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CAPADOCIA (TURQUÍA): EL EXOTISMO DE LOS VIAJES ORGANIZADOS Isolina prefiere los campos de pistachos a saber del Kurdistán Los viajes organizados desde España a Turquía están poblados de gente que confunde el país con un centro comercial diseñado para turistas. Son la clase de viajeros que prefieren lo anecdótico y el lugar común a escuchar o vivir una historia genuina que los ayude a comprender mejor cómo sienten los habitantes del país que los recibe. Convivir con ellos, aunque sólo sea en los pasillos del hotel, explica mejor la cultura propia que la que se visita. Alberto Torres Blandina
Una vez me apunté con mi pareja a un viaje organizado por Turquía. Si soy sincero, no me arrepiento. Allí conocí a un curioso tipo de viajero que desde entonces denomino dominguero. El dominguero lleva el maletero lleno para convertir cualquier lugar en un apéndice de su casa: su manta, su silla, sus mesas, su música, su DVD portátil... hasta la comida la lleva de casa en una fiambrera. Eso es exactamente lo que hacían la mayoría de los compañeros del viaje organizado. Llevaban sus ritmos, sus rutinas cotidianas y hasta sus propias estimaciones sobre la gente y el país que iban a encontrar. No intentaron cambiar ninguna de estas tres cosas. Exigían comida occidental y hasta se quejaron —y no era una broma— de que en los comercios la gente no hablaba bien español. Por suerte nosotros sólo cogimos del tour las habitaciones y el transporte, por lo que hicimos y fuimos donde nos dio la gana, sin notar demasiado la diferencia con otros viajes. Pero aún así era inevitable no sorprenderte. Primero de sus grandes maletas, excesivas para una semana. Después de su ansia consumidora, lo que les obligó a comprar más maletas. Y por último de su estrechez mental. No veían Turquía como un país, sino como una planta del Corte Inglés o un parque temático. No concebían que el país fuese así de continuo, sino que más bien tenían la sensación de que todo lo que hacían era por ellos, para llamar la atención de los turistas. La ropa, los productos de las tiendas, la comida... todo era puro marketing. En casa seguramente los turcos iban con vaqueros y deportivas y hablaban en perfecto castellano. Tanto se emocionó que durante el trayecto se levantó, cogió el micrófono y comenzó a hablar para todo el autobús. De Ataturk, que modernizó el país y cambió el alfabeto árabe por el occidental. De los problemas de una Turquía laica, donde las estudiantes tenían prohibido llevar velo en la universidad, cosa que chocaba con sus creencias religiosas y obligaba a muchas de ellas a llevar una peluca sobre el velo para disimular. Del petróleo y el gas natural que había en sus fronteras, sobre todo en la región del Kurdistán, lo que hacía que los americanos estuviesen financiando a la guerrilla kurda, en secreto, para que se alzase contra Turquía y apoderarse así del petróleo. Estaba realmente emocionado. Su voz era la de un orador, gesticulando, viviendo cada palabra. Dijo que alguien debería parar a los Estados Unidos, que su presidente era un borracho y no merecía ningún respeto porque... —Tengo una pregunta: ¿eso que hemos visto antes por la ventanilla eran campos de pistachos? Apu ni siquiera entendió la pregunta: ¿cómo? ¿dónde? No estaba preparado para algo así. La señora se la repitió y el guía lentamente fue menguando su cuerpo, antes erguido y gesticulante, hasta adquirir su postura normal. —Sí, eran pistachos —respondió. No continuó con su interesante charla. Ni ese ni ninguno de los otros días en que compartimos autobús con aquel grupo de gente. Pocas veces he sentido tanto bochorno como español, porque a fin de cuentas las generalizaciones están a la orden del día y todo lo que Isolina hiciese repercutía en la imagen de los viajeros españoles, y por lo tanto de mí. Pero no sólo en el pasado han aprovechado las peculiares características de la zona. Muchas de las grandes rocas que se elevan hacia el cielo han sido excavadas para construir casas-cueva todavía habitadas, a veces de hasta cuatro alturas. También hay muchas iglesias rupestres, donde se conservan frescos bizantinos. Las principales se pueden visitar pagando una entrada. Pero no nos fue difícil, perdiéndonos por entre cañones y chimeneas con un escalador al que conocimos en el hotel, encontrar pequeñas cuevas-iglesia alejadas de toda ruta turística. Vacías. Envueltas por el silencio más absoluto. Si Dios existe probablemente visita a menudo estas iglesias rupestres para disfrutar de un rato de tranquilidad. Esa tarde el grupo se había ido con Apu a una cena con espectáculo. Nosotros, fieles a la regla recién inventada: intenta no ir donde vaya el grupo, reclutamos a otros viajeros tan hartos como nosotros de Isolinas y domingueros, e hicimos una excursión por nuestra cuenta, caminando sin rumbo por las solitarias carreteras y caminos que atravesaban los más espectaculares paisajes de roca. Cuando llevábamos unos cuarenta minutos andando escuchamos música proveniente de una aldea próxima. Curiosos nos acercamos y descubrimos que, en la plaza, todos los hombres cantaban y bailaban cogidos por el hombro y agitando un pañuelo. Las mujeres, sentadas en sillas, los miraban en silencio. —Bienvenidos a mi boda. Así que nos habíamos colado en una boda. No nos dio tiempo a decidir. El joven nos pidió a los hombres —tres en total— que lo siguiéramos, mientras mi pareja y otra chica española eran rodeadas por un montón de mujeres de todas las edades. El novio nos llevó a una casa y nos dejó en una habitación llena de hombres con bigote, donde sólo había algunas sillas y un turco muy gordo con una camiseta interior llena de manchas, sentado en el suelo, rodeado de cacerolas y hornillos. Una especie de Jabba the Hutt bigotudo. Su cometido era hacer café sin parar. Nos sentamos. Alguien me ofreció un cigarro y lo acepté. No fumo pero prefería no tener que decir que no a nada para evitar ser descortés. Después nos llegó una taza de café. Por suerte ya había probado el café turco, lleno de posos, y sabía que no debía tomar el último trago a riesgo de comenzar a escupirlo. Me libró de una comprometida escena. Un viejo nos preguntó en turco de dónde éramos. Cuando conseguimos entenderle le respondimos en inglés: —Spanish. Supongo que a sus oídos spanish y japanese no se diferenciaban mucho, así que, muy orgulloso de estar allí con tres japoneses, comenzó a correr la voz. Desde ese momento, todos los que se sentaban a nuestro lado nos decían: —Japanese? Y nosotros sonreíamos. Y entre gestos nos preguntaban cosas de nuestro país que respondíamos, o respondíamos cualquier otra cosa, pues a fin de cuentas no entendían inglés ni nosotros turco. Cuando me acabé el cigarro alguien se acercó y me echó colonia en las manos. Llegó una nueva taza de café. Querían que estuviésemos allí pero no sabían muy bien qué hacer con nosotros. Ya era de noche. Los más jóvenes salieron fuera y los seguimos. Había una orquesta en la calle. Una curiosa orquesta con instrumentos turcos que tocaba los éxitos del verano en Turquía. Los jóvenes desaparecieron. Supongo que querían tomar raki o algún otro aguardiente y no querían hacerlo delante de los adultos. Beber alcohol en los países árabes no es fácil. A nosotros nos costó varios días conseguir probar el raki en Estambul: no se puede cerca de una mezquita, no se puede cerca de personas mayores,... —A fin de cuentas es su boda. Nos despedimos. Se acercaron algunos hombres y nos dieron la mano, repitiendo japanese, japanese e informándonos de que la fiesta continuaría al día siguiente. Supongo que en una diminuta aldea de una remota región turca, la diferencia entre un japonés y un español se relaja: ambos llevan cámara de fotos. Aunque nosotros no la habíamos sacado de la bolsa. No nos pareció apropiado sacar fotos de aquella celebración familiar. Cuando llegamos, Apu estaba en el bar del hotel. Le contamos lo que había ocurrido. Nos dijo que la celebración duraría varios días. Por desgracia al día siguiente cogíamos el avión. Isolina nos contó emocionada que habían estado en un baño turco mixto. —Os lo habéis perdido. Yo no le dije que los baños turcos no son mixtos ni le pregunté cuántos turcos había en ese baño (¿ninguno?). Tampoco le dije que habíamos estado en una boda turca. Probablemente me hubiese preguntado qué sermón de la Biblia leyeron, cuánto arroz tiré o si mi pareja había conseguido el ramo de la novia.
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