ALUMBRAMIENTO, EL ÚLTIMO LIBRO DE CUENTOS DE ANDRÉS NEUMAN

Un boxeador que baila,
un escritor que deja puertas abiertas

El estilo de boxeo de Ringo Mentón de Seda Durán —personaje del cuento homónimo— parece cifrar la poética narrativa de Andrés Neuman. Noquear y ser bello es su divisa. Junto al metaliterario Ringo, otros personajes como Arístides, el hombre que iba desnudo a trabajar, o Cristóbal, el hombre que quería ser Marcos, conforman una suerte de bestiario que revela la minuciosidad y el gusto de Neuman por dejar que el lector construya sentidos.

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

Así boxea Ringo Mentón de Seda Durán, así escribe Andrés Neuman. Ringo viste calzón de seda, es carilindo, más ágil que fortachón, pasa sin rozar las cuerdas del ring cuando sube a pelear y baila sensual alrededor de los contrincantes hasta que los derriba con una certera, exacta y bella combinación de golpes. Como estilista, y salvando las distancias, Ringo está bastante más cerca de Óscar de la Hoya, el Golden Boy, que de Mike Tyson, el Terror del Garden. Y es que el autor, Andrés Neuman, busca más la efectiva plasticidad del primero que el demoledor puño de hierro del segundo.

Porque Ringo, púgil con aires metaliterarios donde los haya, es un esteta y un bailarín, demasiado delicado en apariencia para un deporte de machos como el boxeo. Tanto es así que su entrenador, el rudo Moncho Látigo Brascia, comenta: «Este cretino me ha salido maricón». Y es que Mentón de Seda Durán —que es casi como decir Neuman—, en vez de aspirar a romperle rapidito la crisma al oponente, prefiere danzar, ir y venir, coser y descoser la cintura de este. Lo suyo es mostrarse elástico en todo momento y evitar así el intercambio de golpes. Hasta cierto punto, Ringo incluso juega a impacientar al público y al rival, porque, como explica el narrador del cuento, «nunca había pretendido noquear a sus rivales sino, más exactamente, seducirlos con su fuerza». Esa sentencia traspuesta sobre el estilo de Neuman puede leerse como este otro juicio que deja caer ese mismo narrador:

Ringo no soñaba con parecerse a un atleta admirado por sus salvajes pares, sino a un príncipe atrevido capaz de vulnerar con toda exquisitez las normas de los plebeyos.


NOQUEAR SIN MATAR EL SENTIDO
Por eso, a Neuman le alcanza con amagar los ganchos, con sugerirlos a través de la escritura. Él no sale a buscar la mandíbula del lector en el primer asalto; prefiere encandilarlo con la paciencia de un encantador de serpientes y jugar a que este construya sentidos para aquello que está leyendo. Textos como La ropa, Justino o La belleza —excelentes miniaturas de 5 ó 6 párrafos— refieren, de hecho, a una categoría muy cortazariana, la del lector activo. Es decir: Neuman busca —y gustará— más al lector que dialoga con el texto para construir mentalmente otro que al que espera un cuentista que lo derrote por nocaut. En esta estética son los matices, y no los exabruptos, los que golpean duro.

De ahí que destaque la minuciosidad con que el autor escancia su prosa sobre la página: cada palabra tiene su porqué. No se trata de una escritura que busca desbordarse, sino de una que apela a la exactitud y a la precisión. Esta estrategia le permite a Neuman construir textos que sugieren muchas veces un doblez narrativo, un paralelo oculto con el proceso de la escritura. Con cierta frivolidad podría asumirse que ese paralelo subterráneo cifra un canon de belleza, un ideal similar al del pop más clásico (sí, el de temas de dos minutos y medio): toda canción pop —todo relato— es un intento fracasado de dar con la canción perfecta. Sea acordándose de los Beatles —que también tenían a su Ringo—, sea acordándose de Faulkner, hay una frase en el cuento de Seda Durán que resume esa mirada sobre la literatura: «invicto pero fracasado». La dice el narrador cuando el pinturita de Ringo se ve obligado a golpear con furia al primer rival que lo hizo sangrar... El doblez metanarrativo cae por sí solo: de un lado, está la escritura que muele a palos al lector; del otro, la que insinúa su fuerza. Si bien la primera puede resultar victoriosa, fracasa porque mata el sentido del texto y le impide al lector construir el suyo propio. Vencer, en terminos de Neuman, equivale a dejar en el texto una puerta abierta para que el lector baile a lo Ringo y gane.

Por todo lo dicho, Alumbramiento lo disfrutará quien aprecie leer ventanucos en vez de ventanales para dar idea de espacio y de iluminación en un sanatorio. O quien valore encontrar símiles exactos al estilo de «Los ojos le relucían como dos monedas en el agua» o «el sol cae de punta como una lanza», por ejemplo. O quien guste del contraluz de hallar un destello lírico, «Los árboles cimbreantes se lavan la sombra en el río», hábilmente disimulado entre las ropas de una prosa más batallona y efectiva desde el punto de vista narrativo. El estilo de este cuentista consiste en eso: atesorar detalles, tejer imágenes nítidas, elegir palabras bellas; evitar, como explica en su ensayo El cuento del uno al diez, «un lenguaje meramente funcional y sometido al argumento».


CON BESTIARIO PROPIO
Claro, que para lograr esos registros formalmente delicados, Neuman juega con los tonos medios, la elipsis y la poesía, ingredientes siempre complicados de mezclar y que en ocasiones dejan al lector cierto regusto a «¿Y esto?». De ahí que relatos como La raya en la arena o La realidad sepan a ingenuos, pese al toque salingeriano del primero y al guiño irónico de ejercicio de estilo del segundo. O que, pese a la militancia cuentística que expresan, El género literario o En la literatura todos somos pacientes, ambas narraciones resulten algo insulsas (quizá esas dos escenas dialogadas sobre lo difícil que es ser cuentista habrían funcionado mejor como un artículo periodístico o como un ensayo). Con todo, esos no son más que traspiés normales en un escritor versátil que prueba, que arriesga y que trata de guiñarle un ojo a una amplia tradición literaria.

Es más: la mayoría de las veces esa misma combinación —tonos medios, elipsis y poesía— arroja resultados sugerentes, sobre todo cuando aparece salpicada por la ironía del absurdo en ambientes cotidianos. El mejor ejemplo es esa especie de bestiario que forman, entre otros, Arístides, el hombre que iba desnudo a trabajar; Cristóbal, el hombre que quería ser Marcos; Justino, un jardinero con aire de Eduardo Manos Tijeras que siempre dejaba sin tocar un cuarto de su ración y, por supuesto, Ringo Mentón de Seda Durán, el boxeador con sonrisa de galán de cine. Ahí, y en los homenajes a Witold Gombrowicz y Raymond Queneau, es donde Neuman, además de mostrarse como un excelente lector, ofrece su mejor y más genuina caligrafía en estos 36 cuentos.


YAPA: 2 DODECÁLOGOS
Pero la cosa no termina ahí, en el final del último cuento. A modo de epílogo, Alumbramiento incluye 24 aforismos sobre el arte de boxear en esta categoría literaria. Dado que el autor tiene treinta años, es decir, que dista lo suyo de la supuesta edad de madurez de los escritores —allá por los cuarenta y algo—, la maniobra suena atrevida; sin embargo, este sale bien librado y zafa gracias a una nota a pie de página que dice así:

La teoría en la que confío no viene antes, sino después de la escritura. No la planea, la va descubriendo. O quizás esa teoría se forme durante la escritura, como un cuaderno de bitácora de asombrada práctica.

Quizá sea sólo un matiz —uno más entre tantos que hay en este libro—, pero marca la diferencia entre el escritor humilde que comparte sus saberes y el escritor soberbio y prepotente que sienta dogmas. Gracias a esa declaración de principios, Neuman se convierte en un compañero de viaje para otros que escriben. En un contertulio más. En alguien que ha pasado más horas que otros explorando las profundidades oceánicas del cuento y que regresa a la superficie para explicar lo que aprendió: «Contar un cuento es saber guardar un secreto» (una vuelta de tuerca sobre la tesis de Ricardo Piglia: «El cuento es un relato que encierra un relato secreto»).

En definitiva, he aquí un escritor apto para lectores refinados y activos, ideal para quienes disfrutan de esos autores que dejan entrever su demora por encontrar las palabras más bellas con que calmar a esa novia, la página, que siempre espera de ansioso blanco. Absténgase, por tanto, los adictos a Fernando Vargas o Ricardo Mayorga; esto va más bien de Óscar de la Hoya.