Invitación a la lectura

Lo único que hay son intuiciones, Eloy Tizón

Lecturas

Alumbramiento, de Andrés Neuman

Trenes hacia Tokio, de Alberto Olmos

Semblanza del escritor Charlie Feiling

Tintalabios

Ricardo Piglia:
«Para un escritor
también es importante
lo que no publica»

Eloy Tizón:
«Ningún mercado impedirá que un loco se encierre en su cuarto para producir belleza y emoción; y que otro loco, más tarde, lea esas páginas»

Cristina Cerrada: «Ahora un escritor es sólo aquel de quien se puede decir algo»

Luis Sepúlveda:
«La historia es la que manda, y la hacen los personajes, no las virguerías plumíferas del autor ni su punto de vista»



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Alberto Olmos exprés

Nació en Segovia en 1975. Con su primera novela, A bordo del naufragio, quedó finalista del Premio Herralde de Novela de 1998 y El Cultural consideró la obra entre las mejores opera prima del año. Después vino Así de loco te puedes volver, una novela inencontrable y editada en 1999 por Tertulia de los Martes de Segovia. En 2006 ganó la X edición del Premio de Arte Joven de Novela de la Comunidad de Madrid con Trenes hacia Tokio, que salió en la editorial Lengua de Trapo. Y a finales de 2007, ha publicado El talento de los demás, también con Lengua de Trapo. ¿Más? Clic a la wikipedia.

Trenes hacia Tokio

Ficha
Fragmento 1
Fragmento 2

El autor en la red

entrevista en revista Deriva
entrevista en Literaturas.com
artículo en Calle 20
reseña en La Opinión de Málaga
reseña en El Confidencial
reseña en La tormenta en un vaso
reseña en Literaturas.com
reseña en Lector Ileso

Artículos en Teína

entrevista con Alberto Olmos
Tokiofrenia
Templos de Japón
La partida
Tontos en Taipei
Bangkok desparramado
entrevista a Juan Aparicio Belmonte
entrevista a Unai Elorriaga
entrevista con Rafael Reig
La signatura TIZ
Ronaldo Menéndez, paraíso en prosa

 

 

TRENES HACIA TOKIO, UNA NOVELA DE ALBERTO OLMOS

En el andén, un escritor con estilo

 

Japón tras la mirada de David, un narrador español de 30 años, fan de Matrix, el Kit Kat, Bruce Lee y el sexo, y cuya divisa es «Miro hasta que invento». Aquí, algunos argumentos de por qué merece la pena ir a la biblioteca, sacar este libro y sentirse en él como si se viajase en un tren bala.

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Cada tanto en una descafeinada fiesta de cumpleaños, en una aburrida cena de fin de semana, en un desangelado atrio de iglesia donde la gente espera con arroz la salida de los novios, alguien se anima y plantea en voz alta la pregunta del millón: «Esto, ¿cómo haces tú para saber si un libro es bueno?». Katakrak. Ahí va eso. Cascabel y gato, huevo y gallina, quién le pone la cola al burro. Vaya una cuestión sencilla y a la vez difícil de responder.

Difícil porque quien la plantea suele esperar a cambio la fórmula de la Coca Cola que lo alivie de la onerosa tarea de pensar por sí mismo qué le gusta, qué no y por qué. (Porque esas, no nos engañemos, son las preguntas que uno debería saber responderse... ¿O es que  acaso alguien sabe qué es bueno?). Y a la vez se trata de una cuestión fácil porque alcanza con recomendarle ir a la biblioteca más cercana, elegir 10 libros de narrativa actual en español y comprobar cuántos comienzan así:

Delante de nuestro coche hay un coche blanco; delante del coche blanco, uno rojo; delante del coche rojo hay un camión de diez toneladas; y delante del camión de diez toneladas, una niña de cinco años.

No se mueve.

El camión actúa del mismo modo que lo haría si un perro se cruzara en su camino: espera. El coche rojo se comporta de la misa forma que lo haría si un gato se cruza en su camino. Espera. El coche blanco sigue el procedimiento habitual cuando un conejo se te cruza en la carretera: esperar.

La niña entra y sale de la carretera, regulando inconscientemente el tráfico.

Nosotros también pasamos. Nos preguntamos dónde estará su madre.

—Deberíamos hacer algo, ¿no? —digo.
—Sí, deberíamos —dice Kokoro.

Primera página de la narración: 125 palabras y un solo destino: demostrar que el escritor  viene con ganas de contar algo y que viene con ganas de hacerlo a su manera (¿será eso el estilo?). El libro empieza en la primera oración, en el primer párrafo, en la primera carilla, incluso en la primera palabra, es decir, no le exige al lector 60 ó 70 páginas de paciencia budista porque es de esos libros que «no, no, no lo dejes todavía que después, más o menos a la mitad, es cuando se pone bueno». No, abrir Trenes hacia Tokio significa subirse a un tren bala que te espera en el andén del primer párrafo y que vuela a ritmo de vértigo hasta el último.


CUANDO EL OFICIO ESTÁ PRESENTE
Eso sí, antes de partir en libro-bala hacia Japón, quizá merezca la pena detenerse en estas 125 primeras palabras; en ellas podrían estar contenidas las pistas para saber si el maquinista es de confianza. ¿Por ejemplo? Que si esos siete párrafos huelen al clásico «Algo está a punto de suceder» de Carver, aunque pasado por la licuadora verborrágica de Cervantes. Que si técnicamente también remiten a Hemingway repitiendo sin disimulo ‘viejo', ‘barca' y ‘pez' en El viejo y el mar, pero aquí con ‘coche', ‘blanco' y ‘rojo'. Que si Kokoro, ¿dónde he escuchado yo antes ese nombre? Kokoro, Kokoro..., joder, ¡Kokoro!, así se llama un libro de Sánchez Dragó. Que si volviendo a lo que importa: los verbos de atribución de diálogo son los que deben ser, los personajes hablan de manera creíble y el capítulo, como apenas dura una página, empieza con el conflicto para captar así la atención del lector desde el inicio. En fin, que al menos se nota que hay un escritor profesional con ganas de hacer literatura detrás de este primer movimiento.

Por cierto, que palabras como ‘profesional' o ‘literatura' no son joda, ni en sí mismas ni aplicadas a Alberto Olmos. De hecho, ese breve fragmento todavía resiste más aumentos en la lupa del microscopio, lo cual da ya una pauta de la calidad de quien lo ha escrito. En esencia, lo que encuentra el lector es un narrador en primera persona que dice dónde está ubicado él y que elige tres sustantivos simples —coche, camión, niña— para amueblar la escena a su alrededor. Los coches los pinta de colores  sencillos —blanco y rojo—, al camión lo describe por sus toneladas y a la niña por su edad; después los pone a todos en fila (coche-coche-camión-niña), y con esa ordenada sucesión de sustantivos comunes dibuja la escena y la dota de tensión narrativa. Parece sencillo, pero hay que saber hacerlo.

Por otro lado, los adjetivos que cuantifican —diez y cinco— acentúan la desigualdad sugerida por los sustantivos: niña frente a camión, años frente a toneladas. Con todo, los matices no terminan ahí. Con la escena ya dibujada y la tensión instalada en el relato, Olmos le dedica el segundo párrafo a una solitaria oración, que contiene un verbo que acentúa la tensión sobre la niña: «No se mueve». Lo que logra ahí es, además de echar a rodar el mecanismo narrativo, dejar al lector con una pregunta que responder: ¿se llevará el mamut de la ruta por delante a la chica?

Para saberlo, hay que seguir leyendo; y eso es ya una victoria de quien narra. De todos modos, antes de darle el punto al escritor, el lector aún podría apretarle un poco más las tuercas al texto, para conocer mejor a quien lo escribe. Así, en esas 125 palabras puede observar microfenómenos tan interesantes como que los cinco primeros párrafos están construidos de manera distinta: los hay con una sola oración larga, con una sola oración corta, con varias oraciones enlazadas mediante un sutil juego de puntuación que matiza el sentido del verbo esperar... Incluso los hay con perros, gatos y conejos, que escenifican en diferido la travesura de la niña. Vamos, que del primero al último transmiten lo que un analista del discurso llamaría ritmo y lo que cualquier escritor mencionaría como oficio.


LA PIEL, ESA PRENDA
De acuerdo, la prosa de la primera página resiste tantos exámenes como lavados la toalla del cuarto de baño; pero ¿y las demás hojas, el resto de capítulos, etcétera? Porque digámoslo claro: una iluminación rimbaudiana la tiene cualquiera, hasta el peor poeta escribe un buen verso, dijo Borges, ¿quién nos dice que el estilo de Alberto Olmos no es sino flor de unos renglones? Comprendido. Sigamos entonces con esos otros 10 libros en la mesa de la biblioteca y abrámoslos al azar —bretoniano, claro— por la página 137. Contabilicemos cuántos ofrecen al lector un pasaje como este:

En el vagón está a punto de entrar una china estrafalaria. Tres, dos, uno: ahí está, fantástica, loquísima, con pantalones masculinos y un cinturón puesto al desgaire a la altura del ombligo. Porta un bolso de Hanae Mori y una bolsa de papel marrón llena de rollos de cartulina de varios colores. Lleva tanta ropa que me hace sentir desnudo. Lleva tanta ropa que parece que, no sabiendo qué ponerse, fue probándose todo el ala oeste de su guardarropía hasta encontrar lo que mejor le quedaba; y lo que mejor le quedaba era todo: un abrigo y una chaquetilla y un chaleco y un jersey y dos camisas y un top y dos o quizá tres sujetadores y, debajo, la piel, esa prenda que la verdad es que no hace juego con nada, querida.

134 palabras y otra vez lo innegable: el estilo (no para vestirse, sino para escribir, se entiende). La cuenta atrás que aparece en la segunda oración demuestra que el autor escribe con total libertad (algo que el minimalista Carver jamás se permitió, y el verborrágico y juguetón Cervantes sí). Espléndido. Ahora, la chica.  ¿Qué sabemos de la chica? Lo fundamental: «Lleva tanta ropa que me hace sentir desnudo». Es decir: lo sabemos todo. ¿Algo más? Sí, esa última oración que arranca con el irónico escrutinio de indumentaria y que termina rematando el párrafo de manera contundente, con un tono ácido, con una voz narrativa inconfundible: «y, debajo, la piel, esa prenda que la verdad es que no hace juego con nada, querida». Punto para el autor.


MIRAR HASTA INVENTAR
Tiempo muerto, un respiro con el análisis de la prosa. Pero ¿de qué va Trenes hacia Tokio? Ah, el tema, el bendito tema, eso sin lo cual jamás ganarías el Premio Planeta o te editarían el libro en tapa dura para que cueste 3 ó 4 veces más. A ver, posible argumento:

a) Un español de 30 años vive en Japón, está casado con una chica del lugar, trabaja de profesor de inglés en una guardería y hace lo que todos: mira escaparates, sale a cenar, viaja en tren, busca trabajo, vive con su esposa... Cosas de la vida, se divorcia. Esto último abriría la puerta a un segundo posible argumento:

b) una historia de desamor, donde el protagonista, David, trabaja lo justo, para dedicarse así a escribir en su tiempo libre. El libro contaría el intento por cubrir, a golpe de literatura cotidiana, el hueco que deja el divorcio de Kokoro en su vida.

Pese al exotismo implícito en la palabra ‘Japón', el libro no es precisamente una guía turística. Sí, tras la mirada de este David, el lector ve Japón y a sus japoneses, como anuncia el título, pero el punto de vista no puede ser más subjetivo. Antes y después de divorciarse, lo que atraviesa la vida de este personaje es el sexo: lo mismo busca canales porno mientras está de vacaciones con su esposa en Bangkok que detalla cuánto le gustaría follarse a las profesoras de la guardería donde trabaja cuando regresa a su condición de soltero. Sexo aparte, las otras constantes de este viajero son su flipe por Matrix, Bruce Lee y los Kit Kat. Ese —y no un periodista o un sociólogo— es el personaje literario —y no la persona— que sube y baja en los veloces trenes de estas páginas.

Por eso, la táctica es novelística: «Miro hasta que invento», aclara el narrador hacia la mitad del libro. Y es que el punto de partida son situaciones cotidianas reales —Olmos es de los escritores que todavía creen en la «realidad»—, donde un detalle revela la tensión narrativa de quien observa la escena. A veces, ese detalle puede ser tan mínimo como encontrar en un salón de juego a un ludópata que echa monedas en una máquina y que ni siquiera tuvo tiempo para encenderse el cigarrillo que sostiene entre los labios. Ahí, en ese algo que incomoda o que absorbe la atención de quien mira, nace la historia. Y no importa si esta es autobiográfica, importa si es verosímil.


UN POCO HEMINGWAY, UN POCO NABOKOV
Por eso, hay que mirar hasta inventar. O inventar una mirada, si hace falta. Suena a Hemingway —y a tantos otros epígonos de Henry James—: «Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal». Eso hace Olmos, aunque por fortuna lo aplica con miras más amplias que las de don Ernesto. Abunda la dramatización y la escena dialogada en este libro, fiel a la escuela yanqui; sin embargo, paradójicamente, las epifanías narrativas suceden en pasajes descriptivos como el mencionado antes o este otro:

Es pequeña, apenas alza del suelo las dos letras de su nombre.

Ai significa: amor. Ya he dicho que es pequeña.

La conocí entre otras japonesas, cientos de japonesas, miles de japonesas, todas apiñadas y sonrientes y monocromas. Ai era el destellito de luz, el punto sobre la i de la palabra nipón. Sin senos ni trasero tumefacto, todo su cuerpo era un facistol para su rostro, un andamio para que la cabeza quedara a metro y medio del piso. Su cara daba por fin sentido a la palabra 8.005 del diccionario: exótico. Exótico ya no era lo que estaba lejos; era lo que tenía más cerca, lo que querías tener próximo.

Ai parecía tan japonesa, tan acrisolada de su propia nacionalidad, tan jugo exprimido de una bandera, que a su lado sus compatriotas tenían algo de inmigrantes, de extranjeros, de turistas en otra piel.

Llevarse a Ai de paseo era como llevarse a todo un país en el bolsillo. Ella era Japón: detrás de sus ojos rasgados se rasgaba el resto de los ojos nipones, su boca daba fin al tubo infinito de bocas y gargantas y pulmones que hace un idioma; su piel era la última mano de pintura dada a una raza.

Ai: japonesita.

Nítida. Lírica. Apabullante la descripción. Parece incluso un homenaje a la Lolita de metro cuarenta y ocho que Nabokov inmortalizó nada más empezar su novela sobre la nínfula que le cambió la vida al profesor Humbert Humbert. Es el mismo tipo de escritura, la de una mano que se deja llevar por el propio movimiento al escribir y que frasea como un músico de jazz en plena improvisación, con esa prosa espontánea e intuitiva por la que abogaba Kerouac. La chispa que la hace arder reside en el ritmo, en la exacta elección de las imágenes, en el atrevimiento para dejar que unas palabras llamen a las otras, sin un plan preestablecido, y así ir llenando la página. Ai, digo, ay, no puede haber algo más exótico en la literatura que se publica actualmente.

Y es que no son tantos los libros que le colocan una ola así bajo los pies al lector. Y menos los que lo obligan a poner cara de surfista californiano y deslizarse párrafo a párrafo con ese lirismo. Así que cuando eso sucede, ya está, no hace falta seguir preguntándose si será bueno. No, lo único necesario en ese momento es valentía para consumar la orden bíblica que nace del libro: ven y sígueme. ¿Hacia Tokio? Hacia Tokio. ¿En tren? En tren. Y adiós, adiós, a los otros 9 libros que esperaban en el andén de la biblioteca; ya tendrán su oportunidad. Ahora, lo importante: surfear hasta el insomnio sobre la ola de este Trenes hacia Tokio y llegar hasta la orilla de la página 190; mañana ya habrá tiempo de bostezar camino del trabajo en algún transporte público menos exótico que el japonés.


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