INMIGRACIÓN Y POBREZA: ENTREVISTA A SAMI NAÏR, POLITÓLOGO FRANCÉS

«África será el gran problema de la Unión Europea en los próximos 25 años. No se puede contestar con medidas disuasorias.»

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Esta entrevista extracta y completa otra que Teína publicó en el n.º 14. Si allí Sami Naïr hablaba sobre inmigración, acá lo hace sobre la pobreza asociada a esos inmigrantes y opina sobre cómo ayudarlos a encontrar vivienda. El artículo La habitación de Soya, que publicamos en el número actual, completa esta entrevista.

Marta Molina Romero

Argelino naturalizado francés, Sami Naïr (Tlemcen, Argelia, 1946) es uno de los mayores expertos en migraciones del mundo. Suyo es el concepto de codesarrollo, una idea sobre la que hoy se asientan la mayoría de las políticas europeas de integración, como el Plan Estratégico 2007-2010 del Gobierno español. Eso sí, el discurso de Naïr viene de lejos: lleva 20 años advirtiendo que «la inmigración no se puede contestar con medidas disuasorias». Algo que equivale a decir que la pobreza de quienes se ven obligados a abandonar sus países no se frena con medidas represivas.

Son pobres,  carecen de papeles, desconocen el idioma, están aterrorizados y están sin techo. Ese es el perfil de muchos inmigrantes que llegan a España.

Sí, se trata de unas migraciones compuestas por gente joven y dinámica, capaz de soportar malas condiciones de acogida en los países ricos, donde la población es cada vez más vieja. Hay que establecer convenios de desarrollo que permitan a una parte de la población migrante instalarse con derechos de ciudadanía plena, sin que por ello hayan de romper lazos. Este es el problema central. Los inmigrantes ayudan a sus países y debemos apoyarles. Necesitamos organizar esas idas y vueltas y permitir a la gente transitar de manera libre. Hay que olvidarse de esa concepción instrumental basada en los intereses económicos y entrar en una en una visión de codesarrollo.

¿Cómo es esa visión?

Codesarrollo significa utilizar una parte de la riqueza del país de acogida para ayudar al de origen y favorecer su estabilización. Y eso unido a una profunda labor pedagógica que cambie las mentalidades de Norte y Sur. Es una propuesta para integrar inmigración y desarrollo de forma que ambos países —el emisor y el receptor— puedan beneficiarse. Es decir: una forma de relación consensuada con el fin de que el aporte de los inmigrantes al país de acogida no se traduzca en una pérdida para el país de envío.

¿Habría que pensar en  mecanismos particulares dirigidos a los subsaharianos?

No, nada especializado. Eso provocaría racismo y despertaría la xenofobia del resto de la población. Impediría la integración y estigmatizaría a un colectivo que aspira a formar parte del conjunto de la población. La vivienda no significa nada si no hay una política de ayuda a la integración global.

¿A pesar de su situación de vulnerabilidad?

Es suficiente con poner en funcionamiento políticas de integración en el tejido urbanístico. Ampliar los centros de acogida, multiplicar las ayudas y subvenciones, favorecer el acceso a los que carecen de recursos. Pero nada particular ni dirigido a un colectivo concreto, sino medidas para el conjunto de la sociedad, con indiferencia de su lugar de origen. Es decir: leyes con más contenido humanístico. Integrar es acoger. Quienes realmente sufren esa situación de vulnerabilidad son los refugiados.

¿Incluso cuando se benefician de un estatuto que los protege?

Con el aumento de las corrientes migratorias, se han ido borrando las distinciones entre migrantes, solicitantes de asilo y refugiados. Cada vez es más frecuente que quienes migran por cuestiones de emergencia humanitaria o conflictos pasen inadvertidos. No se les diferencia. Hay que ampliar los criterios actuales para que los demandantes no se vean desamparados. La mejor solución pasa por simplificar los procedimientos. Si la situación es poco amplia, mucha gente será expulsada.

Pero Europa no puede acogerlos a todos.

Pero puede organizar los flujos migratorios de manera coherente. La otra solución, la vemos cada día: son las tragedias migratorias. Los barcos y cayucos no dejarán de llegar. Y mañana habrá más.

¿Cómo valora el Plan África elaborado por el Gobierno español?

El Plan África es una gota de agua en el océano. No es una respuesta significativa a las demandas migratorias, que, por otro lado, son tremendas. Sin un verdadero Plan Marshall para desarrollar África, estas iniciativas pueden tener un 20 por ciento de éxito y un rotundo 80 por ciento de fracaso. África será el gran problema de la Unión Europea en los próximos 25 años. No se puede contestar con medidas disuasorias.

¿Lo que tampoco impediría nuevas oleadas?

La demanda migratoria de los países del Sur sigue muy presente en las relaciones entre las dos orillas y probablemente nada la detendrá. No hay nada excepcional en este hecho. Ellos vendrán. La historia humana fue durante varios milenios la de unas incesantes migraciones. Las naciones no han podido eludir nunca las migraciones, ya sean externas o internas. No hay ninguna razón para que hoy ocurra de otro modo.