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CINE Y ANARQUISMO: LA UTOPÍA ANARQUISTA
EN IMÁGENES, DE RICHARD PORTON
Si es anarco, seguro
que está mal de la cabeza
Desde sus inicios, el cine ha demonizado a los anarquistas. Son muchas las películas que, a través de los personajes, establecen una equivalencia directa entre anarquía y violencia, irracionalidad o alguna psicopatología. Richard Porton estudia la historia del cine y, mediante este libro-denuncia disfrazado de manual cinéfilo, intenta contrarrestar el efecto de tanto fotograma tendencioso.
Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

El cine ha hecho un flaco favor al anarquista de a pie. Richard Porton, en su libro Cine y Anarquismo , lo deja claro: desde sus inicios, tanto el cine convencional como el más atípico —el de autor —, han promovido prejuicios y calumnias contra el movimiento anarquista. Todo ello como resultado de una amnesia histórica evidente ante los hechos, los aciertos, los errores y las contradicciones de estos revolucionarios.
Richard Porton denuncia la ingenua postura de diversos cineastas que celebran —y al mismo tiempo ridiculizan— las luchas revolucionarias; de hecho, hoy en día el personaje anarquista sigue siendo el más plano de la historia del cine. Por lo general, el tipo en cuestión es el portador del caos, tiene un aspecto barbado, ojos desorbitados, trabaja de terrorista y además es un extranjero. La industria del cine ha aprovechado semejante estereotipo para rodar buenos dramas, conseguir una excelente recaudación en las taquillas, y comparar el anarquismo con una plaga depravada y criminal. Y si no, a este movimiento político lo ha convertido en un festín de felicidad, violencia y destrucción.
De este modo han actuado directores como Orson Welles, Buster Keaton, D. H. Griffith, Bertrand Tavernier, Alfred Hitchcock, Lina Wetmüller o Claude Chabrol, por citar algunos; pero en realidad son un sinfín de cineastas reconocidos los que han incluido en sus guiones referencias y prejuicios contra la causa anarquista. Por esta razón, Porton aprovecha el tema cinéfilo como excusa para denunciar el ostracismo y la mala fama de este modo de entender la vida.
LOS CINEASTAS Y SU IGNORANCIA
Según el autor, la mayoría de cineastas de principios del siglo XX parecían suscribir que los anarquistas sufrían literalmente de daño cerebral. En sus películas, al principio, el tema más popular eran las ejecuciones públicas de renegados tiradores de bombas, como es el caso de The Voice of the violin (de Griffith, 1909). Más tarde ya no, pero el cine siguió erre que erre, por ejemplo con Buster Keaton (Cops , 1922) o con Orson Welles (Ciudadano Kane, 1941): ambos ponían el término anarquista en boca de los personajes como una acusación, un insulto, un «ese tipo no puede ser otra cosa más que eso». Es decir, no incluyeron profetas del desastre en el argumento de sus obras: sencillamente utilizaron el término anarquista para tachar al movimiento como violento, psicótico, subversivo o vicioso.
Y cuando los anarquistas no son locos nihilistas, se convierten en cómplices del espectador porque aparecen como guapos, colegas y simpáticos. Y en estos casos, claro, no matan niños. Como en la película Lady L (Peter Ustinov, 1966), cuyo argumento trata de divertir con trivialidades y jugueteos amorosos entre ricos aristócratas y admiradores de la dinamita. O como en la película Film d'amore e d'Anarchia (Wetmüller, 1973), donde el protagonista es un bufón, una parodia de los esfuerzos que realizaron los anarquistas italianos contra la extrema derecha. Eso sí, al menos en este caso no se trata de un apóstol del mal; más bien se trata de un campesino incompetente y encantador, enamorado de la violencia desmesurada.
A PORTON LE VA LA ENSAYÍSTICA
Sin embargo, Porton no sólo escribe sobre cine. Cine y Anarquismo también es un ensayo acerca de la anarquía y su historia; hasta tal punto, que el autor se atreve con una definición de anarquismo que no incomodaría demasiado a los anarcocomunistas, anarquistas colectivistas, anarquistas individualistas, anarcosindicalistas, anarquistas feministas, comunistas anarquistas y demás variedades. Aquí va: «un sistema de sociedad en el cual nadie perturba la acción de su vecino, donde la libertad no está controlada por la ley, donde no hay privilegios, donde la fuerza no determina las acciones humanas». Asimismo, el libro incluye datos sobre los primeros tropiezos del anarquismo, como fue el caso de la desafortunada alianza entre Bakunin y el nihilista Necaev, o la tergiversada «propaganda mediante la acción» de Malatesta y Paul Brousse. En definitiva, Porton ha puesto de su parte con un manual denso, repleto de información y bibliografía. Ahora falta que directores de cine, aficionados y frikis le echen un vistazo a este libro, escrito a prueba de bombas y despropósitos antianarquistas.
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