en un niño malo o cruel por naturaleza es harto complicado; más que nada porque «la mayoría de la gente cree que se moldean como si fueran de arcilla, y eso es mentira —asevera Garrido—. Está claro que la educación es muy importante; sin embargo, no lo es todo. Las personas vienen al mundo con un “equipamiento biológico”. Es como los críos que tienen dislexia, no les puedes enseñar a leer en el mismo tiempo que a los demás. Con esto pasa igual. Biológicamente, tienen una deficiencia en su capacidad para percibir emociones». La adolescencia es, por norma general, la etapa más complicada de la vida (a veces más para los padres del adolescente que para el propio joven). La rebeldía y los desplantes están a la orden del día. No obstante, hay «algunos indicadores» que tapizan la entrada al terreno de lo anormal. El primero: el arrepentimiento. «Hay que ver si los chicos lamentan algo de una manera genuina, porque muchos de ellos sólo dicen que lo sienten cuando son presionados para hacerlo. Los chavales con este síndrome admiten su culpa por obligación, y después de haber soltado múltiples mentiras y engaños». Lo siguiente: las relaciones que mantienen con los demás. «Pueden ser muy crueles y comportarse con una enorme frialdad, tanta que no desarrollan afectos auténticos, explica Garrido. Si alguien deja de servirles, pueden tratarle de una manera tremenda y simplemente decir: “Es un mierda”. Se desentienden por completo».
Las relaciones son, por tanto, utilitarias, «y otra característica muy importante es la dificultad para aprender de la experiencia», agrega el especialista. «Les puedes castigar veinte veces por lo mismo, que lo seguirán haciendo. Sus conductas van dirigidas a cumplir metas, nada más. No tienen interés en recordar pasados, castigos o problemas. Tan sólo intentarán ser más listos para que no les vuelvan a pillar».
Así como hay distintos tipos de violencia, el «síndrome del emperador» se presenta con diferentes grados de intensidad. «En el más leve no hay un enfrentamiento violento, pero sí manipulación, mentira y engaño. El chaval intentará vivir a costa de sus padres sin que le exijan nada a cambio, igual que un parásito. No sigue la vida familiar, se relaciona con gente que le pueda facilitar dinero, quizás trafique con un poco de drogas, empezará y abandonará distintas carreras… Es el típico joven que a los 22 años está en tu casa y no hace nada. Así son los casos más suaves».
Los otros, directamente, dan miedo. «Hay amenazas, insultos muy graves, abusos psíquicos constantes... La madre es quien más sufre la violencia y suelen decirle cosas muy crueles, como “eres una fracasada”, “con razón mi padre ni te habla”… El acoso es permanente. Los casos más extremos registran agresiones serias e, incluso, el parricidio. El caso de la ballesta fue muy famoso en Tarragona. El crío mató a su padre metiéndole una flecha en la frente. Cada año, hay dos o tres episodios de este tipo», lamenta.
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