ILUMINADOS POR EL FUEGO DE TRISTÁN BAUER

Chicos, algo malo va a suceder en Malvinas

Tristán Bauer revisa uno de los grandes crímenes de la dictadura argentina: la guerra de las Malvinas. Más documental que ficción, la película contiene escenas impecables con cazas británicos que deberían figurar en manuales sobre cómo rodar cine bélico. Un intento de suicidio de un ex combatiente argentino actúa como detonador de esta revisión de una herida todavía abierta.

Fernando Pellitero
fernando_pellitero@yahoo.es

En 1982 el desgaste de la imagen nacional e internacional del Proceso era grande. Desde fuera, miles de voces clamaban contra un régimen aberrante; desde dentro, un valiente grupo de madres se ponía un pañuelo blanco en la cabeza y preguntaba en la boca del lobo por sus hijos desaparecidos. Al argentino medio se le hacía cada vez más difícil ignorar lo que estaba pasando o directamente mirar para otro lado. Entonces los cerebros ¿pensantes? que dirigían el país no tuvieron mejor idea que huir hacia delante invadiendo las Islas Malvinas (el enemigo externo, el Gibraltar de los argentinos), lo que precipitó su caída a principios de 1983.

Hasta aquí la Historia. Iluminados por el fuego (2005) de Tristán Bauer, arranca en la época actual, cuando Esteban (Gastón Pauls) recibe la llamada de una mujer: es la esposa de Vargas, compañero de Esteban en las Malvinas, a quien no había vuelto a ver. Vargas ha intentado suicidarse y ahora yace en coma en la UCI. Este suceso desata en Esteban los recuerdos de aquellos días a borbotones, como si el tiempo pasado en las Malvinas lo hubiera almacenado en un rincón oscuro de la memoria y ahora saliera todo a la vez, desde la partida hacia las islas hasta la penosa evacuación tras la derrota meses después. Así, la película está hecha de grandes flash back, alternados con secuencias del tiempo actual en el que la mujer de Vargas (excelente Virginia Innocenti) le cuenta a Esteban la progresiva degeneración de su compañero, traumatizado por la guerra y abandonado por las instituciones.

Tristán Bauer posee una sólida carrera como documentalista, y en su primera película de ficción no pierde la voluntad de informar (contar una historia, pero real) por encima de todo, insertando imágenes reales de archivo junto a datos que los personajes van soltando aquí y allá (escalofriante en particular el dato de que ya hay más muertos por suicidio entre los veteranos de guerra que los muertos en la guerra misma, poco más de doscientos). En definitiva, parece como si Iluminados por el fuego fuera el documental que nunca pudo hacer (recordemos que antes de Irak 91, las guerras no se televisaban en prime time).


FRÍO, HAMBRE Y MIEDO
El resultado de todos modos es una película muy recomendable, en especial la parte de Malvinas. Allí tenemos a Esteban, Vargas y Juan compartiendo trinchera, frío, hambre, miedo y sueños, además de un sargento chusquero que les amarga la existencia y un teniente que les recuerda que no pueden perder la guerra porque están mejor adaptados al terreno que los ingleses. Desde luego muy adaptados no parecen: están mal alimentados, peor equipados (algunos ni siquiera calzan botas si no zapatillas de tenis) y pésimamente dirigidos... Son sólo críos de 17 ó 18 años en condiciones extremas esperando muertos de miedo a que algo malo suceda.

Y claro, sucede lo que tiene que suceder. Tras unas cuantas incursiones aéreas, los británicos desembarcan y vencen la endeble resistencia. Los argentinos no tienen más remedio que replegarse en penosa estampida hacia Puerto Argentino (Port Stanley) y rendirse, derrotados como estaban ya de antemano.

Iluminados por el fuego se apunta a la tradición del cine bélico de La chaqueta metálica de Kubrick: en las guerras no hay gloria ni heroísmo, sólo pánico, fango, sangre y cuerpos mutilados. Los protagonistas no terminan la película con un rasguño en la frente y un siete en el uniforme tras haberse cargado decenas de enemigos ellos solitos y con cara de qué putas las he pasado. Bauer sólo nos concede un par de momentos para la ternura, ternura desesperada y desesperante: la carta y la foto de la novia de Vargas (la misma que llamará a Esteban años después), la caza de una oveja para poder comer algo de carne, y la que puede ser la mejor escena del film: los soldados tirados por el suelo de Puerto Argentino, destrozados, esperando ser capturados o evacuados, y uno de ellos que se encuentra una vieja pelota de fútbol y empieza a jugar hasta que en instantes se monta un partido de fútbol entre la nieve y el barro. Incluso en las peores condiciones, el ser humano lleva siempre dentro un niño que no quiere saber nada de guerras ni de militares.

Cuando disponen de medios, el cine y la publicidad en la Argentina no tienen nada que envidiar a nadie a nivel técnico. Hay que destacar la fotografía lavada y gris de las partes que transcurren en las Malvinas, también la secuencia del ataque de un caza británico sobre la costa, que podría estar en cualquier manual de cómo rodar cine bélico: impecable. La batalla nocturna nos angustia tanto como a los protagonistas, que deben pelear y huir en medio de una total oscuridad solamente iluminada por el fuego.

Como colofón a la película, Esteban decide viajar a las Islas para cerrar de una vez esa herida que no estaba tan cicatrizada como creía. Allí vuelve a los escenarios donde luchó y sufrió, incluida la trinchera donde encuentra esa carta y esa foto de la novia de Vargas que por fin le hacen llorar veinte años de impotencia y rabia contenidas. En medio de la amabilidad de los kelpers (los habitantes de las Malvinas), una frase pintada en español enfrente del hotel: «ARGENTINOS: Serán bienvenidos cuando dejen de reclamar la soberanía y acepten nuestro derecho a la autodeterminación».

Sin embargo, y pese a lo que parece dar a entender ese final, es decir, una sana mirada del director ofreciendo el otro punto de vista del problema, esta se difumina cuando los títulos de crédito arrancan con un homenaje a los muertos (argentinos) y el epígrafe «Las Malvinas son Argentinas». Lo sean o no, al menos ya nadie con dos dedos de frente concibe volver a matar y morir por ellas.