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VIAJES IMAGINARIOS PARA CONSTRUCCIONES APARENTES
Nuevas ciudades invisibles
4 historias basadas en las series que Italo Calvino inició en Las ciudades invisibles, donde describió —entre poesía y reflexión— la esencia de las ciudades, la civilización, el viaje, la comunicación o la mirada con que observamos al otro. Aquí una breve visita a las invisibles ciudad sin nombre, Silvia y Claudia, Samia y Priscilla.
Alberto Torres Blandina
albertukituk@yahoo.es
Foto:Laia Llorca
lailuna18@hotmail.com

LAS CIUDADES Y EL NOMBRE
A muchos días de distancia hay una ciudad que no tiene nombre. Sus habitantes nunca se pusieron de acuerdo sobre cómo llamarla. En realidad, ni siquiera se pusieron de acuerdo sobre la ciudad. No hay mapa oficial (aunque hay cientos diferentes circulando por ahí) y es difícil orientarse, pues una calle puede desembocar en varios lugares diferentes, no llegar a ningún lugar o no ser una calle. Un mismo edificio puede encontrarse en decenas de localizaciones y, alguna vez, ciertos rincones han sido imposibles de encontrar durante años.
Los pocos viajeros que llegan a ella por casualidad —pues no hay indicaciones en el camino— suelen alejarse lo antes posible aturdidos y no tienen la sensación de haber estado en una ciudad, sino en un laberinto de ciudades entremezcladas. Ciudades personales, consumadas, soñadas, escogidas, incumplidas, sucediendo, sucedidas, íntimas, arrinconadas, revividas o ni siquiera nacidas.
LAS CIUDADES Y LA MEMORIA
Claudia y Silvia se construyeron al tiempo. Sólo a unos metros la una de la otra. Separadas por un río que marca el límite de forma natural. Entre ellas hay un único acceso: un diminuto puente de madera que nadie sabe a ciencia cierta cuándo fue levantado.
No son ciudades semejantes. Ni siquiera parecidas. Sin embargo están unidas por el insólito hecho de que sólo es posible conocer una al visitar la otra. Si uno decide visitar Claudia, sólo al cruzar el puente que lo lleva a Silvia empezará a ver Claudia. Y al contrario sucede igual. Por muchos días que uno pase en Silvia, no será hasta tomar el puente a Claudia que empiece a penetrar —en cada pequeño rincón y en cada insignificante árbol— hasta los detalles más nimios de Silvia.
Así se puede afirmar que sólo es posible encontrar Claudia caminando por Silvia.
Y sólo es posible encontrar Silvia caminando por Claudia.
LAS CIUDADES Y LOS MUERTOS
En el cementerio de Samia los lugareños son enterrados como aquel que les hubiese gustado ser y no como aquel que fueron. Las inscripciones de las lápidas mienten un pasado más acorde a los deseos del difunto para que todos lo recuerden como la persona que quiso haber sido. Pueden verse tumbas de doctores que en realidad fueron mecánicos, de mecánicos que en realidad fueron limpiacoches, de limpiacoches que en realidad fueron estresados hombres de negocios. De políticos que fueron amas de casa y de exploradores que fueron panaderos. Según las últimas estadísticas, hay más tumbas de artistas por metro cuadrado que en ningún cementerio del mundo: escritores, actores, pintores, acróbatas de circo y hasta un hombre-bala. Por otro lado, las profesiones más elegidas son abogado, arquitecto e ingeniero de caminos, pues en Samia estos colectivos son muy respetados, lo que da mucho caché al muerto.
En este cementerio hay una parcela apartada donde entierran a los locos. Se distingue del resto porque en ella descansan los cuerpos de aquellos en cuya tumba pone exactamente quiénes eran.
Nadie en Samia quiere pasar la eternidad al lado de estas tumbas, por lo que están construyendo una valla.
LAS CIUDADES ESCONDIDAS
Priscilla es una ciudad imponente desde la distancia. Sus edificios son majestuosos, recortados contra un cielo siempre azul plagado de nubes de caprichosas formas. Entre altas montañas y verdes valles, uno tiene la sensación de que podría morir en Priscilla cuando la ve aparecer sobre el horizonte.
Pero al acercarse descubre que Priscilla es un gran decorado gigante. Los edificios son fachadas de madera sujetas por detrás con caballetes, abandonadas desde hace mucho tiempo si hacemos caso a la cantidad de polvo acumulada. Las montañas y los valles tampoco son reales, sino una inmensa escenografía de cartón piedra sobre el más árido de los desiertos.
(Al descubrir esto el viajero da media vuelta y con la mirada perdida en sus propios pasos se aleja de Priscilla, temeroso de descubrir que el camino está hecho de tela marrón, que el cielo es un gran lienzo dibujado y, él mismo, un títere de poliespán.)
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