Saber ir despacio ayuda a crecer deprisa. Este músico y otorrinolaringólogo montevideano vive y compone impregnado de filosofía zen: procesos lentos, crecimiento en ondas concéntricas, crear desde el vacío. Según él, en el silencio, entre cuatro paredes, frente a una hoja en blanco, aflora lo mejor de sí: canciones que tienden puentes con y entre quienes lo siguen. El 2007 marcha espléndido: tercer disco —Vacío—, gira internacional, paternidad y la dulce madurez de quien tiene ya una parte considerable de vida a sus espaldas. Daniel Drexler habla sobre la música que toca, también sobre la que lleva dentro.
Se lanzó a recorrer el mundo cuando tenía veinte años. Llevaba una mochila al hombro, dos ojos hambrientos de asombro y esa sed de aventura en los pies. Durante el año que duró su travesía —un año, sí, quiso vivir lo que muchos sueñan—, recaló en sitios tan dispares como Jerusalén o París, pero asegura que en aquel viaje no llegó a conocer «ni a la décima parte» de las personas que conoce hoy cuando sale de gira. No es que ahora, a sus 38, se haya vuelto más simpático. Lo que ocurre es que sus conciertos tienen efecto secundario y generan cierta magia entre la gente que le va a escuchar. La
«complicidad», diría él, está a un paso. Y las charlas posteriores «que se prolongan durante horas», a los metros que haga falta para encontrar una mesa de bar y café.
La música de Daniel Drexler (Uruguay, 1969) provoca ese tipo de cosas. Versa sobre las emociones y, claro, también las despierta. Así que, lejos de acabar la función e ir a encerrarse al hotel, el compositor montevideano se permite disfrutar de la «enorme retribución» que le llega después de volcarse en un show. «Una de las cosas más lindas que pasan es tender puentes entre diferentes individualidades», reflexiona ahora, en mitad de la entrevista; aunque sin mesa, ni bar, ni café, porque la conversación tiene lugar en un sitio indefinido: la red. Son las cuatro de la tarde en Uruguay —las nueve de la noche en España—, y en ambos países es martes. De un lado del mundo, Daniel. Del otro, la periodista. Y la charla que aquí se refleja —binaria, pero no virtual— encuentra como testigos a un par de ordenadores. Videoconferencia (o videoentrevista) lo llaman.
Acabas de editar tu álbum Vacío en España, preparas tu tercera gira por la península ibérica, estás cerrando fechas en la Argentina, Brasil y México, te has estrenado como papá… Dime una cosa, ¿no has pensado en enmarcar este año y colgarlo en la pared?
Debería, ja ja… La verdad es que este año es muy bueno y
tengo la sensación de que voy nadando a favor de la corriente. Las cosas van pasando de una manera natural y es muy lindo ver que el esfuerzo, a la larga, da sus frutos. Siento que mi crecimiento no es desmedido y eso me gusta, porque no soy partidario de los grandes cambios. Prefiero los círculos concéntricos.
¿Sientes que estas oportunidades te han llegado en el momento justo?
Sí. En una de mis canciones, Luna, digo: «Algo llega en su justo momento para el que sabe ir despacio». Y lo siento así. Las cosas están funcionando bien porque se fueron gestando muy lento, a lo largo de muchos años. Son puertas que se abren de una manera bastante lógica.
¿Hay mucha diferencia entre tus primeras canciones y las últimas?
Bastante. Hay cosas que uno sólo puede escribirlas en un determinado momento, porque está suelto, sin ningún tipo de peso y con una enorme dosis de irresponsabilidad. No sé si podría tener ahora la soltura que tenía a los dieciocho años.
¿Te pesa la trayectoria?
Me está empezando a pesar. En realidad, me estoy empezando a dar cuenta de que eso existe. Creo que son diferentes etapas y que el universo está diseñado de una manera muy
inteligente, porque cada instancia tiene sus demonios particulares. Cuando editás el primer disco, te enfrentás a la novedad. Cuando ya vas por el tercero o el cuarto, te preguntás si podrás estar a la altura de tus trabajos anteriores. Por eso digo que el universo tiene un buen diseño; sería muy aburrido hacer un álbum y no tener ningún tipo de miedo o incertidumbre que te movilice.
¿Por cuáles temores has pasado ya?
Superé el de subirme a un escenario, el de tratar con la prensa y el de ir a tocar a un país que no es el mío, pero siempre aparece uno nuevo, como en la vida, que es una sucesión de encrucijadas.
¿Te imaginabas en esta?
No. Al principio no pensaba que la música iba a ser la actividad principal de mi vida. Entonces la veía más como un área sagrada para hacer lo que realmente me gustaba y poner ahí mi corazón. El asunto es que, cuando hacés eso, dejás el listón muy alto para lo que vayas a construir después. Los discos posteriores te exigen volcarte de la misma manera, aunque sabés que no va a ser fácil lograr otra vez ese grado de cariño.
COMPONER DESDE LA FIBRA PERSONAL CURA
¿Han cambiado tus fijaciones creativas con el paso de los años?
Mucho. Mis primeras canciones conformaron una etapa evasiva. Estaba parado en una encrucijada muy complicada, así que agarraba la guitarra para estar en un nirvana particular. Básicamente, las canciones eran eso: un lugar en el
que me metía para sentirme bien durante un rato.
¿Y qué pasó después?
Pasó que decidí ampliar la paleta, porque en la vida pasan otras cosas también. Pensé que sería interesante reflejar esas sensaciones y estados de ánimo. Fue eso lo que me llevó a escribir sobre las cosas que me daban miedo. Y funcionaba, porque me ahorraba un montón en psicólogos, ja ja.
¿Creatividad terapéutica?
Eso mismo. Hablar de las cosas que me hacían mal y ponerlas en una canción fue un ejercicio de autoterapia. Por lo menos en mi caso, valió por varios años de psicólogos. Incluso hoy en día, cuando estoy un poco nervioso o pasado de revoluciones, empiezo a repasar las letras.
¿Hay alguna en particular?
Todo el disco tiene reflexiones. En Luna, por ejemplo, digo que «la angustia es tan sólo un error de perspectiva». Cuando uno mira más allá de su pequeña óptica y se para a observar desde la Historia de la humanidad, se da cuenta de que la vida es un fogonazo y nada más. Esa sensación calma mucho.
¿Crees que es un sentir general?
Yo pensaba que no, que eran temas muy personales, pero encontré que hay cosas comunes a toda la sociedad. En ese sentido, quienes se aproximan a hablarme del disco, me hablan de sus sentimientos. En el fondo, los temas son siempre los mismos: el amor, el vacío, el miedo…
UN CÓMPLICE QUE TIENDE PUENTES
¿No existe la individualidad?
Uno tiene la sensación de que es una cosa separada del resto, pero no es así. El arte en general, y la música en particular, tienen la capacidad de hacer que personas diferentes sientan lo mismo y, por lo tanto, se den cuenta de que en el mundo no están tan solas. Creo que ese es el motor final que me hace sacar las canciones y mostrarlas. Una de las cosas más lindas que pasan es lograr tender puentes entre diferentes individualidades. La retribución es muy grande.
También te expones mucho.
Sí, pararse en un escenario es un salto y está lleno de tensión. Me pongo muy nervioso antes de cada concierto.
¿Todavía?
Todavía, pero no es algo malo, porque me hace sentir vivo. El desafío está en saber canalizar esa sensación. Me ha pasado de tocar ante públicos muy reducidos y ver cómo, de golpe, se produce algo mágico y la entrega es absoluta. Es algo muy intenso y humano, porque la gente se queda con un grado de complicidad tal que parece que se conociera de toda la vida.
EL CERO: UNA TOPOLOGÍA CREATIVA
¿Qué te llevó a escribir sobre el vacío?
El disparador inicial fue constatar que la cultura occidental y la oriental lo perciben de maneras diametralmente opuestas. Para nosotros, estar vacío es estar fuera de la gracia de Dios, y las bases de ese pensamiento vienen de la época griega y romana. De hecho, los filósofos de aquellos años negaban el concepto, y no es casualidad que ninguna de esas civilizaciones haya podido inventar el número cero.
Tuvieron que hacerlo los árabes…
Los hindúes, en realidad. Para ellos, el vacío es el camino a la iluminación; el lugar desde el que todo se crea. Las técnicas de meditación y de rezo están orientadas a dejar la mente en blanco para aprender cosas que en otras situaciones no se aprenden. Pero, más allá de todo esto, se me ocurrió ver qué pasaba con el vacío en mi vida cotidiana, cuando tenía que escribir una canción, por ejemplo.
¿Y qué descubriste?
Que yo no puedo componer en Avenida Corrientes [Buenos Aires], o en la Gran Vía [Madrid], o en Dieciocho de Julio [Montevideo].
Vaya… ¿Y cómo escribes entonces?
Lo hago entre cuatro paredes, en silencio, con una hoja en blanco adelante. O frente a una estufa a leña en una casa de Cabo Polonio [Uruguay], pero yo necesito vaciarme para arrancar a hacer algo. Al mismo tiempo, en ese momento de mi vida estaba solo y se venían derrumbando cosas que tenía
acumuladas de los últimos quince o veinte años. Para mi sorpresa, una vez que superé el miedo al vacío, me sentí muy bien al pensar «hoy no tengo nada que hacer». Literalmente, me pasé días enteros paseando por la rambla de Montevideo con mi perro, desde la Ciudad Vieja hasta el puente de Carrasco [22 kilómetros]. Quise hacer una canción sobre ese tema y terminé haciendo un disco entero.
¿Tantas cosas encontraste en el vacío?
Sí, y hay muchas lecturas. No es casualidad que, después de trabajar durante quince años con gente que tiene problemas auditivos [Daniel es otorrinolaringólogo], me interesara tanto este asunto, ni es casualidad que el arte de tapa del disco esté lleno de caracoles, que simbolizan al oído interno y a la lentitud. La pérdida de un órgano sensorial está asociada a la muerte y, por lo tanto, al vacío. Y lo del caracol cerraba por muchos lados, porque refleja a un tipo tranquilo que va con su casa a cuestas; un poco eso de ir despacio para apreciar el paisaje.
Mencionas la parte gráfica del álbum. Además de las imágenes en sí, resulta llamativo que cada fotografía incluya las coordenadas exactas del lugar donde fue tomada. ¿Por qué quisiste colocar el dato?
Porque soy un geógrafo amateur, ja ja. Me encantan los mapas y cuando no estoy viajando, los miro. Un día estaba en la casa de un amigo y me mostró el programa Google Earth. Me sorprendió mucho la precisión que tenía para poder ver el fondo de mi casa y diferenciarlo del de la casa del vecino. Por eso lo incluí. En todo el disco hay una contemplación de la Naturaleza, aunque, a diferencia de la que se produjo con el movimiento hippie, yo la observo desde mi era, con el ojo de alguien que pasó por la revolución digital. Quería combinar lo contemplativo y lo natural con el dato científico de unas coordenadas bajadas de Internet.
EL LATIDO BINARIO: MÁS QUE SILICIO
Todo un tema el de Internet. ¿Sientes que contribuye a la difusión de las propuestas artísticas?
Contribuye y destruye. Por un lado, la proliferación de medios es tal que ningún sello discográfico o ningún diario tiene el poder que tenía hace cuarenta o cincuenta años. Antes firmabas con un sello grande, te ponía en los cinco canales de aire de un país, en los dos diarios importantes, y reventabas de un día para el otro: pasabas del anonimato absoluto a una difusión totalmente masiva. En contrapartida, hay cosas que sólo pueden pasar por la existencia de Internet, como que yo vaya a tocar a Estocolmo, sin un disco editado allí ni gente que me conozca.
¿Resultado?
Creo que la red va a democratizar la cultura, que ya nadie será demencialmente masivo, pero que todos tendremos derecho a enseñar lo que hacemos. Eso me parece genial, más acá, en el Tercer Mundo, donde se ven tantos discursos contra la globalización. Discursos que también se envían a través de Internet, claro.
Es la paradoja de utilizar al propio sistema para criticarlo.
Exacto. Yo no hubiera podido grabar mis discos si no fuera porque pude armar un estudio con una computadora. Eso también es globalización.
Un concepto que está muy ligado al de la hegemonía cultural. Desde ese plano, Uruguay creció mirando hacia Europa ¿Sigue siendo necesario tocar aquí para revalidarse?
Sí. Uruguay tiene 200 años y es como un adolescente que necesita sentirse identificado con algo y que busca la aprobación. Por suerte empiezan a aparecer algunas señales de que, aunque no estemos entrando en la madurez, estamos dejando la adolescencia. Hay cambios, pero sigue siendo muy importante esa validación afuera para que te empiecen a dar cancha acá.
«Nadie es profeta en su tierra».
Y en Uruguay se aplica a rajatabla.