Cédeme una habitación en tu casa» exige, hasta que entiende las evasivas, con la media sonrisa de quien aparenta quedar conforme, sin mucha disposición a rendirse. Soya Konathé es un tipo hábil, carismático, que nació hace 47 años en Costa de Marfil. Sabe que su talante ayuda e insistirá de nuevo. Quizá mañana, con el primero que le lance una limosna y algo de conversación. Paga 400 euros por un cuarto doble que comparte con su inseparable petit frére Salife Keita en la madrileña calle de Francos Rodríguez, a escasos 50 metros de la mezquita de Estrecho. La ubicación es de su agrado. No tanto el precio.
Recibe 600 euros del Fondo Europeo para los Refugiados, que liquida entre manutención y alojamiento. No alcanzan para más. Salife (26) es su segunda piel y con él comparte ese subsidio. Paralítico y dependiente, es así como Soya agradece el amparo de su joven compañero. Cuando niño, la poliomelitis le desgastó los huesos hasta postrarlo en una silla de ruedas, que arrastra de Cuatro Caminos a Gran Vía mendigando unas monedas que enviar a Cueyoba, donde su esposa Awa Bamba se encarga de estirar los euros que llegan con regusto a exilio.
PASAJE AL ASILO EUROPEO
A España llegó en patera, acompañado por Salife, a finales de diciembre de 2005. Era la última ocasión en que pisaban tierra extranjera, tras un fatigante periplo de cinco años que les llevó a atravesar juntos las fronteras de Ghana, Burkina Faso, Malí y, por fin, Mauritania. Desde allí, rumbo a Fuerteventura. Un simbólico pasaje de embarque hacia el sistema de asilo europeo, que pagaron a 3.000 euros. Asegura que los
reunió gracias a la solidaridad de la que hacen gala los africanos. Soya dispensa agrado como si fuera un profesional; parece un experto vendedor de amabilidad, una virtud que, según él, sus coterráneos siempre saben corresponder con algo que echar al vientre o al bolsillo. En este caso, una ayuda a los varios del chaleco que cubre el enclenque tronco de un hombre que se define como «popular». Es cierto que habilidades sociales no le faltan.
Ni compañía. No se despega del altruista Salife desde que en 2000 este le cediera sus brazos, con los que le cargó y encaramó al doble techo del camión platanero en el que escaparían de la guerra civil que azotaba Costa de Marfil. Ahora se siente deudor y comparte con él limosnas, subsidio y habitación. A Salife, el Gobierno no le ha concedido el asilo.
Aunque se emplea con ganas en no demostrarlo, Soya se sabe afortunado. Tiene casa gracias al servicio de alojamiento e intermediación del Comité Español de Ayuda al Refugiado (CEAR), y eso le permite mirar un tanto de lejos la exclusión residencial de la que son víctimas los inmigrantes subsaharianos. En concreto, a 1 de marzo de 2007 son 678.462 personas con tarjeta de residencia, de los cuales 35.391 están empadronados en la Comunidad de Madrid, según datos de la Consejería de Inmigración. Como si de un arrendador se tratara, las estadísticas no dan cobijo a los indocumentados. Afuera de estas listas quedan los sin papeles. Cuando llegan, la mayoría no habla español, el color de la piel y el limbo jurídico al que les condena una orden de expulsión difícil de materializar disparan la marginación. Son algunas de las apreciaciones de la ONG SOS Racismo en un informe sobre la discriminación y el acceso a la vivienda de las personas inmigrantes en Bilbao.
DE ALBERGUE EN ALBERGUE
Cuarenta días en un centro de acogida, tres meses como máximo en un albergue benéfico y, luego, la calle. Entonces se recurre a los paisanos, los familiares —si los hay— o a cualquiera que, en su defecto, aparente proceder de la región. Incluso cuando quien alberga es un compatriota, la estancia tiene un tiempo límite. «Entorno a tres meses», explica Tafsir Dia, presidente de la Asociación de Senegaleses en Madrid. El padre Antonio Diaz, director de la ONG Caribú, con más de una década de experiencia con subsaharianos, asegura que alquilar es una prueba de pértiga «incluso para quienes tienen entre cinco y seis años de residencia legal».
La Comunidad de Madrid dispone de 300 plazas para los recién llegados, en coordinación con el plan nacional de traslados. Insuficientes para dar cobijo a los casi 600 subsaharianos que Interior derivó de Canarias a la capital entre enero y septiembre de 2006. Una vez en Madrid, quienes materializaron
la quimera de alcanzar la costa española pernoctan 48 horas en el centro policial de Canillejas. Finalizado el periodo de gracia, les toca buscar albergue. La mayoría de ellos, abarrotados durante el invierno, echan el cierre cuando aprieta el calor. La capital dispone de 1.200 camas, que a duras penas alcanzan para arropar las noches del 20 por ciento de los que duermen en la calle.
Los albergues son un excelente foro para intercambiar información y compartir habilidades. Allí, dan rienda al boca a boca mientras calientan el estómago. Siempre hay algún compatriota con un primo o un paisano que antes del viaje ya le ha prevenido de los pasos a seguir. Tres meses en el centro de la Cruz Roja, tres en el de San Juan de Dios, los pisos de acogida de CEAR, el albergue de Mayoral en la Casa de Campo…
CAMPAMENTOS Y EXPLANADAS
Pero el tiempo de estancia se agota y, en esa etapa, la inestabilidad jurídica constituye un escollo difícil de remontar. Los subsaharianos son reacios a copiar el modelo habitual de quienes no tienen casa y prefieren instalarse en campamentos compuestos por una sola nacionalidad. «Los camerunenses viven en una explanada colindante a la Cuesta de la Vega, a espaldas de la Almudena. Los senegaleses prefieren ocupar el Parque de Santander en Chamberí», enumera el padre Antonio Diaz de Karibú.
El trabajo, aunque clandestino, proporciona algo de liquidez que destinar al alquiler. Quienes ya han conseguido ahorrar rondan los locutorios, se concentran en bares de Lavapiés o recurren a las asociaciones. El maliense Ketie Traoré (32) vio un anuncio pinchado en el tablón de un locutorio. El senegalés Lo Daur (39) encontró piso gracias al propietario del restaurante Kilimanjaro. La primera vivienda de Thiam Ibrahima (29), de Guinea Conakry, pertenecía al tesorero de una incipiente agrupación de guineanos.
Los subsaharianos «sólo hemos venido para protegernos», apunta Soya en una narración acelerada, pisando las palabras y comprimiendo aún más la de por sí ya prensada pronunciación francesa, hasta que le secuestra su interés por el español y, entonces, asalta con una palabra en la lengua de Cervantes. Unos llegaron para resguardarse del hambre y la miseria como Ketie. Por vivir una aventura, como Thiam. Empujados por el sueño europeo como Lo. O para resguardarse de la guerra, como Soya.