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LA VENDEDORA DE ROSAS: EL CUENTO DE LA CERILLERA, PERO HIPERREALISTA Y COLOMBIANO Rosas con olor a pegamento En esta película, Víctor Gaviría logra algo muy difícil: mantener al espectador atento a la pantalla, pese a que lo único que entiende este muchas veces es hijueputa, gonorrea y la miseria que muestran las imágenes. En vez de cerillas, como en el cuento de Andersen, en Medellín las niñas venden flores en terrazas y bares. A diferencia también de los personajes del danés, los de Gaviria —tomados de la calle— inhalan pegamento por Navidad. De hecho, parte del equipo que rodó la película ha muerto. Óscar Soler P. En los cuentos de Andersen los niños no inhalaban pegamento. La protagonista del cuento de la cerillera ni siquiera olisqueaba el fósforo de sus cajetillas. Sin embargo, en La vendedora de rosas (Víctor Gaviria, 1998) los niños de la calle se hartan a brindar con cola barata. A todas horas. Sí; resulta espeluznante. Estos niños huele-pega, los protagonistas, además utilizan un lenguaje complicado: dicen hijueputa y gonorrea todo el rato, y el resto de lo que hablan apenas se entiende. Por suerte, la trama de la película es simple, no hay giros argumentales y tampoco parlamentos ineludibles. La historia se desarrolla en vísperas de la Nochebuena por las calles de Medellín (Colombia). Allí, las muchachas tratan de ganarse la vida entre borrachos, zombies encolados y gente desahuciada que busca el calor de la carne. Y entre las protagonistas destacan dos niñas: Mónica y Andrea. En cambio, Mónica es la protagonista principal, y tan sólo se preocupa por la fidelidad de su novio y por la cena de Nochebuena. Esta muchacha de bella sonrisa encarna el personaje central del cuento de Andersen: su vida la hace en la calle, donde vive con sus compañeras de oficio, y también donde esconde su botecito de pegamento de zapato. En definitiva, se trata de un cuento con buenos y malos. Además, los críticos y los espectadores dicen que La vendedora de rosas es una historia cruda, terrible; y bien, la situación que muestra lo es. Pero como película, entretiene, mantiene con interés las pequeñas historias de sus personajes y no trata de revolver estómagos ni machacar conciencias. Al fin y al cabo Medellín está ahí, y los suburbios de cualquier ciudad también. Gaviria se contenta con poco: mostrar una realidad con un equipo de actores y técnicos sacados de aquel ambiente. Ahí es nada. Por eso hay que resaltar el mérito que tuvo la realización de la película: buena parte del equipo que trabajó en el proyecto está muerto o en la cárcel. Es el caso de la protagonista, Leidy Tabares (Mónica), condenada a 26 años de prisión por la presunta implicación en un asesinato. Los premios de varios festivales o las promesas de muchas asociaciones no impidieron el desastre: que esta muchacha volviese a la calle para vender rosas y seguir con el mismo cuento.
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