Invitación a la lectura

Lo único que hay son intuiciones, Eloy Tizón

Lecturas

Alumbramiento, de Andrés Neuman

Trenes hacia Tokio, de Alberto Olmos

Semblanza del escritor Charlie Feiling

Tintalabios

Ricardo Piglia:
«Para un escritor
también es importante
lo que no publica»

Eloy Tizón:
«Ningún mercado impedirá que un loco se encierre en su cuarto para producir belleza y emoción; y que otro loco, más tarde, lea esas páginas»

Cristina Cerrada: «Ahora un escritor es sólo aquel de quien se puede decir algo»

Luis Sepúlveda:
«La historia es la que manda, y la hacen los personajes, no las virguerías plumíferas del autor ni su punto de vista»


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Cristina Cerrada en dos palabras

Nació en Madrid en 1970. Es licenciada en Sociología y coordina cursos de escritura creativa. Inició su carrera literaria con el libro de relatos Noctámbulos (2003), al que siguió Compañía (2004), también de cuentos. Ha publicado las novelas Calor de Hogar SA (2005) y Alianzas duraderas (2007). Entre sus numerosos premios destacan el NH de relatos y el Ateneo de Sevilla.

En la red

Un fragmento de Alianzas duraderas
Relato Neumonía.
Página web de Cristina Cerrada.
Taller Literario de Cristina Cerrada.

 

 

 

ENTREVISTA: CRISTINA CERRADA, ESCRITORA ESPAÑOLA

«Ahora un escritor es sólo aquel de quien se puede decir algo»


Con ella volvió el hiperrealismo, la exploración detallada de las pulsiones más cotidianas en el mundo urbano actual. Dicen que tiene un aire a Carver: en sus novelas y cuentos abundan los diálogos precisos y naturales. Y es que para esta narradora madrileña, la poesía está en la lengua hablada, un registro que, según ella, muchos escritores desprecian porque prefieren irse a la cocina a prepararse un sándwich.

 

Alberto Olmos
alberto-olmos@terra.es

 

Cristina Cerrada (Madrid, 1970) nos regaló este año su segunda novela, Alianzas duraderas, una obra explosiva, tensa, sobre una familia contemporánea en la que el hiperrealismo revalida sus virtudes y  su fuerza expresiva. Pocos novelistas en nuestro país dominan como ella la caracterización de personajes y el magma emocional del relato, además de suponer una sana excepción a la literatura sentimentaloide y dietética de las autoras españolas más promovidas.

En esta entrevista electrónica nos habla de los problemas que le da su ordenador personal; nos habla de un sándwich. Es decir, nos habla de literatura.

La cantidad de preguntas tópicas que se me ocurren (¿por qué escribes?, ¿qué opinas de los que dicen que el cuento es un género menor?, ¿cómo has vivido el salto a la novela?,...) es tan grande empezaré con una pregunta claramente comprometedora: ¿dónde estás contestando esta entrevista, a qué hora, con qué estado de ánimo y rodeada de qué objetos o paisajes?
Estoy sentada ante el portátil (no me gusta, me recuerda una lata de sardinas) porque mi pc se ha roto (se rompe mucho). Eso me produce grandes sufrimientos: tengo que trasladar listas de correo, mensajes, ficheros, páginas de favoritos, configuraciones al portátil, y luego, cuando lo arreglan, regresarlos del portátil otra vez al pc. Siento que el destino me atraca, que me roba. (¿Qué hago?)

(¿Existe una literatura femenina?, ¿están los premios amañados?, etcétera). Si todavía no dudas de la competencia del entrevistador, veamos en este segundo paso: si tuvieras que distribuir tus cuatro libros (Noctámbulos, Compañía, Calor de Hogar S.A. y Alianzas duraderas) en uno de estos centros comerciales: El Corte Inglés, FNAC, Casa del Libro y la Librería de Lavapiés (calle Doctor Fourquet), ¿cuál elegirías para cada uno y por qué?
Qué pregunta más trágica. Si fuese una escritora avispada, escogería El Corte Inglés para todos ellos, grandes montones. Si fuese una escritora esnob, la librería de Lavapiés, sin duda (estarían en un estante apretadísimo, lejos de la puerta, y la gente los encontraría mientras buscaba algo de Askildsen, o de Jim Thompson; o de Carver, que dicen que me parezco). Libros como Compañía o Noctámbulos yo no aconsejaría que los pusiesen en grandes montones en El Corte Inglés, no tendría sentido. Calor de Hogar, S.A, por ejemplo, estuvo allí, en grandes montones. Pero no sirvió de nada. Si fuese una escritora inteligente no hablaría así. Si fuese famosa, no tendría problema: podría hablar como me diese la gana porque mis libros estarían en todas partes, como la Coca–Cola. Alianzas duraderas... no lo sé, quizá lo colgaría de Internet, para que lo leyera todo el mundo.


PULSIONES SINCERAS
Tu última novela, Alianzas duraderas, aborda la figura del hombre descontento de su vida que trata de introducir un cambio radical que le abra nuevos horizontes. Realmente, ¿cómo decidiste que el punto de vista fuera el masculino y que las preocupaciones existenciales de la novela fueran tan de género (masculino)?
Realmente no lo decidí. Necesitaba hablar de algo (imagino que ese algo me estaría royendo por dentro, como me pasa siempre, ya sabes, ves una película y dices, ahí está la jodida muerte, o el amor, o el miedo; aunque la película sea de ovnis), y lo hice. Ese algo tomó la forma de una metáfora: determina situación que afectaba a unos personajes, de los cuales, unos eran hombres, otros mujeres, otros niños y otros viejos. Pero todos, imagino, son yo.

En varias ocasiones he oído calificar Alianzas duraderas de «machista». Desde luego, la obra es muy sincera respecto a las pulsiones y los sueños del hombre medio actual; pero ¿por qué crees que algunos la adjetivan como «machista»?
Como te he dicho, necesitaba hablar de algo, y ese algo tomó la forma de una situación que afectaba a varios personajes. Adopté la perspectiva de uno de ellos —hasta el penúltimo episodio— para narrarla: la de Bernabé. Casualmente se trataba de un personaje masculino, pero, tú lo sabes bien, que la perspectiva adoptada para narrar una historia sea la de un personaje determinado, no quiere decir que en el texto no estén también representadas las de los demás. Bernabé ve las cosas como un hombre ––al menos, esa era la idea—, pero la suya está muy lejos de ser una postura modélica. En realidad, ninguno de los personajes es modélico ––esa sí que era la idea—. Si Cornelia es inmoral, el abuelo es un loco violento. Si Pola Sincler es caprichosa, Bernabé, además de mezquino, es un esnob, un oportunista y un cobarde. Es cierto que Estela está lejos de ser una víctima ––tiene carácter, es egoísta, posesiva, vulgar—, pero saca adelante a su familia, y ama a Bernabé. Víctima o verdugo, depende del punto de vista de quien cuente la historia. Yo he dejado que sea Bernabé quien la cuente, sin embargo, yo aconsejaría no caer en el error de confundir personaje con narrador, o narrador con autor. Me parece que no corro el riesgo de equivocarme si afirmo que no hay nada de legitimador ––por Dios, todo menos eso— en el discurso del narrador de esta historia. En cuanto a la sinceridad en las pulsiones masculinas, te diría que —y al menos esa era la intención— que el libro es sincero acerca de las pulsiones en general.

Tu obra se alimenta exclusivamente de situaciones adultas en escenarios urbanos contemporáneos y, en cierta medida, universales (el topos parece siempre un Los Ángeles innombrado): ¿un autor debe hablar de su época, de los problemas que vive su tiempo?, ¿qué opinas de la novela histórica, las novelas sobre la Guerra Civil española o los biopic?
¿Qué es un biopic? Yo creo que un autor debe hablar de lo que quiera. No estoy muy de acuerdo con las teorías excesivamente normativistas acerca de la creación, que identifican literatura y política, aunque sólo sea porque la experiencia me ha demostrado que no funciona así (tratando de ser fiel a tal o cual doctrina se puede uno volver repetitivo o, peor aún, aburrido). Creo que ponerle trabas a la creación es un contrasentido y un desastre. Ahora bien, un escritor ––uno que lo sea de verdad—, adquiere un compromiso, aunque sólo sea consigo mismo. Se tarda mucho ––y es doloroso, no se piense—, hay que identificar fantasmas, obsesiones, transitar paraísos, lagunas negras, encrucijadas, practicar ritos ancestrales hasta encontrar aquello que se tiene que decir. Muchos se saltan esta experiencia ––pobrecillos—, y tiran por el camino fácil, seguro, de las modas, la literatura acomodaticia. Como a cualquier persona juiciosa, me indigna cuando se premia esto último y no el auténtico talento. Pero hoy estoy contenta ––y orgullosa— porque el recientísimo premio Café Gijón  ––creo que se falló ayer— se lo han dado a una antigua alumna mía. ¿Eh?


SI NO HABLAN DE TI, NO EXISTES

Tu modo de escribir te excluye felizmente de ser agrupada junto a otros escritores bajo una etiqueta reduccionista y barata (como podría ser: generación Kit Kat, grupo Spam, colectivo Powerpop o, no sé, legión Vaginal); ¿hay una tendencia periodística a desinflar todo sentido crítico dando por hecho que a varias decenas de escritores se les puede resolver con un nombre llamativo y cuatro puntos de referencia comunes?
Me voy a poner estupenda. En mi opinión, vivimos en el mundo que crean para nosotros los medios de comunicación. Todo aquello de lo que no hablen los medios de comunicación simplemente no existe, no es real. No sirve de nada. Para los medios de comunicación, el concepto de lo real está estrechamente relacionado con el de utilidad. Todo lo que no sea útil, que no genere algún rendimiento, no merece la categoría de real. Es inútil, por lo tanto, que haya tres o cuatro, diez o veinte escritores buenos, haciendo cosas interesantes, si nadie los conoce. Hay que darlos a conocer, pues, para que produzcan algún rendimiento, para que sean reales ––rentables. Hacerlo en forma de generación literaria tiene la ventaja de que abarata los costes. Naturalmente, todo esto es lamentable. Antes un escritor era alguien que tenía algo que decir. Ahora, un escritor es sólo aquel de quien se puede decir algo. Si un escritor no sale en los medios, no es un escritor, no lo puede decir por ahí, a sus vecinos, por ejemplo, hola, soy escritor, ni rellenar con ello la casilla de un formulario. Sin embargo, no se trata de un engaño que maquinen contra nosotros las cadenas de televisión, los grupos editoriales. Todos formamos parte de ello. La nuestra es, probablemente más que nunca, una existencia fantasmática, una sociedad hecha de ficciones (y no me refiero a las literarias). Platón expulsó a los poetas de la república por su doble condición de mentirosos ––no representaban la esencia de lo real, sino sólo su apariencia—. Qué pensaría de un mundo en el que las cosas ya ni siquiera necesitan ser las cosas para existir, donde los poetas ya no son poetas sino sólo su apariencia.

Tus diálogos, sobre todo en Alianzas duraderas, resultan admirables, precisos, naturales. Tu capacidad para hacer hablar a los personajes, para llenar páginas con sus parlamentos y que no parezca relleno y, sobre todo, para esquivar la facilidad de decir cómo es el personaje, es poco común en el panorama literario nacional. ¿Los diálogos viven actualmente una cierta marginación, al menos entre los autores que se consideran más importantes?
Regreso a la Literatura. Pues no sé si esa marginación es un fenómeno reciente o viene de antes, pero desde luego, sí, creo que así es. Creo que el diálogo ha sido siempre bastante despreciado en la prosa. Los novelistas, por ejemplo, salvo honrosas excepciones, lo han desatendido sistemáticamente. Lo necesitan, pero es como si dijesen, bueno, ahora que hablan los personajes me voy a la nevera a preparar un sándwich. En el cuento es otra cosa, pero sigue siendo difícil encontrar buenos diálogos. En mi opinión, literatura es sinónimo de poesía, pero no hay que confundir poesía con retórica, que en exceso huele a naftalina y a cerrado. La poesía es algo vivo. Está en la lengua, pero en la lengua hablada. Si coges un cuento de Aldecoa lo puedes ver. O de Hemingway. La lengua hablada expresa, es una experiencia, no un concepto. Es espontánea. Y un diálogo, si es bueno, ha de reproducir ––o producir, mejor dicho—eso: fuerza, belleza, espontaneidad.

(Si estás fumando, bebiendo algo, o has sido interrumpida por una llamada telefónica mientras contestabas estas preguntas; o has cambiado de sitio en el lugar donde escribías; o ya es otro día, uno distinto al que elegiste para contestar la pregunta número 1, es el momento en el que te invitamos a detallárnoslo).
No, sigo aquí. Aunque estoy pensando en ir a la nevera a prepararme un sándwich.


SIN GÉNEROS, PERO CON POESÍA

Siendo categóricos (no encarcelan por ello: seamos categóricos) tengo la impresión de que el salto del cuento a la novela tiene mucho de «no hay vuelta atrás», como cuando uno deja de tomar el Metro y empieza a coger taxis (yo sigo tomando el Metro, por si la comparación resulta lesiva para los relatos). ¿Es así en tu caso, o te ves fácilmente volviendo a trabajar en libros de cuentos, incluso dejando eternamente de lado proyectos de novela?
No lo sé. No te creas que yo misma no me lo he planteado. Lo que pasa ––y aquí voy a ser categórica, ya que hay bula— es que estoy un poco harta de clasificaciones, categorías y taxonomías que, honestamente, pienso que deberíamos dejar a los críticos. Lo que quiero decir es que, en la medida de lo posible, intento, cuando escribo, no escribir una novela, o un cuento, sino otra cosa. La mayoría de las veces, fíjate, cuando escribo una novela, intento que tal o cual episodio, en el que esté trabajando, pueda funcionar como otra cosa. (Eso me hace pensar a veces que hay un género único y esencial, que estaría muy cerca de la poesía (en el sentido que Octavio Paz le da en El arco y la lira) algo entre la poesía y la música, entre la poesía, la música y el sueño. Y la naturaleza, y el sexo. Yo qué sé). Lo último que estoy escribiendo muestra un poco mi cabreo con esto que, personalmente, considero una guerra mediática, una estrategia de los medios de comunicación para vender más, y que a mí ni me va ni me viene.

Eventos literarios, fiestas, cenas, presentaciones. ¿Te gustan? ¿Por qué todos los escritores afirman «no frecuentar los ambientes literarios»?
A mí no me gustan. Pero nada. He ido a algunos y supongo que tendré que ir a alguno más. Pero no me siento bien cuando estoy allí, y no creo que sea por nada enorgullecedor. Simplemente, me imagino que soy un ratoncillo, un ratoncillo entre un millón de ratoncillos más, todos intentando subir las escaleras a la vez. Unas escaleras que no van a ningún sitio. No me gusta.

Si te ofrecieran o incluso obligaran (o te pidieran de rodillas y de modo que no pudieras negarte) escribirle su siguiente libro, copiando su estilo y tono y motivos, a un escritor o escritora español actual, ¿a quién crees que podrías suplantar de un modo más mimético?
No creo que pudiera hacerlo con ninguno. A veces, en los momentos de crisis, he intentado copiarme a mí misma incluso, pero nada. Falta de destreza, supongo.

Una fácil. ¿Puedes recomendarnos tres o cuatro libros publicados recientemente?
Tres o cuatro son muchos. Recomiendo uno de un ruso, llamado Mijail Kuráyev: Ronda nocturna.

Y una penúltima lógica: ¿cuál crees que es la relación entre literatura e internet y cómo ves en el futuro este vínculo: web personales, blogs, foros de literatura, revistas electrónicas, posibilidad de descargarse novelas en pdf...?
Es indiscutible que se asistimos a una revolución tecnológica de magnitudes incalculables, que cambiará el panorama cultural ––que lo está cambiado—, como lo hizo la imprenta en su día. Ahora bien, me parece detestable como tema de conversación y como motivo novelesco.

Finalmente, cuando envíes las respuestas a esta entrevista por correo, ¿las habrás leído tantas veces que te las sabrás de memoria, habrás cambiado alguna respuesta, te sentirás liberada de una tarea engorrosa, pensarás que van a estar ahí (en la Red) para siempre y que quizá debiste cortarte un poco (o arriesgar más), te dará todo un poco igual, decidirás en última instancia cancelar la entrevista?
Como soy una neurótica experimentada, un poco de todo.

 

 

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