EL ASESINATO DE RICHARD NIXON, DE NIELS MUELLER

Sam Bicke: un antihéroe yanqui precursor de Al Qaeda

Niels Mueller rescata un hecho real de 1974 —un intento de asesinar a Nixon empotrando un avión en la Casa Blanca— y apuesta por mostrarlo desde psicología del lastimoso aspirante a magnicida: Samuel J. Bicke, vendedor de material de oficinas. Sean Penn protagoniza a este idealista que sueña con que le vaya mejor en la vida si se carga al presidente del país.

Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es


Resulta fácil ponerse de parte de un asesino; sobre todo cuando el tipo en cuestión da lástima, vive solo, su mujer no le quiere, su único amigo no le comprende, le gusta escuchar a Leonard Bernstein y su trabajo le carcome las entrañas. Algo así es lo que sucede con Samuel J. Bicke, el protagonista del primer trabajo del director Niels Mueller, El asesinato de Richard Nixon (2004): le va tan mal que sólo puede caerte bien.

La película trata sobre un complot, aunque no es una historia de espías, ni trata sobre el caso Watergate o de las operaciones de la CIA. No. El complot tiene un único miembro, un único líder: Sam, que trabaja como vendedor de material de oficinas en un pequeño negocio. Desde allí, el protagonista advierte que su vida no funciona: su puesto de comercial le produce arcadas cada vez que debe mentir para vender, su jefe le subestima y su mujer —de la que está separado—, le tiene por un fracasado. En fin, que al protagonista le va como el culo.


NIXON CONTRA UN PERDEDOR
Así que un buen día Sam se harta y quiere escoger su propio destino: se siente estafado por el mundo, por las contínuas zancadillas de los demás. Por eso decide que sólo hay una salida: el magnicidio; si se carga al responsable de su ruina —el presidente del país—, todo caerá con él y su gesta quedará para la Historia. Los contínuos palos que recibe en su vida no le ayudan a cambiar de opinión, pero tampoco a madurar un plan detallado de ataque. Así que el protagonista no se lo piensa mucho y prefiere improvisar: una noticia, el aterrizaje ilegal de un helicóptero en el jardín de la Casa Blanca, le da la idea que necesita: estamparse contra el despacho del presidente con un Boeing 747 o similar. Menudo fue Sam.

Sí, menudo fue, porque Samuel Bicke existió. Aunque prime el drama intimista durante todo el metraje y no se profundice en los preparativos del magnicidio, El asesinato de Richard Nixon está basada en un hecho real ocurrido en 1974, pero que no ocupó más que unas líneas en la prensa nacional. Y suerte que Sam envió unas cartas al Washington Post con su propósito y sus razones, porque le salió tan mal el proyecto que poco faltó para no saberse nada del tema. Así que Bicke se quiso estrellar contra el presidente al estilo Al Qaeda, quiso cambiar el rumbo de la Historia y salir en los libros. Pero fracasó: su misión fue una ruina antes de despegar, pero también en la actualidad: la película de Mueller tampoco ha tenido gran resonancia e incluso ha visto cómo se retrasaba el estreno.


EL TÍTULO LO DICE TODO
De modo que la historia de Sam es trágica en todos los sentidos. En cuanto a la película, la trama conduce al protagonista —con todo descaro— hacia la locura, la banda sonora dramatiza su situación para compadecerle con facilidad y el título de la obra no encierra sospechas sobre el propósito de Sam. Por suerte, la cinta no funciona como panfleto político, por mucho que el personaje insista en criticar al sistema o haga visitas a los Panteras Negras para que cambien su nombre por el de Cebras. Al director le importa la psicología del personaje; le importa que el espectador entienda la lógica y la simpleza de los actos de Sam, todo ello sin justificar el intento de asesinato.

Por eso el conjunto de la película depende en exclusiva del protagonista; de ahí que la elección de Sean Penn para encarnarlo sea inmejorable: nadie como él para una caida en picado de hora y media. Penn parece hecho tan a medida para el papel que da la impresión de que nadie habría sabido tocar fondo igual. En suma, El asesinato de Richard Nixon consigue retratar el patetismo del antihéroe, al perdedor sin épica, al pretendido asesino idealista que quiere solucionar los problemas con una mezcla de fraternidad y venganza. Y al fin, lo que consigue es que el espectador compadezca y tenga lástima de alguien como Samuel J. Bicke.