Invitación a la lectura

Lo único que hay son intuiciones, Eloy Tizón

Lecturas

Alumbramiento, de Andrés Neuman

Trenes hacia Tokio, de Alberto Olmos

Semblanza del escritor Charlie Feiling

Tintalabios

Ricardo Piglia:
«Para un escritor
también es importante
lo que no publica»

Eloy Tizón:
«Ningún mercado impedirá que un loco se encierre en su cuarto para producir belleza y emoción; y que otro loco, más tarde, lea esas páginas»

Cristina Cerrada: «Ahora un escritor es sólo aquel de quien se puede decir algo»

Luis Sepúlveda:
«La historia es la que manda, y la hacen los personajes, no las virguerías plumíferas del autor ni su punto de vista»


 
 

 

INVITACIÓN A LA LECTURA

Lo único que hay son intuiciones

 

Eloy Tizón

 

No sé por dónde empezar a contar esto que de todos modos ha empezado a contarse, solo, al margen de mí, a mis espaldas, contra mi voluntad incluso, y que va escribiéndose solo sobre el folio en blanco con el ritmo y la fatalidad que él decide. Estoy asustado. No consigo salir de este laberinto. Puede que me pase de estación, como me ocurrió en el metro aquel día, bajo la mirada fría del diablo. O puede que resbale en la cornisa de la azotea y me caiga unas cuantas páginas más adelante. No sé. Ignoro adonde me llevará todo esto. Mejor dicho: llegaré hasta donde la escritura quiera llevarme.

Lo reconozco: mi experiencia como narrador es limitada. Se reduce a unos cuantos jirones de relatos inéditos guardados con llave en los cajones de la mesa de mi despacho, que nadie ha leído, así como un puñado de fábulas orales improvisadas en la adolescencia, acompañadas de grandes gestos etílicos, alrededor del círculo brillante de un fuego de campamento. Estábamos al aire libre, era de noche. Verano. Reíamos, cantábamos, tocábamos la guitarra, orinábamos sobre las raíces de los árboles e improvisábamos historias de campamento. Ese es todo mi bagaje en materia novelesca. No es mucho. Lo admito. Es un capital pequeño, coincido en ello, aunque no desdeñable. Hay quien tiene todavía menos horas de vuelo que yo. Al escribir esta historia, sé que me estoy internando en regiones desconocidas y puedo cometer torpezas de principiante. Aun así, asumo todos los riesgos.

¿Estoy narrando ya? No lo sé, pudiera ser que sí, aunque no estoy seguro del todo. No veo claro ni dónde empieza ni dónde termina esta historia. No sé por dónde empezar. No sé por dónde acabar. No hay bordes definidos. Hay una vaga insinuación de algo que pudiera ser una historia, o ninguna, o más de una, tal vez. Para ser sincero, lo único que hay son intuiciones.

En mi corta experiencia de narrador, he observado que las historias nunca vienen solas, siempre se presentan de dos en dos, de tres en tres y hasta de cuatro en cuatro, y por eso es tan difícil contar bien una historia, porque nunca se cuenta una historia, se cuentan muchas, como mínimo una docena, uno empieza a contar y desde el comienzo mismo se produce una proliferación de historias que se ramifican y se enredan como lianas, hay una jungla de historias impacientes por ser contadas que se interrumpen y se modifican y mezclan, llevándonos cada vez más lejos, y esto ocurre en todas las ocasiones en que alguien toma la palabra para intentar esa cosa casi imposible de hacer que es contar, bien o mal, una historia.

Lo difícil no es empezar, ni terminar; los comienzos y los finales de las fábulas son relativamente fáciles. Lo difícil de verdad es seguir adelante. Abrirse paso. Avanzar, por un camino desconocido, erizado de ramajes, con coraje y determinación. Eso es difícil. Además, no estoy autorizado a desvelar mucho, sólo lo imprescindible. Digamos que tengo la sensación de que el tiempo me espía. Es como si tuviese puesta una cámara de cine detrás de mí todo el tiempo, junto a mi nuca, filmándome a todas horas, día y noche, siento la presencia de la cámara filmándome y su rumor de bobinas igual que otros aseguran percibir, en ocasiones trascendentales, un aliento frío en el cuello. La respiración de alguien. El beso de un fantasma. Se dan la vuelta y, por supuesto, no hay nadie. ¿Principio de locura, demencia senil, alucinaciones? Quién sabe. Aquel martes al mediodía en el metro, frente al diablo que me devoraba las facciones con las pupilas rabiosamente abiertas, sentí eso contra la piel, el espionaje del tiempo. No fue un contacto inocente. Fue un contacto viscoso, tentacular, lleno de patas y antenas, que se me quedó pegado a la piel como una costra y tardó tiempo en desprenderse. Que aún no se ha desprendido del todo.


La voz cantante, Eloy Tizón
Editorial Anagrama, Barcelona 2004

 

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