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EL CIELITO: UNA PELÍCULA DE MARÍA VICTORIA MENIS (ARGENTINA) Cine mínimo y honesto para un pobreza mesopotámica Un joven vagabundo. Un matrimonio en quiebra. Un bebé en el medio de todo. Agua, campo y cielo inmensos, en cualquier orden. Pobreza, crónica en almas y haciendas. Con estos elementos, María Victoria Menis compone una historia intensa, delicada y desesperanzadora a la vez. Poética y crueldad van de la mano en una película muy recomendable. Fernando Pellitero
Las relaciones entre los personajes se desarrollan con pinceladas sutiles pero inequívocas. El espectador descubre pronto que Roberto no da un palo al agua, ausente durante el día y borracho por la noche, y que es un tipo primitivo y abusador. Su esposa, Mercedes, carga con todo el peso del devaluado negocio familiar, y trabaja de sol a sol en el campo y en la casa. En el medio, Félix ayuda a Mercedes, pero su atención se desvía hacia el desprotegido e ignorado bebé, con quien establece al instante una fuerte conexión. La parquedad de Félix sólo se rompe cuando juega con el Chango, quien sólo deja llorar cuando está con el joven entrerriano. Esta relación entre ambos, el eje central de la historia, resulta casi ofensiva en medio de la brutalidad dominante. Por decantación, Mercedes se siente atraída por ese joven más cercano a su edad que se ocupa de su hijo como nunca lo hará el verdadero padre. Roberto siente la bofetada que supone la presencia de Félix recordándole las obligaciones del pater familias, pero la comodidad de no tener que ocuparse de nada vence a sus escasos restos de virilidad. En una huída hacia delante se vuelve cada vez más violento con Mercedes, y más ausente a la hora de arrimar el hombro. Entre todos —Félix, Roberto, Mercedes y el Chango— forman un conjunto de seres humanos limitados y reales, muy reales. El argumento gira hacia su desenlace cuando desaparece Mercedes. Con maestría cinematográfica, un primer plano de sus alpargatas abandonadas junto a la cama es suficiente para hacernos saber que ha elegido desaparecer en la laguna cercana, harta de estar harta. A continuación, lo inevitable. La fruta se pudre en los cajones, la naturaleza invade todo, la casa se viene abajo. Roberto, reducido a menos que un animal, se autodestruye entre botellas de cerveza y Félix únicamente se ocupa de que al Chango no le falte comida. Un buen día, decide poner fin a la situación, llena una bolsa con la ropa del bebé, roba el poco dinero que le queda a Roberto, y abandona la casa con el chico a cuestas. Félix comete entonces el mismo error que vienen cometiendo millones de argentinos desde hace décadas: se va a Buenos Aires. La capital porteña es un agujero negro capaz de fagocitar un país inmenso como la Argentina, un sumidero de desesperación y pobreza. Como las de Félix.
El final llega como un portazo, como si hubiera que terminar ya la película. Félix, nuestro ángel, pasa a ser ángel caído, y es sencillo y poco reconfortante imaginarse la vida que le espera al Chango sin su protector, en medio de una villa miseria del conourbano bonaerense. De todos modos, el desinflamiento final de la película no oculta sus virtudes. Se trata de cine bien hecho, pequeño, artesano y honesto. Un cine que no necesita recurrir a escenas escabrosas para mostrar el horror en el que viven sus habitantes. Ayudan a ello las excelentes actuaciones de todos los caracteres, quienes sin apenas diálogos no dejan un instante librado al aburrimiento. El cielito es una estupenda oportunidad para conocer parte de una Argentina que se desangra, una vena abierta más de Latinoamérica. Sin juicios de valor, pero sí con todo el cariño y respeto de María Victoria Menis. Bien por ella.
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