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ENTREVISTA: LUIS SEPÚLVEDA, ESCRITOR Y TROTAMUNDOS CHILENO «La historia es la que manda, y la hacen los personajes, no las virguerías plumíferas del autor ni su punto de vista»
Como suele decirse, la suya es una vida de novela. Este chileno, que
mezcla la sangre mapuche con la española, escribió el libro favorito del subcomandante Marcos, Un viejo que leía novelas de amor, una historia que nació de sus 7 meses en compañía de los jíbaros shuar, en la selva amazónica. Su obra, como su conversación, se compone de una azarosa mezcla de experiencias de vida, literatura, política y viajes.

Algunas novelas se convierten en patrimonio de la humanidad. Es el caso de Un viejo que leía novelas de amor, historia que ha emocionado por igual —y sigue haciéndolo— a lectores de todas las latitudes. Su autor, el chileno Luis Sepúlveda (Ovalle, 1949), es un trotamundos y un escritor —imposible determinar el orden de esos dos factores—, y es uno de esos escritores en los que viaje y literatura se funden en forma de libros.
Así, Un viejo que leía novelas de amor y Yacaré surgieron de sus vivencias con los jíbaros shuar del Amazonas. Patagonia Express de su periplo por varios países latinoamericanos para ir desde Chile hasta Martos (España), el pueblo de sus abuelos. Y el protagonista de Diario de un killer sentimental se mueve entre París, Madrid, Estambul y Méjico. Como el propio autor explica, en toda su obra está presente el viaje, el movimiento, la vieja historia de la humanidad, una historia que está hecha de nomadismo. En esta entrevista, Sepúlveda habló con Teína sobre muchas de esas experiencia reales que nutren su literatura, pero también de algunos trucos del oficio.
Antes de todo... ¿qué puedes decirnos del Sepúlveda narrador?
Ahí van ciertos detalles de oficio: me gusta levantarme temprano y escribir en lo que es la parte creativa por las mañanas. Escribo a mano en mis moleskines (como las puse de moda los fabricantes tuvieron la gentileza de obsequiarme una caja de las magníficas libretas), luego paso al ordenador, y esa ya es una primera corrección. Soy amante del buen vino y del buen whisky irlandés, pero cuando estoy metido en una novela no bebo una gota ni antes ni durante el trabajo (ley de Hemingway). Corrijo mucho, tardo en entregar los originales, soy la pesadilla de mis editores pues he retirado libros que estaban en imprenta porque de pronto descubrí que algo faltaba o sobraba. Y trato de escribir lo menos que pueda y de vivir al máximo.
¿En qué estás trabajando ahora?
Estoy en la corrección final de un libro de viajes contado como una novela donde los protagonistas son personajes reales. Es un volumen de texto y fotografías sobre el sur. Se trata de una historia que empecé en 1996 con mi amigo Daniel Mordzinky, un fotógrafo argentino afincado en París (uno de los diez grandes fotógrafos contemporáneos). El primer viaje lo hicimos ese año a la Patagonia. Teníamos la intención de buscar las huellas de los constructores del mítico Patagonia Express; no las de los arquitectos o ingenieros, sino las de los cientos de croatas, galeses, mapuches, italianos y gallegos que dejaron sus nombres grabados en las traviesas. Nuestro plan era tomar como punto de referencia una estación importante del ferrocarril, y desde ahí movernos unos cientos de kilómetros rumbo al sur. Vimos, oímos, conocimos, compartimos con tanta gente extraordinaria en un radio de cincuenta kilómetros, que se nos agotó el tiempo enseguida, Daniel terminó con su reserva de película y yo llené varias libretas. Regresamos a Europa sintiendo que teníamos el libro, y que la fotografía era un personaje más. Sin embargo, el tiempo pasó rápido, los acontecimientos políticos en la Argentina y las consecuencias de la globalización de la ley del más fuerte hicieron estragos en aquella región, y nos resultaba inmoral hacer ese libro como si no hubiese sucedido nada. Así que lo dejamos. Años más tarde, viajamos los dos a Tierra del Fuego, donde encontramos una suerte de monumento a la memoria que nos devolvió las ganas de hacer ese libro. En él, hablo de un mundo habitado por una galería de personajes que son la quinta esencia del sur, que vivieron e hicieron una forma de ser llamada Sur, y ese Sur ya no existe. El libro cuenta las Últimas noticias del Sur, y ese es el título. El libro está dedicado a mi hermano más querido, Osvaldo Soriano.
UNA NOVELA DE LA SELVA
Vayamos con la experiencia real de la que surge Un viejo que leía novelas de amor (el libro favorito del subcomandante Marcos, escribió Ignacio Ramonet), de las anécdotas que dieron pie a las historias de Antonio José Bolívar Proaño, de Rabicundo, el tigrillo...
Aunque esta novela nace de mi experiencia amazónica, no fui ni salí de ahí con la meta de escribir una novela. Por entonces tenía asuntos más importantes que la literatura; por ejemplo partir a Nicaragua, hacer lo que se debía hacer y salir vivo, seguir viviendo donde fuera posible. Sin embargo la historia se instaló en mis neuronas y dejé que se acomodara. La historia y yo teníamos tiempo. Si algo tenía claro, es que el narrador sería la selva. Como todos quienes escribimos, tengo una idea muy personal de cómo hacer literatura. Para mí lo primordial es la historia que quiero contar, y todo —mi cultura, mis conocimientos antropológicos, botánicos, mis lecturas o la cancha, que es el conjunto de trucos del oficio que una va conociendo con los años de circo—, todo, no es más que una lista de elementos funcionales y al servicio de la historia. La historia es la que manda, y la hacen los personajes, no las virguerías plumíferas del autor (esto es ser esencialmente cervantino) ni su punto de vista. Así que, partí de ahí, y lentamente se me impuso otra idea: no quería escribir una tarjeta postal de la Amazonia, una suerte de invitación a conocer ese mundo verde y, visto de fuera, exótico.
La idea dio vueltas durante diez años en mi cabeza. Entre medio escribí relatos, teatro, artículos, reportajes, hasta que un día en que me encontraba en Mali Losinj, una isla del Adriático, como guionista de una película extraña que se rodaba conforme iba escribiendo lo que el director me pedía, desperté con la novela en las manos. En dos días tuve lo que iba a ser el esqueleto del manuscrito, unas sesenta páginas que, ya tratadas con rigor de novelista, se convirtieron en un tocho de trescientos y tantos folios, que dejé reposar medio año. En las correcciones, sobre todo trabajé para eliminar cualquier intromisión del autor que enturbiara a los personajes, y así hasta que conseguí lo que quería: una novela de la selva.
Después de tu convivencia con los indios shuar, ¿crees que el viaje nos acerca a los otros o es sólo un acercamiento superficial, más teórico que real?
Cuando estuve en la selva amazónica, algo se tambaleó en mí, y no fue mi acervo cultural occidental, sino el desconocimiento que tenía respecto de una región del continente americano a la que, con el conocimiento transformado en prejuicio, o enajenación ideológica, le negaba su carácter diferente. Yo era un convencido —y sigo creyendo— de que el socialismo democrático era el gran paso adelante para conseguir sociedades armónicas y con justicia en eso que se llama desarrollo de las posibilidades humanas. Y de pronto, en la selva, encontré a grupos humanos que vivían en un estadio cultural que mi cultura occidental definía como «paso superior del socialismo». Los shuar vivían —y viven— el comunismo en su más pura acepción y sin ninguna teoría que se los haya enseñado. Como todas las etnias amazónicas están condenados a la extinción, porque el otro —según la perversa definición del «buen salvaje» roussoniano—, es como yo, pero peor. Sólo yo puedo medir su bondad y sus habilidades, puesto que soy el dueño de la moral y de la ética. Es curioso, entre los shuar y yo se dieron muchos afectos sinceros, visibles, palpables, y no obstante siempre me dieron a entender que yo era como uno de ellos, pero no era uno de ellos. Era diferente, pero mi diferencia no hacía de mí un sujeto minusvalorado.
¿Qué anécdota recuerdas como la más literaria de tu estancia entre los indios shuar?
Recuerdo una ocasión en que, antes de salir de cacería, colaboré en la preparación de los dardos para las cerbatanas. De pronto uno me preguntó si sabía por qué la telaraña con que se envuelve la punta debe tener una forma determinada. Desde luego que lo sabía; era una razón física, de aerodinámica: esa forma limitaba la resistencia del aire y evitaba que el efecto parábola lo desviara, pero respondí que no lo sabía y que quería saberlo. Entonces me explicaron que nosotros respirábamos aire, y que los monos que cazaríamos también respiraban el mismo aire, es decir, estábamos unidos por el aire, el aire, algo bueno y generoso que se entregaba por igual a la hormiga, al hombre y al mono. El dardo impregnado de curare debía ser silencioso, para no perturbar así el reposo de ese gran animal que era el aire. Entre la explicación física y la última me quedo con esta, porque me siento un romántico muy humildemente ligado a la herencia de otros románticos como Hölderlin, «El hombre cuando piensa es un mendigo y cuando sueña es un dios», o Novalis, el gran padre de la novela moderna, «Para hacer cantar a la humanidad basta con dar el primer tono», o Anette von Trotta, «A la ceguera obtusa de la verdad religiosa, prefiero la duda de la poesía».
Supongo que te conocerías mejor a ti mismo al convivir con un pueblo tan alejado culturalmente. El contraste siempre pone en evidencia esos rasgos de nuestra propia cultura que de habituales (y hegemónicos en ocasiones) somos incapaces de ver...
¿Hay pueblos o comunidades lejanas culturalmente? ¿Quién o qué determina esa lejanía? Yo prefiero hablar de la diferencia, de esa formidable diferencia que da sentido a la vida. Como nunca he sido creyente me he visto a salvo de algunos miedos, o de las preguntas ontológicas, del «quién soy, de dónde vengo, adónde voy». Sé, y mi inventario de certezas es bastante reducido, que genéticamente estoy hecho para el camino. Mi abuela paterna era una viajera vasca, mi abuelo paterno un prófugo andaluz que se convirtió en emigrante, mi abuela materna una emigrante italiana, y mi abuelo paterno era hijo del último gran toqui (cacique) mapuche, el gran Kalfukurá, modestamente «de la Patagonia y de la Tierra del Fuego, señor de La Pampa, señor de las islas y de los canales», que al mando de tres mil lanceros defendió las tierras del sur del mundo y se enfrentó a los ejércitos chileno y argentino, y a los mercenarios pagados por los ganaderos europeos que se apropiaron de las tierras de los mapuches a partir de las independencias de los dos países. Lo asesinaron cuando acudió solo a firmar un tratado de paz. Con tales antecedentes sé que adonde quiera que vaya estoy de paso, que mi antigüedad empieza conmigo, que debía y debo fundar mi propia tradición.
Cuando respondo a estas preguntas se han cumplido 34 años desde el 1 de septiembre de 1973, del día en que los Estados Unidos decidieron terminar con la democracia chilena. Si cierro los ojos, veo a un hombre que estaba a punto de cumplir los 23 años y que en medio de la balacera la única idea que le rondaba era esta: «Joder, si salgo vivo, mis hijos y mis nietos nacerán y crecerán en países lejanos, hablarán otras lenguas, tendrán que fundar sus propias tradiciones». Hay quienes aseguran que los viajes les han permitido conocerse mejor a sí mismos. Es posible. Yo he sido un tipo afortunado que en los cuatro puntos cardinales ha encontrado solidaridad, y eso me ha reafirmado y me ha hecho algo más fuerte.
PATAGONIA EXPRESS:
LA BÚSQUEDA DEL COMIENZO
Tus historias suceden en múltiples ciudades y lugares del mundo. Algunos escritores —sobre todo los dramaturgos— utilizan el espacio como punto de partida, como disparador de la historia. Primero hay un espacio concreto. Después el espacio va atrayendo todo lo demás. ¿Hay pueblos, ciudades, países que puedas relacionar de esta manera con otros de tus textos?
Es interesante lo del espacio como punto de partida, como imán que lo atrae todo. Alguna vez lo intenté como dramaturgo, pero siempre los personajes en tanto síntesis de las pasiones humanas, se impusieron al espacio. Por otra parte, creo que si reemplazo Elsinor por Gijón o Valparaíso, el drama de Hamlet no varía en nada. Mucho antes de que Grotowsky formulara sus teorías teatrales, Aristófanes proponía que los actores no abrieran los ojos en escena, inventó la caja negra sin saberlo para que ni una gota de pasión escapara de los límites del personaje. Luego Brecht, al definir su V-Efeckt (muy mal traducida como Teoría del distanciamiento), proponía, sugería, y en el Berliner Ensemble ordenaba, que el espacio físico desapareciera para dejar lugar al espacio histórico. Su Pieza didáctica de Baden Baden es tal vez la mejor lección de teatro formulada por un dramaturgo. Digo todo esto para, sin desmerecer esa posibilidad del espacio como centro magnético, decir que para mí los libros empiezan a funcionar, las historias empiezan a funcionar, cuando los personajes se distancian del autor (¡oh, viejo Pirandello!) y son capaces hasta de determinar los espacios en los que quieren moverse, actuar, y se imponen a la dictadura organizativa y dramaturgia del autor. En ese sentido, hay ciudades que para mí son invitaciones a emplearlas como escenarios de tramas. He movido personajes por Hamburgo, Berlín, Milán, Estambul, Buenos Aires; sin embargo, como a los personajes que quiero necesariamente les presto lo mejor y lo peor de mí, estos se me parecen y buscan con desesperación los grandes espacios abiertos. En cualquier caso, mantengo una buena relación con mis personajes, basada en un pacto muy simple: ellos me dicen «Vale, aceptamos tu mecánica aristotélica de la creación, tuyos son el planteamiento y el clímax, pero el desenlace, el cómo, cuándo y dónde ocurre el desenlace, nos pertenece». Y la verdad es que me agrada esa fórmula... Al fin y al cabo, lo que queda de los libros son ellos, los personajes, que se meten bajo la piel, ocupan la anatomía del buen lector y, en muchos casos, suplantan los rasgos de personas reales en la memoria del lector.
Patagonia Express es una novela de viajes (aproximadamente, pues con tu obra siempre es difícil hablar de géneros), formada por anécdotas y recuerdos que, según afirmas en el prólogo, escribiste durante muchos años en diversos lugares y situaciones. El hilo conductor es la promesa que haces a tu abuela de ir a Martos (España), el pueblo que ellos tuvieron que abandonar para viajar a América. ¿Cómo fue tu llegada a España, más concretamente al pueblo de tus antepasados?
Mi abuelo paterno fue un tipo bastante duro, de una ternura fiera, de una ferocidad tierna. Era un anarquista andaluz que se fugó de la prisión de Almería en 1897, se largó a Filipinas, de ahí a Ecuador, como buen andaluz puso una fábrica de aceite, financió y organizó los primeros movimientos libertarios ecuatorianos, de nuevo lo encerraron y se fugó una vez más y de la cárcel de Guayaquil se largó a Iquique, en el desierto de Atacama. Más tarde, en Santiago, fundó una universidad popular, algo así como una escuela superior de formación profesional a la que acudían obreros gráficos, tipógrafos del cono sur latinoamericano. En su casa, en un rincón del patio tenía su Carmen, y ahí me hablaba de España, de Andalucía, de Jaén, de Martos, de sus hermanos, de los olivares, del buen aceite, del vino recio de los aceituneros altivos del poema.
Cuando tuve la ocasión de ir a Martos en 1980 —por mandato de mi abuelo ningún Sepúlveda pisaba España mientras el cabrón de Franco estuviera vivo—, el viejo anarquista ya había muerto y siempre sentí que volvía en su nombre, con él, a cerrar un círculo que cuando se abrió quiso derrotarlo, vencerlo, humillarlo, hacer de él un infeliz. Pero mi abuelo era una anarquista y no se dejó derrotar, ni humillar, y fue intensamente feliz porque nunca se sintió despojado de su lar. Tenía un lema —que desde luego es también mío—: «Uno es de donde mejor se siente». Tuve la inmensa fortuna de conocer a su hermano menor, un ancianito que, al citarle el nombre de Gerardo me preguntó si era yo, y esa es una de las emociones más fuertes que he tenido. Estuve tres días en Martos. Al salir de ahí, sentí que algo mío se quedaba, y supe que era mi abuelo el que permanecía, junto a su hermano, en una conversación interrumpida en 1897 y reanudada en 1980. Y me fui feliz, sabiendo que esos dos tenían mucho de qué hablar.
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