Reseñas

La vendedora de rosas, de Víctor Gaviria

El cielito, de María Victoria Menis

Textos cinéfilos

Jauría humana: cine y psicología, de Javier Urra



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EL CIELITO: UNA PELÍCULA DE MARÍA VICTORIA MENIS (ARGENTINA)

Cine mínimo y honesto para
un pobreza mesopotámica


Un joven vagabundo. Un matrimonio en quiebra. Un bebé en el medio de todo. Agua, campo y cielo inmensos, en cualquier orden. Pobreza, crónica en almas y haciendas. Con estos elementos, María Victoria Menis compone una historia intensa, delicada y desesperanzadora a la vez. Poética y crueldad van de la mano en una película muy recomendable.

 

Fernando Pellitero
fernando_pellitero@yahoo.es

 

La Mesopotamia Argentina (formada por las provincias de Misiones, Corrientes y Entre Ríos) es una región de fertilidad notable. Sin embargo, allí donde basta tirar unas semillas al suelo para que algo crezca, la mayoría de la gente vive en los límites de la pobreza. Carentes de cultura y planificación, dependientes del agua omnipresente, que derrocha vida y muerte en cantidades excesivas. En este escenario sitúa María Victoria Menis su tercera película, El cielito (2004).

Félix es un joven entrerriano de pocas palabras que vaga por un punto indeterminado de la región, saltando de trenes en marcha. Nunca conoció a sus padres, y la abuela que le crió ha fallecido hace poco. En una estación sin nombre conoce a Roberto, que le ofrece trabajo en su chacra. En esta chacra, dedicada desde generaciones atrás al cultivo y fabricación de mermelada de duraznos, Roberto vive con su joven mujer, Mercedes. Juntos tienen un hijo de apenas un año, el Chango.

Las relaciones entre los personajes se desarrollan con pinceladas sutiles pero inequívocas. El espectador descubre pronto que Roberto no da un palo al agua, ausente durante el día y borracho por la noche, y que es un tipo primitivo y abusador. Su esposa, Mercedes, carga con todo el peso del devaluado negocio familiar, y trabaja de sol a sol en el campo y en la casa. En el medio, Félix ayuda a Mercedes, pero su atención se desvía hacia el desprotegido e ignorado bebé, con quien establece al instante una fuerte conexión. La parquedad de Félix sólo se rompe cuando juega con el Chango, quien sólo deja llorar cuando está con el joven entrerriano. Esta relación entre ambos, el eje central de la historia, resulta casi ofensiva en medio de la brutalidad dominante. Por decantación, Mercedes se siente atraída por ese joven más cercano a su edad que se ocupa de su hijo como nunca lo hará el verdadero padre. Roberto siente la bofetada que supone la presencia de Félix recordándole las obligaciones del pater familias, pero la comodidad de no tener que ocuparse de nada vence a sus escasos restos de virilidad. En una huída hacia delante se vuelve cada vez más violento con Mercedes, y más ausente a la hora de arrimar el hombro. Entre todos —Félix, Roberto, Mercedes y el Chango— forman un conjunto de seres humanos limitados y reales, muy reales.


DE LA POBREZA RURAL A LA URBANA
Es admirable la forma en que la directora narra la historia. En el mejor estilo de sobriedad del llamado nuevo cine argentino (que no siempre arroja buenas películas y que en ocasiones quiere hacer pasar por sobrio lo que en realidad es vacío de contenido, y por austero lo cutre), las palabras están de más, el peso de la acción recae en miradas y gestos de forma excelente. Menis no juzga en ningún momento a sus personajes, y éstos arrastran hasta las últimas consecuencias sus carencias comunicativas. Se hablan poco y se miran a los ojos menos aún. Cada uno vive volcado en su propias miserias afectivas, más destructivas que la evidente pobreza material en la que se encuentran. Una pobreza material hiriente en medio de la exhuberancia de la tierra, del agua y del espléndido cielo azul rabioso que da título a la película. Sólo la relación entre Félix y el Chango da una esperanza al espectador de que el hombre puede amar y preocuparse por otros, incluso en las peores condiciones.

El argumento gira hacia su desenlace cuando desaparece Mercedes. Con maestría cinematográfica, un primer plano de sus alpargatas abandonadas junto a la cama es suficiente para hacernos saber que ha elegido desaparecer en la laguna cercana, harta de estar harta. A continuación, lo inevitable. La fruta se pudre en los cajones, la naturaleza invade todo, la casa se viene abajo. Roberto, reducido a menos que un animal, se autodestruye entre botellas de cerveza y Félix únicamente se ocupa de que al Chango no le falte comida. Un buen día, decide poner fin a la situación, llena una bolsa con la ropa del bebé, roba el poco dinero que le queda a Roberto, y abandona la casa con el chico a cuestas.

Félix comete entonces el mismo error que vienen cometiendo millones de argentinos desde hace décadas: se va a Buenos Aires. La capital porteña es un agujero negro capaz de fagocitar un país inmenso como la Argentina, un sumidero de desesperación y pobreza. Como las de Félix.


MIRADAS INTENSAS, ESCASOS DIÁLOGOS
A partir de este momento el relato decae de forma lamentable. La sutileza y el cuidado de los tiempos narrativos se pierden, y no queda claro si es intención de la directora establecer un contraste entre la vida en la gran ciudad y el campo, o si todo se reduce a problemas presupuestarios. En cualquier caso, el contraste queda claro. Félix descubrirá enseguida una forma de pobreza infinitamente más brutal e inhumana que la que dejó atrás. Vive en una pensión de mala muerte desde cuya ventana no se alcanza a ver más de un metro cuadrado de cielo, es atracado, duerme en la calle, busca trabajo llevando encima al crío, mendiga, y la única agua que puede ver es el Riachuelo, que no es el Paraná.

El final llega como un portazo, como si hubiera que terminar ya la película. Félix, nuestro ángel, pasa a ser ángel caído, y es sencillo y poco reconfortante imaginarse la vida que le espera al Chango sin su protector, en medio de una villa miseria del conourbano bonaerense.

De todos modos, el desinflamiento final de la película no oculta sus virtudes. Se trata de cine bien hecho, pequeño, artesano y honesto. Un cine que no necesita recurrir a escenas escabrosas para mostrar el horror en el que viven sus habitantes. Ayudan a ello las excelentes actuaciones de todos los caracteres, quienes sin apenas diálogos no dejan un instante librado al aburrimiento. El cielito es una estupenda oportunidad para conocer parte de una Argentina que se desangra, una vena abierta más de Latinoamérica. Sin juicios de valor, pero sí con todo el cariño y respeto de María Victoria Menis. Bien por ella.

 

 

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